IV
UNA RESPUESTA DESORDENADA
Madame Delorme tenía alfileres en la boca, alfileres en el pecho del delantal y alfileres, sospechaba Genoveva, en algún lugar secreto del alma.
—No respire, milady.
—Llevo diez minutos sin respirar, madame.
—Entonces aguante otros diez. Las novias que respiran arruinan la caída del vestido.
Genoveva estaba de pie sobre un taburete en el centro de su propia habitación, con los brazos ligeramente separados del cuerpo y la seda crema cayéndole hasta los tobillos en pliegues que todavía no eran un vestido, sino la promesa de uno.
La modista, una francesa diminuta que había huido de París el verano anterior con tres baúles de telas y ninguna opinión sobre lo ocurrido en la Bastilla, se movía a su alrededor como una abeja alrededor de una flor que no le gustaba del todo.
La seda era fría al principio. Después se calentaba con la piel, y entonces se volvía otra cosa: un roce continuo, casi líquido, contra los brazos desnudos y el escote, contra la cintura apretada por el corsé de las pruebas, contra la curva de las caderas donde madame Delorme clavaba los alfileres con una precisión que no rozaba nunca la carne, pero se quedaba siempre a un pelo de hacerlo.
Genoveva no había sido nunca tan consciente de su propio cuerpo como en aquella habitación, rodeada de espejos, con tres mujeres mirándola y una cuarta midiéndola.
—Gire, milady. Despacio.
Giró. En el espejo grande apareció una novia. Aunque no la reconoció enseguida.
—Oh, Vev —susurró Cristina desde el sillón, con las manos juntas sobre el pecho.
—Está espantosamente guapa —dijo Miriam, que se había sentado en el suelo con la espalda contra la cama y una caja de bombones de la que nadie le dio permiso para comer—. Es injusto. Debería estar prohibido por ley ser tan guapa de crema. Lana, díselo.
Pero Alana no estaba.
Era la tercera prueba a la que faltaba en dos semanas, y Violet, que la buscaba con la mirada desde la puerta cada vez que se oían pasos en el pasillo, había dejado de preguntar dónde se metía.
—Está en la biblioteca de papá —dijo Cristina, demasiado deprisa—. Leyendo algo de griegos.
Miriam se metió un bombón en la boca y no dijo nada. Genoveva tampoco. Las dos sabían que Alana había salido aquella mañana por la puerta de servicio con el sombrero más feo que tenía, el que usaba cuando no quería que la reconociera nadie, y que no había vuelto.
Violet se acercó por detrás y la miró en el espejo, por encima de su hombro. Tenía los ojos húmedos.
—El marfil te habría iluminado más los ojos.
—Lo sé, madre.
—Pero este… —Violet tocó la seda a la altura de la cintura, con la punta de los dedos, como si temiera estropearla—. Este te hace parecer otra persona.
No lo dijo como un elogio. Tampoco como un reproche.
Lo dijo con un temblor pequeño en la voz, como quien descubre una habitación en su propia casa que no sabía que existía.
Genoveva le buscó los ojos en el espejo.
Por un instante, solo uno, las dos se miraron como dos mujeres y no como una madre y su obra.
—Quizá lo sea, mamá.
Violet apartó la mano. Se secó los ojos con un pañuelo de encaje, sonrió con esa sonrisa luminosa que reservaba para los salones y anunció que el escote necesitaba dos dedos más de discreción. Madame Delorme suspiró, se sacó un alfiler de la boca y obedeció.
Condado de Londonderry
La carta de Callahan llegó con la marea de la tarde, en un barco de Liverpool que traía sal, lino inglés y dos barriles de clarete que Frederick Donovan no había pedido y que Callahan, sin duda, cargaría en su cuenta.
La casa de los Donovan estaba en una loma sobre el Foyle, de espaldas al viento, construida en piedra gris por un antepasado que había tenido más sentido común que gusto.
Desde la ventana del despacho se veía el río, ancho y lento, del color del plomo bajo el cielo nublado, y más allá las colinas que se perdían hacia el oeste.
Frederick había leído allí casi todas las cartas importantes de su vida.
Las que anunciaban muertes. Las que pedían ayuda.
Las que lo acusaban de cosas que había hecho y de otras que no.
Abrió la de Callahan de pie junto a la ventana, todavía con las botas llenas de barro.
Era larga, como todas las suyas. Callahan escribía como hablaba: con demasiadas digresiones y una puntería envidiable.
Hablaba del humor de Pitt, de los rumores sobre un nuevo lord teniente para Dublín, de las tres cartas que el duque de Wexford había enviado al Castillo pidiendo dragones y de la sorprendente frialdad con que las habían recibido.
Hablaba de Bermont, que había bajado otra vez las rentas en dos granjas de Armagh sin decírselo a nadie. Hablaba del precio del trigo.
Y después, casi al final, como si se le hubiera ocurrido en el último momento, hablaba de ella.
En el baile de lady Pembroke conocí a la hija mayor de Bermont, la que se casa con Wexford en junio.
