VII #2
—Si se queda callada, dormirán hasta las ocho y lo único que tendrán por la mañana es un disgusto. —El rubio se acercó despacio, como quien se acerca a un caballo asustado—. Usted decide, milady.
Genoveva miró la puerta abierta del dormitorio. Desde allí se oía la respiración de Miriam, un poco ronca, y el crujido de la cama cuando Cristina se dio la vuelta en sueños.
Miró la carta en el suelo, a sus pies.
Entonces hizo la cosa más difícil que había hecho en su vida. Más difícil que preguntarle a Alexander si había alguien dentro de los graneros. Más difícil que empujar la puerta del despacho de su padre. Más difícil que escribir once cartas y quemar diez.
No se agachó a recogerla.
La dejó allí, en el suelo de la biblioteca, desplegada a la luz de la luna, con la letra grande inclinada hacia delante bien visible.
Para que la encontrara su padre. Para que su padre leyera la línea que decía no son míos.
Para que al menos un hombre en Inglaterra supiera, por la mañana, quién no había sido.
—No gritaré —dijo.
El grande le tapó la boca con una mano que olía a brea y a sal.
El rubio le ató las muñecas con un cordón de seda que había arrancado de las cortinas, con una suavidad absurda, y le echó sobre los hombros una capa oscura que no era suya.
Después la levantaron entre los dos, como quien levanta una alfombra enrollada, y la sacaron por la ventana.
Lo último que vio de la biblioteca, por encima del hombro del hombre grande, fue el cojín bordado con sus iniciales en hilo de oro, todavía hundido con la forma de su cuerpo.
Alexander la encontró a las seis y media.
Había bajado temprano, antes que nadie, porque no podía dormir de felicidad y quería ver la biblioteca con la primera luz, que entraba por la ventana del sur como él había calculado con el arquitecto.
Quería ver si había acertado. Quería verla a ella leyendo allí, aunque fuera sin que lo supiera, desde la puerta del pasillo, un momento solo.
La puerta del pasillo estaba cerrada con llave desde dentro. Tardó un minuto en entenderlo. Después tardó otro en romperla.
La biblioteca estaba vacía. La vela del candelabro de plata se había consumido hasta el plato.
El sillón de terciopelo verde tenía todavía la forma de alguien en el cojín.
La ventana estaba abierta de par en par, y la reja, la reja de hierro que él había mandado pintar del color de la madera para que no se notara, colgaba hacia fuera sobre dos goznes que no recordaba haber encargado.
Y en el suelo, a la luz pálida de la mañana, había un papel.
Alexander lo recogió. Era áspero, amarillento, de un tipo que no había visto nunca. Olía a humo. Estaba escrito con una letra grande, inclinada hacia delante, llena de tachaduras.
Lo leyó de pie, en medio de la biblioteca que había construido para ella. Lo leyó entero. La primera línea, usted tampoco ha firmado. La de los nueve días. La del río por la mañana, la de la casa sin rejas. La advertencia. La pregunta.
Cuando Richard entró en la biblioteca, alertado por los gritos de las doncellas, encontró a Alexander Whitmore, duque de Wexford, sentado en el suelo junto a la ventana abierta, con la espalda contra la pared y el papel entre las manos.
No lloraba. Tenía la cara gris, completamente inmóvil, como un hombre al que le han dado un golpe tan fuerte que todavía no ha empezado a doler. Levantó la vista hacia Richard.
—¿Lo sabías?
Richard miró el papel. Miró la ventana. Miró la reja colgando sobre sus goznes. Y en algún lugar de la casa, detrás de él, oyó gritar a Violet el nombre de su hija.
—Sí —dijo.
Alexander se levantó. Le temblaban las manos.
—Me dijiste que era un informante de Armagh.
—Lo era.
—¡Era él! —El grito retumbó en la biblioteca, entre los libros de Fordyce y de Milton y de Hume—. ¡Era él! Te advirtió. La advirtió a ella. Le escribió… le escribió esto, a mi prometida, y vosotros lo sabíais, y nadie… nadie me…
Se le quebró la voz. Se dio la vuelta, de espaldas a Richard, y apoyó las dos manos en la estantería, sobre los lomos de los libros que había elegido uno por uno.
Richard se acercó. Le quitó el papel de las manos con cuidado y lo leyó deprisa. Cuando llegó a la línea de la advertencia, cerró los ojos un instante.
No son míos.
—Alexander. —Le puso una mano en el hombro—. Escúchame. Ella dejó esto aquí a propósito.
—¿Qué?
—Genoveva no deja caer las cosas. Nunca en su vida ha dejado caer nada. —Richard le tendió el papel—. Lo dejó en el suelo, abierto, con esta línea a la vista, para que la encontráramos. Para que supiéramos quién no ha sido.
Alexander lo miró como si le hablara en otra lengua.
—¿Y eso de qué sirve? Se la han llevado. Se la han llevado de una habitación con rejas, rodeada de cuarenta hombres, y…
—Sirve para saber a quién no hay que perseguir. —La voz de Richard se endureció—. Para saber a quién hay que pedirle ayuda.
