VIII #2
Sé que no ha sido usted. Ella me lo dijo antes de que se la llevaran, aunque entonces ninguno de los dos sabía que me lo estaba diciendo.
Dejó su carta en el suelo de la habitación de la que la sacaron, abierta en la línea donde usted escribe que esos hombres no son suyos.
Mi hija no deja caer las cosas, señor. Nunca en su vida ha dejado caer nada.
No le escribo para amenazarlo. No tendría sentido; usted sabe mejor que yo lo que viene. El duque de Wexford ha salido esta mañana hacia Irlanda con treinta hombres y cartas que le abrirán todas las puertas del Castillo de Dublín. No he podido detenerlo, y no estoy seguro de haber querido.
Le escribo para pedirle una sola cosa, y se la pido como no le he pedido nada a nadie en mi vida, ni siquiera al rey.
No le haga daño.
No me refiero al cuerpo. Sé, por sus cartas y por las de ella, que eso no lo hará. Me refiero a lo otro. Mi hija ha pasado veinte años aprendiendo a no querer nada. Usted le enseñó a preguntárselo. No le enseñe ahora que la respuesta era un error.
R. H.
La dobló, la selló con el anillo de los Bermont y se quedó mucho rato mirando la ventana de la biblioteca, donde un carpintero había clavado ya unas tablas nuevas sobre el hueco de la reja.
No se veía la luna. Solo madera.
La puerta se abrió a las siete.
Genoveva estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, porque había decidido que no lo recibiría sentada.
Lo había decidido hacía una hora, cuando oyó sus pasos en el patio y comprendió que venía.
Lo había decidido como se deciden las cosas importantes: sin saber por qué, con una certeza física, en la espalda y en las rodillas.
No estaría sentada. No estaría en la cama.
Estaría de pie, con la barbilla alta, pero no demasiado.
Oyó la llave. Oyó la puerta. Oyó cómo se detenía en el umbral, igual que Keogh había contado que se detuvo en el granero, sacudiéndose la lluvia.
Y se volvió.
Era más alto de lo que esperaba. Tuvo que levantar la vista para mirarlo a la cara, ella, que era alta para ser mujer y que había mirado a casi todos los hombres de Londres de frente o desde arriba.
Tenía los hombros anchos bajo una chaqueta oscura empapada, sin galones ni bordados, y una camisa de lino que se le pegaba al cuello por la lluvia.
El pelo era rojo. No rubio rojizo, como el de los ingleses que su madre llamaba pelirrojos con delicadeza.
Rojo de verdad, oscuro, del color del cobre viejo, mojado y echado hacia atrás de cualquier manera, con un mechón que se le había escapado sobre la frente.
Tenía barba de dos días. Una cicatriz pequeña y blanca en el mentón. La boca seria.
Y los ojos.
Genoveva los había imaginado mil veces desde la noche en que leyó aquella línea en el papel de Alana. Los había imaginado a la luz de la vela, frente al espejo, mirando sus propios ojos cambiar de verde a azul. Los había imaginado tantas veces que creía saber exactamente cómo serían.
No se parecían en nada.
Eran de un azul tan claro que casi no tenían color. Como el cielo de enero en Kent a las ocho de la mañana. Como el hielo en el borde de un estanque. Había una vela en la mesa, junto a la puerta, y su luz caía directamente sobre su cara, y Genoveva esperó, sin respirar, a ver si cambiaban.
No cambiaron.
Él la miraba también. No se había movido del umbral.
Llevaba los guantes en la mano y la mano quieta.
La miró de arriba abajo una sola vez, despacio, el vestido de lana gris, los tobillos desnudos, el pelo suelto que no había tenido con qué recoger, la cintura sin corsé.
Después volvió a su cara y se quedó allí.
Y Genoveva vio, con una claridad absoluta, el momento exacto en que él se dio cuenta de que sus ojos estaban cambiando.