Le advierto que no es lo que dicen. O sí lo es, pero no del todo, que es peor.
Me preguntó por usted. No por Donovan el rebelde ni por Donovan el terrateniente, que es lo que me preguntan los ingleses cuando se atreven a pronunciar su nombre, sino por usted.
Quería saber qué clase de hombre es. Le dije que esa era una pregunta muy inglesa, y no se ofendió, o se ofendió y no lo dejó ver, que en una inglesa de su clase viene a ser lo mismo.
Y entonces me pidió que le diera una respuesta desordenada.
Frederick se detuvo.
Volvió a leer la línea. Después la leyó una tercera vez, más despacio, como quien vuelve sobre un paso de baile que no ha entendido.
Una respuesta desordenada. No sé dónde oyó su nombre.
Dijo que en una carta de su padre que no debería haber leído.
Lo dijo así, sin bajar la vista, como si confesar le pareciera menos indigno que mentir.
Tiene los ojos de un color que no sabría describirle; cambiaban cada vez que se movía bajo las velas.
Le aconsejé que no volviera a pronunciar su nombre en un salón de Londres. No estoy seguro de que me haga caso.
Eso era todo. El resto de la carta volvía al trigo.
Frederick dobló el papel. Se quedó mirando el río, que seguía bajando hacia el mar con la paciencia de quien sabe que siempre llega, y se dio cuenta de que estaba sonriendo. No recordaba la última vez que lo había hecho sin que hubiera nadie delante a quien convenciera la sonrisa.
Era absurdo. Una muchacha inglesa en un baile, una pregunta impertinente, una carta que no debería haber leído.
Había cien cosas en aquella carta más importantes que esa.
Wexford y sus dragones. Pitt y su nuevo lord teniente.
El trigo. Y, sin embargo, de todas las cosas que le habían preguntado sobre él en treinta y un años, nadie le había pedido nunca una respuesta desordenada.
Llamaron a la puerta. Era Brennan, empapado, con la cara de quien ha cabalgado medio día bajo la lluvia y preferiría no decir lo que viene a decir.
—Keady está tranquilo.
—Eso es bueno.
—Demasiado tranquilo, señor. —Brennan se quitó el sombrero y lo retorció entre las manos—. No ha habido una sola reunión en dos semanas. Keogh no ha salido de su granja. Y dos de sus hombres, los hermanos Doyle, se fueron a Dublín hace diez días y no han vuelto.
Frederick dejó la carta de Callahan sobre la mesa.
—¿A qué?
—Nadie lo sabe. Dicen que a buscar trabajo en los muelles.
—Los Doyle no han buscado trabajo en su vida.
—Eso mismo pensé yo.
Frederick se quedó un momento callado, mirando el papel doblado sobre la mesa. Luego se volvió hacia el muchacho.
—Escríbele a Callahan esta noche. Que averigüe si alguien ha visto a los Doyle en Dublín, en el puerto o en cualquier barco con destino a Inglaterra. Y que me diga cuándo viaja Bermont a sus tierras de Sussex, si es que viaja, y quién lo acompaña.
Brennan frunció el ceño.
—¿Bermont? Pensé que habíamos dicho que con Bermont no.
—Precisamente por eso quiero saberlo.
Cuando el muchacho se fue, Frederick volvió a tomar la carta.
No la releyó. Se limitó a sostenerla entre los dedos, junto a la ventana, mientras la luz se iba del río.
Después la acercó a la vela, como hacía con todas las cartas de Callahan, y miró cómo el fuego mordía el borde del papel, ennegrecía las palabras y se las llevaba una a una.
Todas menos dos. Esas ya no las necesitaba escritas.
La casa de Sussex había perdido el ala norte.
Genoveva la vio desde el carruaje cuando todavía estaban a media milla, al final de una avenida de tilos que Alexander le había descrito tantas veces que tuvo la extraña impresión de reconocerla.
La casa era grande, de ladrillo rojo oscuro, con ventanas altas y una escalinata de piedra blanca.
A la derecha, donde según los grabados de la biblioteca de su padre había habido un ala entera con su propia torre, ahora no quedaba más que una herida: cimientos al descubierto, montañas de ladrillo, andamios, hombres con carretillas y un polvo rojizo suspendido en el aire de mayo como si la casa estuviera sangrando despacio.
—Lo derribamos en tres semanas —dijo Alexander, a su lado, con el orgullo de un niño que enseña un castillo de arena—. El arquitecto decía que necesitaría dos meses. Le dije que no teníamos dos meses.
—Era muy antigua.
—Era muy fea. —Le tomó la mano—. Ya lo verás.
Violet, sentada frente a ellos, sonreía con aprobación.
Lord y lady Ashcombe los esperaban en la escalinata, y la condesa le besó las dos mejillas con un afecto sincero que Genoveva no esperaba y el conde le estrechó la mano mirando de reojo a su hijo, que subió los escalones delante de él sin darse cuenta.