En la puerta de la biblioteca, en camisón, descalzas, con el pelo enredado y las caras blancas, estaban las tres hermanas.
Cristina lloraba sin hacer ruido, con las dos manos sobre la boca.
Miriam la sostenía por la cintura, rígida, sin una sola palabra ingeniosa.
Alana miraba la reja, la miraba como se mira un error propio.
—Yo le dije lo de la biblioteca —murmuró—. Yo le dije que bajaba de madrugada. Él construyó esto porque yo se lo dije.
Nadie le respondió. No había nada que responder.
El barco olía a pescado, a brea y a vómito.
Genoveva no sabía cuánto tiempo llevaba en la bodega.
Horas, quizá un día entero. La habían bajado allí antes del amanecer, en un pequeño puerto que no era Shoreham, envuelta todavía en la capa oscura, y desde entonces no había visto la luz más que por una rendija entre dos tablones del techo, que pasó de negra a gris, de gris a blanca y de blanca a gris otra vez.
El suelo se movía sin descanso. Tenía las muñecas atadas delante del cuerpo, con el cordón de seda de las cortinas, y la bata y el camisón empapados de agua de mar que se colaba por las juntas.
Había vomitado dos veces. Las dos veces el rubio había bajado con un cubo y un trapo mojado, le había limpiado la cara con una delicadeza que le daba más miedo que la pistola y se había vuelto a ir sin decir nada.
La tercera vez se sentó a su lado. Le acercó un jarro de agua a los labios. Genoveva bebió. Estaba tibia y sabía a madera, y era lo más delicioso que había probado nunca.
—Gracias.
El rubio la miró con curiosidad.
—No ha gritado ni una vez.
—No.
—Ni ha llorado.
—No.
—Mi hermano dice que es porque las damas inglesas no tienen sangre en las venas, solo té. —Sonrió, aquella sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Yo creo que es otra cosa. Pero no sé qué.
Genoveva lo miró. Tenía las pestañas rubias y una peca debajo del ojo izquierdo, y no podía tener más de veinte años.
—¿Adónde me lleváis?
—A Irlanda.
—Eso ya lo sé. ¿A quién?
El rubio dudó. Miró hacia la escalera, donde su hermano dormía apoyado contra un barril.
—A ver a alguien que sabrá qué hacer con usted.
Genoveva sintió que el corazón se le detenía.
—¿Donovan?
El muchacho la miró con sorpresa. Luego, despacio, se echó a reír. Fue una risa baja, sin alegría, que se perdió entre el crujido del casco y el golpe de las olas.
—Donovan —repitió—. Sí, milady. Al final, siempre es Donovan.
Se levantó. En la escalera se detuvo y se volvió a mirarla, con el jarro vacío colgando de la mano.
—Pero él todavía no lo sabe.
Condado de Londonderry
La segunda carta llegó una mañana de lluvia, dentro de un paquete de pruebas de imprenta, once días después de haber sido escrita.
Frederick la leyó de pie junto a la ventana del despacho, con el Foyle gris a su espalda y las botas todavía mojadas.
La leyó entera. La línea en que ella le contaba que su padre la había leído.
La línea en que le decía que su prometido era un buen hombre, y no sabía por qué quería que él lo supiera.
La respuesta desordenada. Quiero que alguien me mire sin saber qué esperar de mí.
Quiero mancharme las manos de tinta y no frotarme con la piedra pómez.
Y la última línea, en mitad de la página, con un espacio en blanco debajo como una puerta entornada.
Aunque sospecho que tampoco hace falta.
Se dio cuenta de que estaba sonriendo otra vez. De que había leído la carta tres veces sin moverse de la ventana. De que tenía la otra, la primera, la que ella había doblado en tres con precisión matemática, todavía en el bolsillo interior de la chaqueta, contra el pecho, donde llevaba casi un mes.
La puerta se abrió de golpe.
Era Brennan. Empapado, sin aliento, con barro hasta las caderas y una cara que Frederick no le había visto nunca, ni siquiera la noche en que le contó lo de Mercer.
—Los Doyle —dijo—. Han vuelto.
Frederick no se movió.
—Desembarcaron anoche en una cala al sur de Carlingford. En un pesquero inglés. Keogh los estaba esperando con caballos. —Brennan tragó saliva—. Traen a alguien, señor. Una mujer. Inglesa. Dicen que en camisón, con las manos atadas, que no ha dicho una palabra en todo el camino.
Afuera, el agua seguía cayendo sobre el río.
—Dicen que es la hija de Bermont.
Frederick bajó la vista hacia la carta que tenía en las manos. La letra pequeña, inclinada, perfecta. La tinta todavía un poco más oscura en la última línea, como si ella hubiera apretado más la pluma al escribirla.
No levantó la voz. No dijo nada.
Dobló la carta siguiendo exactamente sus pliegues, la guardó junto a la otra contra el pecho y salió a buscar su caballo.