La hija perfecta V
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V

SIN FIRMA

El problema era cómo hacerla llegar.

—Absolutamente no —dijo Alana.

—Me dijiste que si iba a desobedecer, lo hiciera bien.

—Te dije que escondieras un papel de Mary. No que te escaparas de casa con tres hombres de Alexander vigilando la puerta para llevarle una carta a un irlandés que no conoces.

—No voy a escaparme. Voy a salir.

—¿Por dónde?

—Por la puerta de servicio. Con el sombrero feo. —Genoveva le sostuvo la mirada—. Como tú los martes y los viernes.

Alana abrió la boca. La cerró. Por primera vez en su vida, Genoveva la vio sin una respuesta preparada, y le pareció tan joven, con las orejas rojas y los ojos muy abiertos, que estuvo a punto de pedirle perdón. No lo hizo.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Alana al fin.

—Desde el día de la prueba del vestido. Cristina mintió demasiado deprisa. Cristina siempre miente demasiado deprisa.

—Eso es verdad. —Alana se pasó una mano por la cara—. Dios mío, Gen. Si mamá se entera…

—Si mamá se entera de lo mío, te prometo que no se enterará de lo tuyo.

—Eso es chantaje.

—Es un acuerdo entre caballeros.

Alana se quedó mirándola un largo momento. Después, despacio, una sonrisa le fue subiendo por la cara, una sonrisa que Genoveva no le había visto nunca dirigida a ella: la que reservaba para los adversarios dignos.

—¿Dónde aprendiste eso?

—Llevo veinte años escuchándote discutir con papá. Algo tenía que quedárseme.

El plan fue de Alana. La ejecución, de las cuatro.

A las once de la mañana del jueves, cuando Violet salió hacia la casa de lady Ashcombe para hablar de flores y de la colocación de los invitados en la iglesia, Miriam bajó la escalinata principal con su vestido de paseo más llamativo, uno de rayas amarillas que su madre había prohibido usar fuera de casa, y se dirigió con paso decidido hacia la puerta.

Los dos hombres de Alexander que vigilaban la entrada se enderezaron.

—Buenos días, caballeros —dijo Miriam con su sonrisa más resplandeciente—. Voy a dar un paseo por el parque.

—Milady, Su Gracia ha dado instrucciones de que ninguna de las señoritas salga sin…

Miriam se llevó una mano a la frente, soltó un pequeño suspiro musical y se desmayó con una elegancia perfecta sobre los brazos del más joven.

Fue, según diría Alana después, la mejor actuación de su vida.

Cristina bajó corriendo la escalera gritando que su hermana estaba enferma, que llevaba días sin comer por los nervios de la boda de Vev, que alguien trajera sales, agua, un médico.

El mayordomo apareció. Dos doncellas aparecieron.

El segundo hombre de Alexander, al ver a su compañero arrodillado en el vestíbulo con una joven desmayada en brazos y otra llorando a gritos, hizo lo que cualquier hombre habría hecho y entró a ayudar.

Y por la puerta de servicio, al otro lado de la casa, salieron dos muchachas con sombreros espantosos y capas de lana gris que habían pertenecido a la doncella de la cocina.

Genoveva no había estado nunca sola en una calle de Londres.

Lo descubrió a los veinte pasos, al llegar a la esquina de Brook Street, cuando un carro de cerveza pasó tan cerca que le salpicó el bajo de la capa de barro y nadie se disculpó.

Había paseado mil veces por aquellas calles en carruaje, o del brazo de su madre, o seguida a tres pasos por un lacayo con librea.

Nunca así. Nunca con los pies en el suelo, entre la gente, oyendo los gritos de los vendedores de castañas y el ruido de los cascos sobre los adoquines y una conversación en un idioma que no reconoció, oliendo a caballo, a cerveza, a pan recién hecho y a algo más agrio que prefería no identificar.

Nadie la miraba. Nadie la reconocía. Por primera vez en su vida, nadie esperaba nada de ella.

Era aterrador.

Era lo más emocionante que le había pasado nunca.

—Respira, Gen —le dijo Alana, tomándola del brazo—. Vas a desmayarte de verdad, y Miri ya se ha quedado con el papel.

—Estoy bien.

—Tienes los ojos azules. Se te ponen así cuando tienes miedo.

Genoveva la miró, sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevo veinte años mirándote, igual que tú llevas veinte años escuchándome. —Alana tiró de ella hacia un coche de alquiler que esperaba junto a la acera—. No eres la única que presta atención en esta familia.

La librería estaba en Paternoster Row, a la sombra de la catedral de San Pablo, en una calle tan estrecha que los tejados de un lado casi tocaban los del otro.

Era un local oscuro, de techo bajo, con libros apilados hasta el techo en estanterías que se combaban por el peso y un olor a papel viejo, a polvo y a tinta de imprenta tan intenso que a Genoveva se le llenaron los ojos de lágrimas al entrar. O quizá no fue el olor.

El librero, un hombre calvo con gafas de aro de alambre, levantó la vista del mostrador, vio a Alana y volvió a bajarla sin decir nada. Alana condujo a su hermana entre las estanterías hasta el fondo de la tienda, donde una cortina de terciopelo raída separaba el local de una trastienda.

