La hija perfecta VI #3
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VI #3

Llegó a Grosvenor Square a media tarde, con las botas cubiertas de polvo y la cara tensa, y encontró a Genoveva en el saloncito de la planta baja con Cristina, eligiendo las cintas para los ramos de las damas de honor.

No esperó a que lo anunciaran. Entró, cruzó la habitación en tres pasos y le tomó las dos manos.

—Tu padre me lo ha contado.

Genoveva se quedó helada.

Cristina, a su lado, dejó caer una cinta.

—¿Qué te ha contado?

—Lo de los dos irlandeses. Lo de los caminos de Sussex. —Le apretó los dedos—. Un informante de Armagh. Dios santo, Genoveva. Si tu padre no tuviera a alguien allí… Si nadie nos hubiera advertido…

No terminó la frase. No hacía falta. Genoveva lo miró a los ojos, grises, asustados, sinceros, y sintió que algo se le retorcía en el pecho como un trapo mojado.

—No ha pasado nada, Alexander.

—Todavía no. —Le soltó una mano para pasársela por el pelo, un gesto que ella nunca le había visto, nervioso, casi juvenil—.

He mandado veinte hombres más a la casa.

He hablado con el magistrado de Horsham.

He escrito al lord teniente de Sussex. El día de la boda irás en mi carruaje, no en el de tu padre, y el camino estará vigilado de punta a punta.

No vas a estar sola ni un minuto. Ni uno. Te lo juro.

—Lo sé.

—Haré lo que haga falta.

—Lo sé, Alexander.

Y lo sabía. Eso era lo terrible. Lo sabía con una certeza absoluta, igual que sabía que él había pasado semanas eligiendo uno por uno los libros de una biblioteca que ella nunca habría llenado así.

Alexander la quería. La quería tanto que había convertido el miedo a perderla en veinte hombres armados, en cartas a magistrados, en un camino vigilado de punta a punta.

La quería tanto que no se le había ocurrido preguntarle si tenía miedo.

Y ella le estaba mintiendo. No con palabras. Con el silencio.

Alexander le besó la frente. Luego, sin importarle que Cristina estuviera delante, la abrazó.

Fue un abrazo fuerte, largo, un poco torpe, y Genoveva sintió contra la mejilla el latido acelerado de su corazón bajo el chaleco, y el olor a polvo de camino y a caballo, y pensó que nunca lo había querido tanto como en aquel momento.

Y pensó, al mismo tiempo, con una claridad que la avergonzó, que no era el tipo de querer que se escribe a las dos de la madrugada en el suelo de una habitación.

La respuesta tardó tres noches.

No once versiones esta vez. Una sola. Genoveva la escribió de un tirón, sentada en el suelo junto a la cama, con la espalda contra el colchón y las rodillas recogidas, igual que había leído la carta de él.

Escribió deprisa, sin tachar, como si temiera que la mano se le detuviera si pensaba demasiado.

La tinta le manchó el canto de la mano y el borde del camisón. No le importó.

Usted tampoco firmó. Yo tampoco lo haré. Pero creo que a estas alturas los dos sabemos que no es por prudencia.

Mi padre ha leído su carta. Se la di yo.

No porque me pidiera usted que le contara todo, sino porque me he dado cuenta de que no sé guardar un secreto que pueda hacerle daño a alguien a quien quiero.

Me temo que eso me convierte en una pésima conspiradora.

Mi padre cree que usted escribe con números.

Dice que lleva tres años recibiendo cartas firmadas con una D y que nunca se atrevió a preguntar quién era. Me pareció que debía saberlo.

Gracias por la advertencia. Ya hay veinte hombres más en la casa del ala nueva. Mi prometido los ha mandado. Es un buen hombre, señor. Quiero que lo sepa, aunque no sé por qué quiero que lo sepa, ni por qué me cuesta tanto escribirlo.

Me pregunta qué quiero yo.

He tardado tres noches en contestar, lo cual, en mi caso, es mucho menos que cuatro días, pero mucho más que el tiempo que he tardado en contestar cualquier otra pregunta de mi vida.

Siempre he sabido qué responder. Siempre he sabido lo que se esperaba.

Su pregunta es la primera para la que no tengo preparada una respuesta correcta.

Así que le daré una desordenada.

Quiero que alguien me mire sin saber qué esperar de mí.

Quiero equivocarme una vez, una sola, en algo que importe, y que nadie venga a arreglarlo.

Quiero leer un libro que nadie haya elegido por mí.

Quiero mancharme las manos de tinta y no frotarme con la piedra pómez.

Quiero bajar a la biblioteca a las cuatro de la mañana y no encontrar rejas en la ventana, aunque estén pintadas del color de la madera para que no se noten.

Y desde hace nueve días, como usted, quiero otra cosa que no le diré.

Aunque sospecho que tampoco hace falta.

La dobló. La metió entre las páginas del primer volumen de Cecilia, en la página ciento cuarenta, y dejó el libro sobre la almohada de Alana antes del amanecer, sin despertarla.

Después volvió a su habitación, se sentó otra vez en el suelo junto a la cama y se miró la mano a la luz gris que empezaba a entrar por la ventana.

Tenía tinta en el canto, en el índice, en la yema del pulgar. Manchas grandes, negras, imposibles de esconder bajo ningún guante. No fue a buscar la piedra pómez.