La hija perfecta VI
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VI

LO QUE SE GUARDA

La respuesta llegó un martes, dentro de un ejemplar de Cecilia que olía a humedad y a tabaco de pipa.

—Me dijeron que te gustaría el tercer volumen —dijo, en voz bastante alta para que la oyera Mary—. Es el más triste. Página ciento cuarenta.

Y se fue.

Genoveva no abrió el libro. No podía, con Mary entrando y saliendo, con la cena a las siete, con lord y lady Ashcombe abajo y Alexander subiendo ya la escalinata, a juzgar por el revuelo de los lacayos en el vestíbulo.

Bajó a cenar con el corsé apretado dos agujeros más de lo habitual porque Violet insistía en que el vestido de seda verde lo requería, y durante cuatro platos sonrió, respondió, escuchó a lady Ashcombe hablar de las flores de la iglesia y a Alexander hablar de los caballos que iban a tirar del carruaje nupcial, y no oyó una sola palabra de lo que nadie decía.

Página ciento cuarenta.

Notaba el libro desde el comedor. Sabía exactamente dónde estaba, sobre la almohada, en el tercer piso, a cuarenta y dos escalones de distancia, y lo sentía como se siente un fuego encendido en una habitación contigua.

Cuando Alexander le rozó la mano bajo la mesa, al pasarle la sal, dio un respingo tan visible que él la miró con extrañeza.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Estás pálida.

—Es el corsé —dijo Miriam desde el otro lado de la mesa, con la boca llena de faisán—. Mamá ha decidido que Su Perfección tiene que tener la cintura de una avispa para el retrato de bodas. Si se desmaya, Alexander, recuerda que yo ya tengo experiencia.

Lady Ashcombe soltó una carcajada. Violet cerró los ojos. Y Genoveva, por debajo del mantel, le dio las gracias a Miriam con un pie apoyado sobre el suyo.

No la abrió hasta las dos de la madrugada.

Esperó a que la casa durmiera. Esperó a que se apagaran los pasos de Mary en el pasillo, el último crujido de la escalera, el silbido del viento en la chimenea.

Esperó a que el hombre de Alexander que vigilaba la acera de enfrente terminara su ronda y se apoyara contra la verja del jardín de la plaza con el sombrero sobre los ojos.

Después encendió una sola vela, se sentó en el suelo junto a la cama, con la espalda contra el colchón y las rodillas recogidas bajo el camisón, y abrió el tercer volumen de Cecilia por la página ciento cuarenta.

El papel estaba allí, doblado en dos. Era grueso, áspero, de un color amarillento que no se parecía en nada al papel inglés de su carta. Olía a turba y a humo, y debajo de eso a algo que tardó en identificar y que, cuando lo identificó, le hizo cerrar los ojos un instante: a lluvia.

Lo desdobló.

La letra era grande, firme, un poco inclinada hacia delante, como si quien la había escrito tuviera prisa por llegar a algún sitio.

Había tachaduras. Muchas. En algunas líneas, la pluma había apretado tanto que el papel estaba casi roto.

En otras, la tinta era tan pálida que tuvo que acercar la vela para leerla.

Usted tampoco ha firmado. Así que yo tampoco lo haré.

Me ha hecho una pregunta que nadie me había hecho nunca.

He tardado cuatro días en contestarla, que es más de lo que he tardado en tomar decisiones que han cambiado la vida de cientos de personas.

Eso debería decirle algo sobre la pregunta.

O sobre mí. Todavía no he decidido cuál de las dos cosas me inquieta más.

Me pregunta qué quiero. No lo que quieren los hombres que me siguen ni lo que temen los que me persiguen. Yo. Le contestaré con la verdad, porque usted ha sido honesta conmigo, y porque una pregunta así no merece una mentira, ni siquiera una mentira elegante.

Quiero bajar al río por la mañana sin leer antes ninguna carta.

Quiero que mi apellido sea solo un apellido y no una lista de cosas que hice o que dicen que hice.

Quiero una casa sin rejas en las ventanas, y quiero que la gente que vive cerca de ella también tenga ventanas sin rejas.

Quiero dormir una noche entera. Quiero que deje de llover alguna vez en el condado de Armagh, aunque eso no lo voy a conseguir y lo sé.

Esas son las cosas que quiero desde hace años. Desde hace nueve días quiero otra, que no le diré. Usted me ha enseñado que las preguntas se pueden regalar. Yo he aprendido, leyéndola, que algunas respuestas hay que guardarlas hasta que uno sepa qué hacer con ellas.

Genoveva se detuvo. Volvió atrás. Leyó otra vez aquella línea, despacio, con la yema del dedo bajo cada palabra, como cuando aprendía a leer.

Desde hace nueve días quiero otra, que no le diré.

Notó el calor antes de entender de dónde venía.

Le subió por el cuello, le llegó a las mejillas, se le instaló en el pecho con un peso tibio que no se parecía a nada que conociera.

Estaba sentada en el suelo de su habitación, en camisón, a las dos de la madrugada, con una carta de un desconocido entre las manos, y tenía la sensación absurda e impropia de que acababan de tocarla.

Siguió leyendo.

