La hija perfecta VII
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VII

LAS REJAS PINTADAS

Durante tres semanas no ocurrió nada, y eso fue lo que los perdió a todos.

El magistrado de Horsham escribió a mediados de junio.

Dos irlandeses que respondían a la descripción de los hermanos Doyle habían embarcado en Shoreham en un mercante con destino a Dublín, pagando en plata y sin equipaje.

El capitán los recordaba bien: el mayor tenía una cicatriz en la ceja y el menor había pasado toda la travesía vomitando por la borda.

Se habían ido. El magistrado lo celebraba, se ponía a disposición de Su Gracia para cualquier otra cosa y le deseaba toda la felicidad del mundo en su próximo enlace.

Alexander leyó la carta en voz alta durante el desayuno en Grosvenor Square, y a Genoveva le pareció que era la primera vez en un mes que lo veía respirar.

—Se han ido —repitió, dejando la carta junto al plato—. Gracias a Dios.

—Gracias al magistrado de Horsham —dijo Richard sin levantar la vista del periódico.

—A los dos, entonces. —Alexander se volvió hacia Violet con una sonrisa que no le había visto desde la tarde de la biblioteca—.

Lady Bermont, creo que ya no hay razón para seguir esperando.

La capilla está terminada. El ala nueva también, o casi.

Mi madre se muere por recibirlos a todos.

Si viajaran el lunes, tendrían una semana entera antes de la boda para descansar, revisar las flores y que Genoveva viera por fin la casa como debe verse.

Violet juntó las manos sobre el pecho como si le hubieran regalado algo.

Genoveva miró a su padre. Richard había bajado el periódico.

Le sostuvo la mirada un instante, y ella supo que estaba pensando lo mismo que ella: en una carta escrita con letra grande, inclinada hacia delante, que decía no confíe en ningún camino que no conozca su padre.

Pero el camino lo conocía. Lo había recorrido dos veces en un mes. Y los hombres se habían ido.

—El lunes —dijo Richard al fin—. Con los hombres de Alexander y los míos.

—Por supuesto.

Genoveva no dijo nada. Llevaba once días esperando una respuesta que no había llegado. Alana había vuelto a Paternoster Row dos veces, y las dos veces Callahan se había encogido de hombros. Los barcos de Irlanda venían con retraso. El mar estaba revuelto. A veces una carta tardaba un mes.

A veces, pensó Genoveva, una carta no llega nunca. Y eso también es una respuesta.

La casa de Sussex estaba terminada, o casi.

Donde un mes antes había una herida de ladrillo y polvo rojizo se alzaba ahora el ala nueva, limpia, simétrica, con ventanas altas que reflejaban el sol de la tarde y una balaustrada de piedra blanca que todavía olía a cal.

Los andamios habían desaparecido. Quedaban algunos albañiles terminando los remates del tejado, y un montón de tablones apilados junto a los establos, y el jardín del sur, que todavía era tierra removida donde dentro de un año habría rosales.

Lady Ashcombe los recibió en la escalinata con lágrimas en los ojos y besos para todas.

El conde estrechó la mano de Richard y hablaron de caballos.

Violet desapareció con la condesa camino de la capilla, donde aguardaban las flores, y no volvió hasta la cena.

Alexander enseñó a Miriam, Alana y Cristina el ala nueva entera, habitación por habitación, con el orgullo inocente de quien ha construido algo con sus manos, aunque las suyas no hubieran tocado un ladrillo.

Y por la noche, cuando todos se retiraron, las tres hermanas se metieron en la habitación de Genoveva como cuando eran pequeñas.

—La biblioteca es preciosa, Vev —dijo Cristina, tumbada en la cama de dosel azul con la cabeza apoyada en el regazo de Genoveva—. De verdad que sí. Ha puesto un cojín bordado con tus iniciales en el sillón. ¿Lo has visto? Con hilo de oro.

—Lo he visto, Tina.

—Y Fordyce —dijo Alana desde la ventana, con el tono de quien anuncia una enfermedad contagiosa—.

Los sermones completos de Fordyce. Encuadernados en piel.

Le juro a Dios, Gen, que si un día me casa alguien con un hombre que me regala a Fordyce encuadernado en piel, me tiro al Támesis con el libro atado al cuello.

—Nadie va a casarte con nadie, Lana —dijo Miriam, que se estaba probando los pendientes de Genoveva frente al espejo—. Ningún hombre en sus cabales lo intentaría. Ya lo intentó lord Pembroke y todavía se le ve la herida.

—Lord Pembroke no tiene cabales.

—Precisamente.

Genoveva se rió. Fue una risa tranquila, la de quien está exactamente donde debe estar, rodeada de las únicas personas en el mundo que no esperan nada de ella.

Acarició el pelo de Cristina sobre su regazo.

Miró a Alana, que fingía no sonreír junto a la ventana.

Miró a Miriam, que se había puesto un pendiente suyo y otro de Genoveva y se contemplaba en el espejo con aire de profundo desconcierto.

—¿Os acordáis —dijo Cristina, adormilada— de cuando Lana se cayó del manzano y Vev la llevó en brazos hasta casa porque no quería que mamá la viera llorando?

