IV #2
Alexander no esperó a la cena. No esperó siquiera a que le subieran el equipaje.
La tomó del brazo en el vestíbulo, con una impaciencia que nunca le había visto, y la condujo por un pasillo largo, cubierto de retratos de antepasados que, efectivamente, tenían todos el mismo perfil, hasta una puerta de roble recién barnizada que todavía olía a resina.
—Cierra los ojos.
—Alexander…
—Por favor. Solo esta vez.
Los cerró. Oyó la puerta abrirse. Sintió las manos de él en los hombros, guiándola hacia delante, dos pasos, tres.
El suelo cambió bajo sus zapatos, de piedra a madera.
El aire también: dejó de oler a polvo y a resina y empezó a oler a otra cosa que conocía mejor que nada en el mundo. Papel. Cuero. Cola de encuadernador.
—Ya.
Abrió los ojos.
Era una biblioteca. Pequeña, de techo bajo, con una chimenea de mármol blanco y una ventana en arco que daba al jardín del sur.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías de nogal del suelo al techo, y las estanterías estaban llenas.
Junto a la ventana había un sillón de lectura tapizado de terciopelo verde, con una mesita al lado y un candelabro de plata. Una sola vela, nueva, sin encender.
—Me dijiste… —Alexander carraspeó. Parecía nervioso, por primera vez desde que lo conocía—.
Bueno, me dijo tu hermana que bajas a leer de madrugada.
Que lo haces desde hace años. Y pensé que en esta casa no tendrías que bajar a ninguna parte.
Está al lado de tu dormitorio. Esa puerta de ahí comunica directamente.
Puedes venir en camisón, a la hora que quieras, y nadie te verá.
Y la ventana tiene rejas, aunque no se notan, porque las he hecho pintar del color de la madera. Así podrás leer tranquila.
Genoveva no dijo nada. No podía.
Se acercó a las estanterías. Pasó los dedos por los lomos, despacio, como había pasado los dedos por las muestras de tela.
Shakespeare. Milton. Richardson. Fordyce, los sermones para jóvenes damas que su madre le había regalado a los quince años.
Un tratado de botánica. Otro de economía doméstica.
La historia de Inglaterra de Hume, en seis volúmenes.
Libros de oraciones con cierres de plata.
Ni un solo poema que su madre no aprobara. Ni uno solo en francés.
—¿Los has elegido tú?
—Uno por uno. —Lo dijo con un orgullo tímido—. Me llevó semanas. Le pedí consejo al obispo para los de piedad, y a tu madre para los demás. Quería que no te faltara nada.
Y ahí estaba otra vez. El techo. Muy alto, muy bien pintado, lleno de libros. Una habitación hecha para ella con todo el amor del mundo por un hombre que no le había preguntado qué quería leer.
Genoveva se volvió hacia él. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y no sabía si eran de gratitud o de otra cosa, y descubrió que, por primera vez en su vida, no necesitaba saberlo para dejarlas caer.
—Es lo más bonito que nadie ha hecho nunca por mí.
Era verdad. Eso era lo peor.
Alexander dio un paso hacia ella. Le tomó la cara entre las manos, con una delicadeza que no le conocía, y le secó una lágrima.
—Genoveva.
No le preguntó. Pero se detuvo, a un palmo de su boca, y esperó. Esperó lo suficiente para que ella pudiera apartarse si quería.
No se apartó.
El beso fue cálido. Fue suave al principio y después no tanto: Alexander deslizó una mano desde su mejilla hasta la nuca, por debajo del pelo, y la atrajo hacia él con una firmeza que la sorprendió, y Genoveva notó el calor de su pecho a través de las capas de muselina y lino, el olor a jabón de afeitar y a sándalo, el sabor del vino de la comida en sus labios.
No era nada. No era aquella quietud vacía de la mano enguantada en el vestíbulo de su casa.
Era algo. El cuerpo le respondió con una tibieza que le subió desde el estómago y se le quedó en las mejillas, y cuando él se separó, los dos respiraban un poco más deprisa de lo que debían.
—Llevaba tres meses queriendo hacer eso —dijo Alexander, con la frente apoyada en la de ella.
Genoveva cerró los ojos.
Había sido agradable. Había sido mucho más que agradable.
Si alguien le hubiera preguntado una semana antes cómo debía ser un beso, habría descrito exactamente aquel: cálido, respetuoso, apasionado en su justa medida, en una habitación hecha para ella, con un hombre que la quería.
Era el beso que todas las novelas de Miriam prometían en el último capítulo. Era un beso perfecto.
Y mientras sentía todavía el aliento de Alexander contra los labios, con los ojos cerrados y el corazón latiéndole más deprisa de lo que debía, Genoveva pensó en unos ojos tan claros que la luz no conseguía cambiarlos.
No los había visto nunca. No sabía siquiera si eran reales o una frase en un papel escrito por un periodista de Dublín. Y aun así, en el momento más perfecto de su vida, con la boca todavía tibia de otro hombre, fueron lo único que vio.
Abrió los ojos de golpe. Alexander le sonreía.
—¿Estás bien?
—Sí. —Le tocó la cara, como para asegurarse de que estaba allí—. Estoy bien.
No pudo dormir aquella noche.
El dormitorio que le habían preparado era hermoso: papel de seda china en las paredes, una cama con dosel de damasco azul, flores frescas en cada mesa.
Junto al armario, la puerta que comunicaba con la biblioteca.
Genoveva estuvo tumbada en la oscuridad mirándola durante horas, oyendo los ruidos de una casa que no conocía, el viento entre los tilos, los pasos lentos de uno de los hombres de Alexander que hacía la ronda por el jardín bajo su ventana.
A las cuatro se levantó.
Cruzó la puerta en camisón, descalza, con una vela en la mano, como había hecho mil veces en Grosvenor Square.
La biblioteca estaba exactamente como la habían dejado: el sillón verde, el candelabro de plata, la ventana en arco con sus rejas pintadas del color de la madera.
Afuera, la luna se reflejaba en los cristales y dibujaba sobre el suelo la sombra de los barrotes, finos, elegantes, casi invisibles.
Genoveva encendió la vela del candelabro y se sentó en el sillón. Era comodísimo. Alguien había pensado en la altura exacta de los brazos, en la inclinación del respaldo, en la distancia de la mesita. Alguien la había pensado a ella con muchísimo cuidado.
Recorrió con la vista las estanterías. Shakespeare. Milton. Fordyce. Y por primera vez desde que tenía quince años, en una habitación llena de libros, a las cuatro de la mañana, sola, con todo el tiempo del mundo, no quiso leer ninguno.
Se miró las manos a la luz de la vela. El índice derecho estaba limpio. La piel rosada por la piedra pómez se había curado del todo, y ya no quedaba ni la sombra del pequeño sol gris. Nada. Como si nunca hubiera ocurrido.
Se quedó mucho rato así, con la mano abierta sobre el regazo, en la habitación más bonita que nadie había hecho nunca para ella, mirando la sombra de las rejas sobre el suelo.
Nunca había estado tan a salvo. Nunca, hasta esa noche, le había parecido lo mismo que estar encerrada.