La hija perfecta VIII #3
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VIII #3

—Nos vamos esta noche —dijo—. Al norte. A mi casa. Es el único sitio de Irlanda donde puedo prometerle que nadie le pondrá la mano encima.

—¿Salvo usted?

—Salvo nadie.

La respuesta llegó tan deprisa, tan seca, que Genoveva supo que era verdad.

Él se quitó la chaqueta. Lo hizo despacio, sin dejar de mirarla, como se le quita algo a un animal asustado para enseñarle que no hay armas debajo.

Se acercó. Por primera vez cruzó los tres pasos que los separaban, y Genoveva tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no retroceder.

No lo hizo. Se quedó quieta mientras él le echaba la chaqueta sobre los hombros.

Estaba húmeda por fuera. Por dentro estaba caliente.

Caliente de él. Del calor de su cuerpo, de su espalda, de las horas a caballo bajo la lluvia.

Olía a lluvia y a turba y a cuero, y a algo más, algo debajo de todo eso que no era de ningún sitio y que Genoveva no había olido nunca: él.

El calor le cayó sobre los hombros, se le metió bajo la lana áspera del vestido, se le extendió por la espalda hasta la cintura sin corsé. Cerró los ojos un instante, sin querer.

Cuando los abrió, él estaba muy cerca. Más cerca de lo que había estado nunca ningún hombre que no fuera su padre, salvo Alexander en la biblioteca de Sussex. Le estaba ajustando el cuello de la chaqueta bajo la barbilla, con los dedos, sin tocarle la piel. Ni un roce. Ni uno.

—Hay dos días de camino —dijo en voz baja—. Va a hacer frío. No tengo otra.

Genoveva lo miró desde muy cerca. Los ojos, a un palmo de los suyos. Azules. Quietos.

—Sus ojos no cambian.

Él se detuvo. Los dedos, en el cuello de la chaqueta, se quedaron inmóviles.

—Me lo han dicho.

—Los míos sí.

—Lo sé. —La voz le salió más baja que nunca—. Lo he visto en cuanto he entrado.

Soltó la chaqueta. Retrocedió un paso. Luego otro. Tomó los guantes de la mesa y se los puso, dedo a dedo, con una calma que no tenía nada de tranquila.

—Nos vamos en cuanto anochezca.

No había carruaje. Había un caballo.

Uno solo, grande, negro, con las crines empapadas y el aliento humeando en el frío de la noche.

Brennan, que había llegado con otros cuatro hombres a caballo mientras ella estaba encerrada, sostenía las riendas.

Keogh miraba desde la puerta del granero con los brazos cruzados.

Nuala, desde la puerta de la casa, con una lámpara.

Genoveva miró el caballo. Después miró a Donovan.

—No sé montar a horcajadas.

—No tendrá que hacerlo.

Montó él primero, con un solo movimiento, como quien sube una escalera que conoce. Después se inclinó desde la silla y le tendió la mano.

Genoveva la miró. Grande, con guante, abierta. Detrás de ella, el patio de barro, la casa de Keogh, los hombres mirando. Delante, la noche, las colinas, dos días de camino hacia el norte con un desconocido que no la iba a devolver a su casa.

Un desconocido que le había escrito usted tampoco ha firmado.

Tomó la mano.

La subió de un tirón, sin esfuerzo aparente, y la sentó de lado delante de él, sobre la silla, con las piernas hacia la izquierda y la falda gris recogida sobre las rodillas. Un brazo le rodeó la cintura para sujetarla. El otro tomó las riendas.

Y Genoveva quedó con la espalda contra su pecho.

No había nada entre ellos. La chaqueta de él, sobre los hombros de ella.

La camisa de lino de él, húmeda. El vestido de lana de ella, sin corsé.

Nada más. Notaba su respiración contra la nuca, lenta, regular.

Notaba el calor de su pecho a través de dos capas de tela que no eran nada.

Notaba el brazo en su cintura, firme, sin apretar, exactamente con la presión necesaria para que no se cayera, ni un gramo más.

Y notaba, entre su espalda y el pecho de él, a la altura del corazón, algo duro y plano. Algo de papel. Como un pequeño paquete doblado.

No preguntó qué era.

Cabalgaron toda la noche bajo la lluvia.

Al principio Genoveva se mantuvo rígida, recta, con la espalda tan erguida como si estuviera en el salón de su madre, separada de él todo lo que el caballo le permitía, que era muy poco.

Pero las horas pasaron. El frío le entró en los huesos.

El cansancio de tres días le cayó encima de golpe, como un muro.

Y en algún momento entre la medianoche y el alba, sin darse cuenta, sin decidirlo, la espalda se le ablandó.

Se apoyó en él.

Lo sintió contener la respiración. Lo sintió quedarse inmóvil, completamente inmóvil, como si ella fuera un pájaro que se le hubiera posado en el brazo y cualquier movimiento pudiera espantarlo. Sintió que el brazo de su cintura no apretaba más, ni menos. Que solo se quedaba allí.

Y se durmió.

Se durmió contra el pecho de un hombre que no conocía, en mitad de Irlanda, bajo la lluvia, con el ruido de los cascos en el barro y el olor a turba en la chaqueta. Se durmió como no había dormido en un mes, desde la noche en que tocó la tinta fresca de su nombre en el escritorio de su padre.

Entre su espalda y el pecho de él, dobladas en tres con precisión matemática, viajaban sus dos cartas.

Ella no lo sabía.

Él no durmió en toda la noche.