La hija perfecta V #2
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V #2

—Alana —dijo al fin—, sube a cambiarte. Si tu madre te ve así, nos matará a los dos. A ti por hacerlo y a mí por no impedirlo.

Alana miró a su hermana, Genoveva asintió y Alana subió.

Genoveva se quedó sola frente a su padre, con el sombrero de la cocinera en la mano y el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que él lo oía.

Esperó la pregunta. Dónde has estado. Con quién.

Por qué. Tenía preparada una respuesta para cada una, y ninguna era una mentira, y ninguna era del todo la verdad.

Richard no preguntó nada.

Dejó la taza en el banco. Se levantó despacio, se acercó a ella y se agachó, con un crujido de rodillas, para mirarle el bajo de la capa. Tocó el barro con la punta de los dedos. Lo frotó entre el índice y el pulgar, como un granjero que examina la tierra de un campo antes de sembrar.

Cuando se incorporó, estaba sonriendo. No era la sonrisa burlona de las cenas, ni la satisfacción irónica de cuando ella le llevaba la contraria.

Era otra cosa. Genoveva no se la había visto nunca, y tardó un momento en reconocerla, porque la había visto en otros padres, en otras casas, mirando a otras hijas, y nunca había pensado que la vería dirigida a ella.

Era orgullo.

—Barro hasta las rodillas —dijo Richard en voz baja.

Le dio un beso en la frente. Recogió su taza. Y salió de la cocina sin decir una palabra más, silbando entre dientes una canción que la cocinera, años después, juraría que no le había oído silbar nunca.

Condado de Londonderry

La carta llegó nueve días después, dentro de un paquete de pruebas de imprenta, con una nota de Callahan escrita deprisa en el envoltorio.

No la he abierto. No me pregunte por qué. Los Doyle fueron vistos en Bristol hace una semana, en una taberna del puerto, preguntando por los barcos que van a Sussex. No sé qué buscan. No me gusta.

Frederick leyó la nota dos veces. La segunda vez, se quedó mucho rato mirando la palabra Sussex. Después la dejó a un lado, para pensar en ella con calma más tarde, y tomó la carta.

Era papel bueno, inglés, de un peso que ningún irlandés de su condado podía permitirse.

Estaba doblada en tres, con una precisión casi matemática, y no tenía sello.

No tenía firma. No tenía nada en el exterior más que una sola palabra escrita en el centro, con una letra pequeña, inclinada y perfecta, la letra de alguien a quien le habían hecho practicar mil veces sobre las mismas planas:

Donovan.

La abrió junto a la ventana, con el río plomizo a su espalda.

No sé cómo dirigirme a usted, porque no sé quién es, y en el lugar de donde vengo dirigirse a alguien de forma incorrecta es casi tan grave como no dirigirse a él en absoluto.

He elegido el tratamiento más neutro que conozco.

Si le ofende, le ruego que lo atribuya a mi ignorancia y no a mi intención.

Un hombre que trabaja para mi familia pasó seis días con los ojos vendados en una granja de Armagh.

Volvió a casa con un mensaje que no voy a repetir, porque usted lo conoce mejor que yo.

Volvió también con la marca de una cuerda en las muñecas y una historia sobre un hombre que le dio leche con miel porque, si hubiera querido envenenarlo, se habría ahorrado la miel.

Le confieso que esa frase me ha quitado más sueño que la amenaza.

Me han dicho muchas cosas sobre usted. Que es el hombre más peligroso del Ulster y el único razonable que queda en su condado.

Que es demasiado prudente y demasiado orgulloso.

Que nunca levanta la voz. Le pregunté a alguien qué clase de hombre es usted, y me respondió que era una pregunta muy inglesa.

Tenía razón. Así que no voy a hacérsela.

Le haré otra. ¿Qué es lo que quiere usted? No lo que quieren los hombres que lo siguen. No lo que temen los hombres que lo persiguen. No lo que se dice en las gacetas ni en los salones. Usted. Si pudiera tener una sola cosa, sin consecuencias, sin que nadie lo supiera, ¿cuál sería?

No espero que me responda. Espero, como mucho, que la pregunta le haga pensar un momento, igual que a mí me lo hizo la leche con miel.

A veces una pregunta es lo único que una persona puede dar a otra sin pedir nada a cambio.

Hasta hace poco, yo no sabía que podía hacer preguntas.

Me han enseñado durante toda mi vida a responderlas correctamente.

No firmo esta carta porque no puedo. Si usted es quien dicen, sabrá por qué. Y si es quien sospecho, sabrá también quién la escribe.

Nada más. Ni una despedida. La última línea terminaba en mitad de la página, dejando debajo un espacio en blanco tan grande que parecía hecho a propósito.

Frederick se quedó inmóvil junto a la ventana. Afuera, el Foyle seguía bajando hacia el mar. Una garza levantó el vuelo desde la orilla. En el patio, alguien estaba partiendo leña, y el golpe del hacha llegaba regular, sordo, como el latido de algo muy grande.

Leyó la carta otra vez. Se detuvo en la frase de la leche con miel y se dio cuenta, con una incomodidad que no sentía desde hacía años, de que se había puesto colorado.

Se detuvo en la línea en que ella había escrito usted y lo había subrayado, con una presión tan leve que apenas se notaba, como si no se hubiera atrevido a hacerlo del todo.

Se detuvo en el espacio en blanco del final.

¿Qué es lo que quiere usted?

Nadie se lo había preguntado nunca. Le habían preguntado qué exigía, qué ofrecía, qué amenazaba, cuántos hombres tenía, cuántas armas, cuánto dinero, a quién obedecía.

Nadie le había preguntado nunca qué quería.

Y descubrió, de pie junto a la ventana de la casa en la que había nacido, con una carta sin firma en las manos, que no sabía la respuesta.

No la quemó. La dobló otra vez en tres, siguiendo exactamente los mismos pliegues, con un cuidado que lo habría hecho reír si lo hubiera visto en otro hombre, y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, contra el pecho.

Después se sentó al escritorio, tomó una hoja en blanco y mojó la pluma.

Estuvo así mucho rato. La tinta se secó en la punta. Volvió a mojarla.

Al final, escribió una sola línea:

Usted tampoco ha firmado. Así que yo tampoco lo haré.