La hija perfecta VI #2
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VI #2

Genoveva esperaba cualquier otra pregunta. Cómo te has atrevido. Qué pensaría Alexander. Qué dirá tu madre. Sabes lo que podría pasarle a tu reputación si alguien encuentra esto.

—Sí —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no tenía ninguna razón para advertirme. Lo que le convenía era callarse. Si esos hombres hacen lo que creo que quieren hacer, nadie en Londres pensará que fueron ellos. Pensarán que fue él.

Richard la miró por encima de la carta. Asintió despacio.

—Eso mismo he pensado yo.

Se levantó y fue hasta el mapa de Irlanda, que seguía extendido sobre la mesa larga, con los mismos alfileres clavados en los mismos condados. Lo miró un largo momento, de espaldas a ella.

—Hace tres años —dijo, sin volverse— recibí una carta de un hombre del condado de Londonderry.

Me pedía que bajara las rentas en dos granjas de Armagh, porque una familia con cinco hijos iba a quedarse en la calle en pleno invierno.

Me lo pedía con mucha cortesía y ningún servilismo, y me explicaba con números por qué la renta era injusta.

Los números eran correctos. Bajé la renta.

Volvió a escribirme dos veces más, siempre con números, siempre con razón.

Nunca firmó con algo más que una inicial.

Genoveva contuvo el aliento.

—Una D —dijo Richard—. Una D grande, un poco inclinada hacia delante, como si quien la escribía tuviera prisa por llegar a algún sitio.

Se volvió hacia ella.

—Llevo tres años preguntándome qué clase de hombre era. Nunca se me ocurrió escribirle para preguntárselo.

—¿Por qué no?

Su padre sonrió, una sonrisa cansada, un poco triste.

—Porque es una pregunta muy inglesa.

Genoveva se echó a reír. Fue una risa nerviosa, temblorosa, que se le convirtió a medio camino en otra cosa, y tuvo que taparse la boca con la mano. Richard se acercó, se sentó en el brazo del sillón a su lado y le puso una mano en la cabeza, como cuando era muy pequeña.

—Esto no se lo vamos a contar a tu madre —dijo—. Ni a Alexander.

—Alexander tiene derecho a saber que…

—Alexander tiene derecho a saber que hay dos hombres buscando un camino hacia su casa, y lo sabrá esta misma mañana.

Se lo diré yo, y le diré que me lo ha contado un informante de Armagh, lo cual, técnicamente, es verdad.

—Le apartó un mechón de la frente—. Lo demás es tuyo, Genoveva. Ya eres mayor para tener cosas tuyas.

Ella lo miró. Tenía los ojos húmedos.

—¿No vas a decirme que no vuelva a escribirle?

Richard tardó en responder.

Miró la carta sobre el escritorio y después miró a su hija.

—Llevo veinte años esperando que me desobedezcas. Sería muy poco elegante por mi parte prohibírtelo ahora que lo haces.

Se levantó y volvió al espejo, como si la conversación hubiera terminado. Y entonces, de espaldas, mientras se ajustaba el cuello de la camisa, añadió en voz muy baja:

—Pero ten cuidado, hija. No por tu reputación. Por ti. Ese hombre escribe como alguien que no sabe pedir nada. Y los hombres que no saben pedir nada son los que más dan cuando por fin aprenden.

Sussex

La taberna de El Ciervo Blanco estaba a dos millas de la casa de los Whitmore, en el cruce de caminos donde la carretera de Londres se encontraba con el camino de la costa.

Era un sitio tranquilo. Pasaban carreteros, pastores, algún soldado de permiso, los albañiles que trabajaban en el ala nueva de la casa grande y que bajaban por las tardes a beber cerveza y a quejarse del arquitecto.

Nadie se fijaba demasiado en los forasteros.

Por eso nadie se fijó en los dos hermanos que llevaban cinco días sentados en la mesa del rincón.

Decían que eran irlandeses, porque el acento no les permitía decir otra cosa, y que venían buscando trabajo en las obras.

El mayor era grande, lento, con las manos como palas y una cicatriz que le partía la ceja izquierda.

El menor era delgado, rubio, con una sonrisa fácil que caía bien a las camareras y unos ojos que no sonreían nunca.

Preguntaban cosas. No muchas. Lo suficiente.

Cuántos hombres trabajaban en la obra. A qué hora salían.

Si era verdad que el duque se casaba a finales de mes.

Si la novia vendría a vivir allí después.

Por qué camino solían llegar los carruajes de Londres, si por el de Horsham o por el de la costa.

Si había mucho tráfico en el puerto de Shoreham.

Si era cierto que el duque había puesto rejas en las ventanas del ala nueva, como decían los albañiles, y si eran rejas de verdad o de las que se pintan para que no se noten.

El tabernero, un hombre gordo y amable que se llamaba Pike, les contestaba lo que sabía mientras les servía cerveza. No le parecían peligrosos. Le parecían dos muchachos lejos de casa.

La sexta noche no aparecieron.

En la mesa del rincón solo quedó una jarra vacía y, debajo, unas monedas que pagaban la cuenta exacta de cinco días. Ni un penique más. Ni uno menos.

Pike las recogió y no volvió a pensar en ellos.

Alexander se enteró a las once de la mañana y a las doce ya había triplicado los hombres de Sussex.