VIII
LA LUZ QUE NO CAMBIA
Keady, condado de Armagh
La mujer de Cormac Keogh se llamaba Nuala, tenía las manos rojas de fregar y no le había dirigido a Genoveva una sola palabra amable en dos días.
Tampoco una cruel. Le había llevado comida tres veces al día: pan negro, mantequilla salada, un cuenco de gachas de avena con leche, té fuerte en una taza desportillada.
Le había vaciado el orinal sin una mueca.
Le había traído agua caliente en una jofaina abollada y un trapo limpio, y se había quedado en la puerta con los brazos cruzados mientras Genoveva se lavaba la sal reseca de la cara y el cuello, mirándola como se mira algo que no se ha pedido y no se sabe dónde guardar.
La segunda mañana le trajo ropa.
Un vestido de lana gris, áspero, desteñido en las costuras, con las mangas zurcidas en los codos. Una enagua de lino que había sido blanca alguna vez. Unas medias de punto gordo. Y nada más. Ni corsé, ni ballenas, ni cordones.
Genoveva sostuvo el vestido entre las manos sin saber qué hacer con él.
—No hay corsé —dijo.
Nuala la miró de arriba abajo con una expresión que, en otra mujer, habría sido risa.
—Aquí no los usamos, milady. Cuesta mucho segar el heno con las costillas atadas.
Salió y cerró la puerta. Genoveva oyó la llave girar en la cerradura, como las veces anteriores.
Se quitó el camisón húmedo y la bata manchada de brea, y se quedó un momento desnuda en mitad de la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho y la piel de gallina por el frío.
Después se puso la enagua y el vestido. La lana le raspaba los brazos.
Le quedaba ancho de hombros y corto de falda; le asomaban los tobillos.
Y la cintura, sin nada debajo, se le movía con cada respiración de una manera que no recordaba haber sentido nunca fuera de su dormitorio: libre, blanda, casi indecente.
Caminó hasta la ventana, que era pequeña, con un cristal ondulado lleno de burbujas, y se dio cuenta de que caminaba distinto. Más despacio. Con las caderas. Como caminaban las campesinas que veía desde el carruaje cuando cruzaban los campos de Kent, y que su madre le había enseñado a no mirar.
Afuera llovía. Siempre llovía. En dos días no había visto otra cosa: un patio de barro, un granero de piedra con el tejado de turba, unas gallinas empapadas, colinas verdes y grises perdiéndose en la niebla.
Y hombres. Muchos hombres, que entraban y salían del granero a todas horas, que se quedaban en el patio bajo la lluvia fumando en pipa y mirando de reojo hacia su ventana.
Esperaban a alguien. Lo sabía por la manera en que miraban el camino.
Y ella también lo esperaba. Eso era lo más difícil de admitir.
Llegó la tercera tarde, con la última luz.
Genoveva no lo vio. Estaba sentada en la cama de tablas, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas bajo la falda gris, cuando oyó el cambio en el patio.
No fue un ruido. Fue lo contrario: un silencio que se extendió desde el camino hasta el granero como una mancha de agua sobre un papel.
Los hombres dejaron de hablar. Las gallinas, no.
Las gallinas siguieron cacareando, absurdas, y eso hizo el silencio todavía más evidente.
Un caballo. Unas botas en el barro.
Genoveva se levantó y fue hasta la ventana, pero el cristal ondulado no le dejaba ver más que formas: una sombra alta junto a un caballo oscuro, otra más baja que se le acercaba desde el granero. Keogh. Lo reconoció por la forma de andar, con los hombros hacia delante, como un toro.
Las voces llegaron a través de la pared. La habitación daba al patio por un lado y al granero por otro, y las tablas eran finas, mal unidas, llenas de rendijas por las que se colaba el viento. Genoveva se arrodilló junto a la pared, con la mejilla casi pegada a la madera, y escuchó.
—…dos días, Donovan. Te esperábamos ayer.
—Hay dos días de camino desde el Foyle. Lo sabes tan bien como yo.
Genoveva cerró los ojos.
Era una voz baja. Más grave de lo que había imaginado.
Con el acento del norte que había oído en los Doyle y en Nuala y en los hombres del patio, pero pulido, suavizado por algo, como una piedra que ha pasado mucho tiempo en el agua de un río.
No la levantaba. No la levantó ni una vez en todo lo que siguió.
—¿Dónde está?
—Dentro. Bien. Comiendo, lavándose, durmiendo. Nadie le ha puesto una mano encima, si eso es lo que quieres saber.
—Lo que quiero saber, Cormac, es quién te dio permiso.
—Nadie. —Keogh escupió en el barro; Genoveva oyó el ruido—. Como nadie me lo dio para lo de Mercer. Como nadie se lo dio a los de Armagh para quemar los almacenes de Wexford. Aquí nadie pide permiso, Donovan. Eres tú quien se empeña en creer que sí.
—Te dije que la dejaras fuera.
—Me lo dijiste. —Hubo una pausa—. Pero no dijiste por qué.
Silencio. Largo. Genoveva oyó la lluvia en el tejado, las gallinas, su propio corazón golpeándole contra las costillas sin corsé que lo contuviera.
—Te dije por qué —dijo al fin la voz baja—. Bermont es el único que escucha.