Lo vio en la manera en que se le detuvo la respiración.
Lo vio en la mano de los guantes, que se cerró un poco, apenas.
Lo vio en algo que le pasó por la cara y se fue tan deprisa como había llegado, como el reflejo de un pez bajo el agua.
—Lady Genoveva.
La voz. La misma de la pared. Más cerca. Mucho más cerca.
—Señor Donovan.
Había practicado esas dos palabras durante una hora. Le salieron firmes. No le temblaron. Estaba orgullosa de eso.
—¿La han tratado bien?
—Me han tratado como se trata a un saco de grano que vale mucho dinero. Con cuidado. —Sostuvo su mirada—. Supongo que debo agradecérselo a usted.
—No me agradezca nada.
—No pensaba hacerlo.
Algo se movió en la comisura de su boca.
No llegó a sonrisa. Entró por fin en la habitación y cerró la puerta tras de sí, y la habitación, que hasta entonces le había parecido pequeña, se volvió diminuta.
Dejó los guantes sobre la mesa, junto a la vela.
Se quedó de pie, a tres pasos de ella, sin acercarse más.
—Lo ha oído todo —dijo.
No era una pregunta. Genoveva no se molestó en negarlo.
—Las paredes de esta casa tienen rendijas.
—Lo sé. Por eso hablé junto a ella.
Genoveva sintió el golpe en el estómago. Lo había hecho a propósito. Se había acercado a la pared, a un palmo de su mejilla, sabiendo que ella estaba al otro lado. Para que lo oyera. Para que lo supiera todo antes de verle la cara.
—Entonces sabrá que puede liberarme —dijo—. Que podría meterme en un barco esta misma noche.
—Podría.
—Y que no lo va a hacer.
—No.
—¿Por qué?
Lo dijo más alto de lo que pretendía. La voz se le quebró en la última palabra, y se odió por ello. Él no se movió.
—Porque si la devuelvo esta noche, mañana Keogh y sus hombres dirán que Donovan se ha vendido a los ingleses.
La mitad del condado los creerá. La otra mitad dejará de creer en nada.
Y cuando lleguen los dragones de Wexford, que van a llegar de todos modos, no habrá nadie entre ellos y las granjas.
Ni siquiera yo. —Hizo una pausa—. Usted estaría en Londres, a salvo, leyendo en las gacetas cuántos muchachos han colgado en la plaza de Armagh por haberla traído hasta aquí. Y yo estaría aquí, viéndolos colgar.
—Eso no es asunto mío.
—Lo convirtió en asunto suyo cuando me preguntó qué quería.
Genoveva sintió que se le encendía la cara. Toda. Desde el cuello hasta la raíz del pelo.
—No tiene derecho a usar eso.
—No. No tengo derecho. —La miró, y por primera vez su voz cambió, muy poco, como cambia el agua de un río cuando pasa sobre una piedra que no se ve—.
Pero usted me hizo una pregunta y yo le contesté la verdad.
Le dije que quería que la gente que vive cerca de mi casa tuviera ventanas sin rejas.
Eso no ha cambiado porque ahora la tenga delante.
—¿Y lo otro?
No supo de dónde le salió. Lo dijo antes de pensarlo, igual que la pregunta sobre los graneros, igual que ¿y si los insensatos tienen razón en algo?. Las palabras quedaron en el aire de la habitación pequeña, entre los dos, y ninguno se movió.
—¿Qué otro? —dijo él.
—Lo que quería desde hacía nueve días. Lo que no me iba a decir.
Frederick Donovan la miró durante tanto tiempo que la vela de la mesa chisporroteó y se inclinó, y la sombra de los dos se alargó sobre la pared de tablas.
No contestó.
Se llevó la mano al pecho, a la altura del bolsillo interior de la chaqueta. No la metió dentro. Solo la apoyó allí, un momento, como quien comprueba que algo sigue en su sitio. Después la bajó.