Ahora debo pedirle algo, y se lo pido como no le he pedido nada a nadie en mucho tiempo.

No viaje a Sussex sin que su padre lo sepa todo.

Hay dos hombres que han estado preguntando por los caminos que llevan a cierta casa con un ala nueva.

No son míos. Se lo juro por lo único por lo que juro, que es mi tierra.

Pero vienen de cerca de mí, y eso me hace responsable de ellos aunque no los mande.

Ya hay quien los busca. Hasta que los encuentren, no confíe en ningún camino que no conozca su padre.

No le pido que me crea. Le pido que tenga cuidado. No son lo mismo, aunque se parezcan.

Me preguntó qué quiero. Le devuelvo la pregunta, que es lo único justo: ¿qué quiere usted? No lo que le han enseñado a querer. No lo que se espera que quiera la hija de un duque a seis semanas de su boda. Usted. Si pudiera tener una sola cosa, sin consecuencias, sin que nadie lo supiera.

No espero que me responda. Pero si lo hace, ya sabe el camino.

No había nada más. Ni despedida, ni firma. Solo, en la esquina inferior derecha, una pequeña mancha de tinta, redonda, del tamaño de la yema de un dedo, como si quien había escrito la carta la hubiera apoyado allí un momento antes de doblarla.

Genoveva la miró mucho rato.

Después, muy despacio, apoyó su propio índice sobre ella.

No estaba húmeda. Llevaba días seca, y había cruzado un mar. No le dejó ninguna marca en la piel. Y, aun así, cuando retiró el dedo, Genoveva tuvo la sensación de que algo había pasado de un lado al otro.

La advertencia no la dejó dormir.

No el resto de la carta. El resto la mantuvo despierta de otra manera, una manera tibia y avergonzada que le hacía ocultar la cara contra la almohada cada vez que recordaba la línea de los nueve días.

La advertencia era distinta. Era fría. Se le había metido debajo de la piel como una astilla y no había forma de sacarla.

No viaje a Sussex sin que su padre lo sepa todo.

Todo. Eso significaba la carta. Las cartas.

Paternoster Row, Callahan, el sombrero de la cocinera, la mancha de tinta en el dedo.

Significaba ir al despacho de su padre y decirle que la hija que nunca le había dado un disgusto llevaba un mes escribiéndose a escondidas con el hombre más peligroso del Ulster.

Podía no decir nada. Podía quemar la carta y esperar que los hombres que buscaban a los Doyle los encontraran antes del treinta de junio. Podía inventar una excusa, un rumor oído en un baile, una advertencia anónima. Su padre la creería. Todo el mundo creía siempre a Genoveva.

Eso era precisamente lo que no podía soportar.

A las siete de la mañana, antes de que nadie más bajara, llamó a la puerta del despacho.

Richard estaba ya levantado, en mangas de camisa, afeitándose frente a un espejo pequeño que tenía colgado junto a la ventana de la grieta.

Siempre se afeitaba allí. Decía que era la única habitación de la casa donde nadie le daba conversación mientras tenía una navaja en la mano.

Se volvió al verla entrar, con media cara cubierta de espuma.

—Genoveva. ¿Ha muerto alguien?

—No.

—Entonces dame un momento. Prefiero recibir las malas noticias con las dos mejillas iguales.

Ella esperó mientras él terminaba. Esperó mientras se secaba la cara con una toalla, se ponía el chaleco y se sentaba en el sillón. Después cerró la puerta, sacó la carta de entre las páginas de Cecilia y la dejó sobre el escritorio, delante de él.

Richard la miró sin tocarla.

—¿Qué es?

—Una carta de Frederick Donovan.

El silencio fue tan absoluto que Genoveva oyó la navaja gotear en la palangana.

Su padre no se movió. No cambió de expresión.

Pero algo le ocurrió en los ojos, algo que ella no le había visto nunca y que tardaría años en entender del todo: no era enfado, ni sorpresa, ni siquiera miedo.

Era la cara de un hombre que lleva mucho tiempo pidiendo algo y acaba de recibirlo de la forma en que menos lo esperaba.

—Siéntate —dijo al fin.

Se sentó y se lo contó todo. La carta sin firma, Las once versiones que había quemado.

El chantaje a Alana, que en realidad no había sido chantaje.

El desmayo de Miriam, que en realidad no había sido desmayo.

Callahan en la trastienda de Paternoster Row.

El ejemplar de Cecilia. La página ciento cuarenta.

No dejó nada fuera, ni siquiera la parte que le daba más vergüenza, y cuando terminó, le temblaban las manos tanto que tuvo que esconderlas bajo los muslos.

Richard no dijo nada durante mucho rato. Luego tomó la carta y la leyó.

La leyó despacio, entera, como leía los informes de Armagh.

Genoveva sabía en qué momento llegaba a la línea de los nueve días porque vio cómo se le detenía la mano un instante sobre el papel.

No levantó la vista. Siguió leyendo hasta el final, hasta la advertencia, hasta la mancha de tinta en la esquina.

Después dobló la carta siguiendo los mismos pliegues, y la dejó sobre el escritorio.

—¿Le crees? —preguntó.