—No. Esa es la razón que diste. —Keogh se rió, bajo, sin alegría—. Yo no sé leer muy bien, Donovan, pero sé leer caras. Y la tuya, cuando el viejo dijo que la muchacha nunca se despeinaba, no era la de un hombre que piensa en Bermont.
Genoveva contuvo el aliento.
Al otro lado de la pared, nadie dijo nada durante tanto tiempo que pensó que se habían ido.
—Has puesto la soga al cuello de todos los hombres de este condado —dijo entonces la voz, más baja todavía, tanto que tuvo que pegar la oreja a la rendija para oírla—.
Desde Newry hasta Coleraine. Wexford pedirá a Dublín un regimiento entero, y esta vez se lo darán, porque ningún lord teniente en su sano juicio le niega soldados a un duque al que le han robado a la novia una semana antes de la boda.
Van a entrar en cada granja. Van a colgar a cualquiera que tenga una pica en el establo.
Y cuando la gente pregunte por qué, nadie dirá que fue Cormac Keogh. Dirán que fue Donovan.
—Entonces devuélvesela. —La voz de Keogh se endureció—.
Llévatela a la costa esta misma noche, mete a la muchacha en un barco y mándala a su casa con una carta de disculpa.
A ver qué pasa. A ver qué dicen de ti los hombres que han arriesgado el cuello por traértela.
A ver cuántos te siguen la semana que viene, cuando vean que Donovan devuelve a las inglesas con un lazo y se queda con los brazos cruzados mientras los dragones queman sus casas.
Otra vez el silencio.
—¿Y qué quieres a cambio de ella?
—Lo que siempre hemos querido. Los catorce presos de la cárcel de Armagh. Que se acaben los desahucios en las tierras de Wexford y de Bermont durante un año. Que los dragones no pasen de Newry. —Keogh hizo una pausa—. Tú escribes bien, Donovan. Escríbeles. Ellos te escucharán ahora. Ahora sí.
Genoveva oyó un paso en el barro. Luego otro. La voz se había acercado a la pared. Estaba al otro lado de las tablas, a menos de un palmo de su mejilla, y ella no se movió.
—Desde este momento —dijo Donovan—, la muchacha está bajo mi protección.
No bajo la tuya. Bajo la mía. Me la llevo al norte esta misma noche.
Nadie volverá a tocarla, a hablarle ni a mirarla sin que yo lo sepa.
Si alguno de tus hombres se acerca a menos de diez millas de mi casa, Cormac, le pegaré un tiro yo mismo, y luego vendré a buscarte a ti.
—¿Y los presos?
Una pausa. La más larga de todas.
—Escribiré.
Genoveva cerró los ojos contra la madera húmeda.
No iba a devolverla. Podía hacerlo. Tenía hombres, caballos, poder suficiente para que once hombres armados se callaran cuando él entraba en un granero. Podía meterla en un barco esa misma noche. Y había decidido no hacerlo.
Había escrito no son míos. Había escrito quiero una casa sin rejas en las ventanas. Le había preguntado qué quería ella.
Y ahora iba a usarla.
Sussex
Richard escribió la carta en la biblioteca, sentado en el sillón de terciopelo verde, con el cojín bordado con las iniciales de su hija todavía hundido a su espalda.
No había nadie más. Violet dormía por fin, después de dos días sin hacerlo, con un vaso de láudano en la mesilla y Cristina sentada a su lado sin soltarle la mano.
Miriam se había encerrado en su habitación y no había salido desde la mañana anterior.
Alana se había negado a dormir, a comer y a hablar con nadie, y estaba en los establos, cepillando una y otra vez el mismo caballo, que ya brillaba como un espejo.
Y Alexander se había ido. Se había ido esa mañana a Shoreham, con treinta hombres, una carta para el lord teniente de Irlanda firmada por el propio Pitt y otra para el comandante de la guarnición de Newry. No se había despedido de nadie. Solo de Richard, en el patio, con el pie ya en el estribo.
—Voy a traerla —le había dicho, sin mirarlo—. Con o sin tu ayuda. Con o sin la ayuda de ese hombre al que le escribes.
—Alexander, si entras en el Ulster con soldados…
—Si entro en el Ulster con soldados, la encontraré.
—Había montado. Desde el caballo lo había mirado por fin, y en sus ojos grises no había rabia.
Había algo mucho peor: una determinación tranquila, sin fisuras, la de un hombre que ha decidido el resto de su vida en una sola noche—.
No sé qué hay entre ella y él. No me importa.
Era mi prometida cuando se la llevaron, y será mi prometida cuando vuelva.
Y nadie, ni tú, ni ella, ni él, me va a impedir ir a buscarla.
Richard lo había visto alejarse por la avenida de tilos y había pensado, con un cansancio inmenso, que su hija había tenido razón desde el principio: Alexander era un buen hombre. Y los buenos hombres, cuando tienen miedo, son los más peligrosos de todos.
Ahora mojó la pluma en el tintero.
D.:
No sé cómo dirigirme a usted. Mi hija tampoco lo sabía, y eligió el tratamiento más neutro que conocía. Yo elijo el que usted mismo ha usado conmigo durante tres años. Me parece lo más honesto.