—Yo no lloraba —dijo Alana.

—Llorabas a gritos —dijo Miriam—. Se te oía desde Kensington.

—Tenía el brazo roto.

—Y Vev tenía doce años y pesaba la mitad que tú, y te llevó de todos modos. —Cristina bostezó—. Y luego le dijo a mamá que la culpa era suya, porque te había pedido que le bajaras una manzana. Y la castigaron a ella sin postre una semana entera.

Hubo un silencio. Alana se volvió desde la ventana y miró a Genoveva con una expresión rara.

—No me acordaba de eso.

—Yo sí —dijo Genoveva.

—¿Por qué lo hiciste?

Genoveva pensó un momento.

—Porque a mí nunca me castigaban mucho. Y tú ya tenías el brazo roto.

Alana no respondió. Se quedó mirándola un largo rato, y después volvió a la ventana y apoyó la frente contra el cristal, y Genoveva vio en el reflejo que tenía los ojos cerrados.

Se durmieron las cuatro en la misma cama, como no lo hacían desde hacía diez años, con las piernas enredadas y el pelo de unas en la cara de otras.

Cuando Genoveva se despertó a las cuatro de la mañana, por costumbre, Cristina tenía un brazo sobre su cintura y Miriam roncaba suavemente contra su hombro.

Alana dormía en el borde, de espaldas, a punto de caerse.

Se deslizó fuera de la cama sin despertar a nadie. Se puso la bata sobre el camisón, tomó la vela del tocador y sacó del forro de su joyero, donde la había cosido con sus propias manos, la carta de letra grande inclinada hacia delante.

Y cruzó la puerta que comunicaba con la biblioteca.

La biblioteca olía a nogal, a cuero nuevo y a la cera de las velas que alguien había cambiado esa tarde.

Genoveva encendió la del candelabro de plata y se sentó en el sillón de terciopelo verde, sobre el cojín bordado con sus iniciales en hilo de oro.

Afuera, la luna estaba casi llena, y su luz entraba por la ventana en arco y dibujaba sobre el suelo la sombra de los barrotes, finos, elegantes, pintados del color de la madera.

Desdobló la carta.

No la necesitaba. Se la sabía de memoria.

Pero le gustaba el tacto del papel áspero bajo los dedos, el olor a turba que todavía conservaba, la mancha de tinta redonda en la esquina inferior derecha.

Le gustaba leerla allí, en aquella habitación hecha para ella por otro hombre, con una mezcla de culpa y de alivio que no sabía separar.

Pasó el dedo por la línea de los nueve días.

Por la advertencia. Por la pregunta del final.

¿Qué quiere usted?

Al principio pensó que el ruido venía del tejado.

Un roce de metal contra piedra, breve, casi musical, como el de una llave que se gira en una cerradura vieja. Levantó la vista hacia el techo. Pensó en los albañiles, en los remates, en una teja suelta. Volvió a la carta.

El ruido se repitió. Más cerca. Más abajo.

Genoveva levantó la vista hacia la ventana.

Las rejas se estaban moviendo.

No los barrotes uno por uno. La reja entera, el bastidor completo de hierro pintado del color de la madera, se estaba separando del marco de piedra con una lentitud de pesadilla, girando hacia fuera sobre unos goznes que nadie le había dicho que existían, como una puerta.

Como lo que siempre había sido: una puerta que alguien había pintado para que pareciera una pared.

Y detrás de la reja, en el cristal, había una cara.

Genoveva no gritó.

Lo pensaría muchas veces después, en la oscuridad, y nunca sabría si fue valentía o terror o una de esas cosas que no tienen nombre.

Lo que sí sabría es que en el segundo exacto en que vio aquella cara, pensó en tres cosas a la vez, con una claridad que no había sentido nunca.

Pensó en los cuarenta hombres de Alexander que dormían en los establos y en los dos que hacían la ronda por el jardín del sur, armados con mosquetes, que acudirían en cuanto la oyeran gritar.

Pensó en las tres muchachas dormidas en su cama, al otro lado de la puerta abierta, con el pelo enredado y las piernas entrelazadas.

Y pensó que, si gritaba, alguien iba a disparar.

Y que en la oscuridad nadie sabría a quién.

No gritó.

El cristal se abrió hacia dentro. La cara se convirtió en un hombre: grande, lento, con las manos como palas y una cicatriz que le partía la ceja izquierda.

Saltó al suelo de la biblioteca con un ruido sordo.

Detrás de él entró otro, delgado, rubio, con una pistola en la mano que no la apuntaba. No todavía.

—Buenas noches, milady —dijo el rubio en voz baja. Tenía un acento cantarín, suave, casi amable—. Le ruego que no grite. No queremos hacerle daño a nadie. Pero si grita, alguien se lo hará a alguien, y no seremos nosotros los primeros.

Genoveva se puso de pie. La carta se le cayó del regazo al suelo. Le temblaban las piernas tanto que tuvo que apoyar una mano en el respaldo del sillón.

—Mis hermanas están en la habitación de al lado.

—Lo sabemos.

—Si les hacéis algo…