Detrás de la cortina, sentado a una mesa llena de pruebas de imprenta, con las mangas remangadas y una pluma en la mano, estaba el señor Callahan.

Se levantó al verlas. No pareció sorprendido de ver a Alana. Pareció muy sorprendido de ver a Genoveva.

—Lady Genoveva.

—Señor Callahan.

—Le dije que no pronunciara cierto nombre en un salón de Londres. —Miró a su alrededor, la trastienda oscura, las pruebas de imprenta, el sombrero espantoso de la cocinera—. No se me ocurrió especificar que tampoco debía venir a buscarlo a una trastienda de Paternoster Row.

—No he venido a buscar a nadie. He venido a buscarlo a usted.

Callahan miró a Alana. Alana se encogió de hombros.

—No me mire a mí. Yo le dije que absolutamente no.

—Y aun así aquí está.

—Me hizo chantaje.

Callahan se quedó mirando a Genoveva con aquella expresión que ella recordaba del baile: la de un jugador que acaba de ver una carta que no esperaba. Después le ofreció la única silla libre.

—Siéntese, milady. Me temo que no tengo té. Ni clarete. Ni nada que se parezca a lo que acostumbra.

—No he venido a tomar el té.

No se sentó. Abrió el libro de poemas, sacó la carta doblada en tres y la dejó sobre la mesa, encima de las pruebas de imprenta.

—Quiero que le haga llegar esto.

Callahan no la tocó. Miró la carta. Después la miró a ella.

—¿A quién?

—Usted sabe a quién.

—Lady Genoveva, yo soy un caballero de Dublín de visita en Londres que se gana la vida escribiendo panfletos que nadie lee. No tengo la menor idea de…

—Mercer —lo interrumpió— dijo que el hombre que lo liberó conocía el nombre de su esposa y el de sus hijos.

Que sabía que su esposa hace mermelada de grosella.

Mi padre no le contó eso a nadie más que a mí.

Usted me dijo en el baile que Donovan tiene tierras que podría vender y una educación con la que podría vivir en este mismo salón.

Y la noche en que Mercer volvió a casa, mi padre leyó en voz alta un mensaje que decía que Irlanda no estaba tan lejos.

—Hizo una pausa—. Usted está aquí, señor Callahan.

A cincuenta pasos de San Pablo. Irlanda no está tan lejos.

El silencio en la trastienda fue absoluto.

Detrás de la cortina, el librero tosió. Alana miraba a su hermana como si nunca la hubiera visto. Callahan se sentó despacio en el borde de la mesa. Se quitó las gafas que no llevaba, un gesto vacío, el de un hombre que ha perdido la costumbre de que lo sorprendan, y se frotó el puente de la nariz.

—Bermont no tiene ni idea de lo que tiene en casa.

—Mi padre tiene una idea bastante aproximada. Es mi madre la que no la tiene.

—¿Qué dice la carta?

—Eso es asunto mío.

—Si voy a arriesgar el cuello por ella, también es asunto mío.

Genoveva pensó un momento.

—Dice lo que se dice en una carta a un hombre que no se conoce. Y hace una pregunta. —Lo miró de frente—. No contiene nada que pueda perjudicar a mi padre, ni a usted, ni a él. Le doy mi palabra.

—¿Y si la abro?

—No la abrirá.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque en el baile me dijo que las preguntas indiscretas son las únicas que merece la pena contestar. Un hombre que piensa eso respeta las preguntas de los demás.

Callahan soltó una carcajada breve, incrédula. Luego tomó la carta. La sostuvo entre los dedos, sin abrirla, y la miró como quien mira un objeto que puede explotar.

—No está firmada.

—No.

—¿Cómo sabrá él quién la escribe?

Genoveva se ajustó el sombrero espantoso de la cocinera. Le temblaban un poco los dedos.

—Lo sabrá.

Volvieron a Grosvenor Square a las tres de la tarde, por la misma puerta de servicio, con las capas grises manchadas de barro hasta las rodillas.

Nadie había descubierto nada. Miriam se había recuperado del desmayo en cuanto el médico llegó, había declarado que era un caso grave de nervios prenupciales por contagio y se había retirado a su habitación con una bandeja de pasteles, donde la encontraron leyendo una novela y comiendo con muy buen apetito.

Cristina había pasado tres horas sentada en el saloncito con la puerta abierta, cosiendo en voz alta, como ella decía, para que cualquiera que pasara por el pasillo creyera que sus hermanas mayores estaban dentro con ella.

Violet seguía en casa de lady Ashcombe. Alexander estaba en su club.

Nadie había descubierto nada. Excepto una persona.

Richard Hillenburg estaba sentado en el banco de la cocina cuando entraron, con una taza de té en la mano y las botas de montar apoyadas en el borde de la chimenea, como si fuera lo más natural del mundo que el duque de Bermont tomara el té en la cocina a media tarde.

La cocinera, de pie junto a los fogones, miraba fijamente una olla de caldo con la expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar de Inglaterra.

Las dos se quedaron heladas en el umbral.

Richard las miró de arriba abajo. Los sombreros. Las capas. Las caras rojas. Y el barro, el barro gris y espeso de las calles de Londres, que les llegaba hasta las rodillas.

No dijo nada durante un largo momento. Bebió un sorbo de té.