III #2
El calor le subió a la cara de golpe. Su madre giró la cabeza hacia ella, atónita.
—¿Cómo…?
—Tu hermana Alana me lo dijo anoche, en el baile de los Pembroke —dijo Alexander—.
Creo que pretendía escandalizarme. Lo consiguió, aunque no por las razones que ella esperaba.
—Se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas, y por primera vez Genoveva lo vio sin la armadura de su seguridad: un hombre de treinta y tantos años con las manos entrelazadas y la frente arrugada—.
No me importa que leas de madrugada. Lee lo que quieras, cuando quieras.
Lo que me quita el sueño es imaginarte sola en una habitación de la planta baja, con una sola vela, en una casa donde cualquiera puede romper una ventana.
Si eso me convierte en un tirano, lo acepto.
Prefiero que me odies a que te ocurra algo.
Era sincero. Genoveva lo supo con una certeza que le cerró la garganta. Alexander la quería, a su manera, y su manera era esta: una muralla, cincuenta millas tierra adentro, treinta hombres vigilando el camino. No había crueldad en ello. Había algo peor de combatir: había amor.
—No te odio, Alexander.
—Entonces deja que te proteja.
—Puedes protegerme. —Le temblaba un poco la voz, pero no bajó la vista—. Lo que no puedes es decidir la fecha de mi boda con mis padres en una habitación cerrada y venir a explicármela después, como se explica el tiempo que hará mañana. Si quieres que nos casemos en junio, pregúntamelo a mí.
Violet hizo un ruido pequeño, ahogado, como si alguien le hubiera pisado el bajo del vestido.
Alexander se quedó mirando a Genoveva mucho rato.
Luego, despacio, se levantó de la silla, cruzó los dos pasos que los separaban y se arrodilló delante de ella.
Sobre la alfombra turca de su padre, con el chaleco de seda y las botas lustradas, como en los cuadros.
—Lady Genoveva Hillenburg —dijo, y no había burla en su voz, aunque tampoco del todo seriedad—, ¿me haría usted el honor de casarse conmigo el treinta de junio, en lugar de en septiembre, para que yo pueda dormir por las noches?
Genoveva lo miró, arrodillado a sus pies, y pensó que cualquier otra mujer de Londres habría llorado de emoción.
Pensó que Miriam habría dado diez años de su vida por aquella escena.
Pensó que era la cosa más dulce que un hombre había hecho nunca por ella.
Y pensó, sin poder evitarlo, que seguía siendo una pregunta con una sola respuesta posible.
—Sí —dijo.
Alexander le besó la mano, Violet se echó a llorar y Richard, desde su sillón, la miraba como se mira a alguien que acaba de ganar una partida y perderla en el mismo movimiento.
Más tarde, en su recámara y con la única compañía de sus hermanas, Genoveva decidió hablarles de lo acontecido.
—¿Que hiciste qué?
Alana estaba sentada en la cama de Genoveva con las piernas cruzadas, el pelo suelto y la cara de quien acaba de descubrir que su hermana mayor ha prendido fuego al establo.
—Le dije que me lo preguntara a mí —repitió Genoveva, de pie junto a la ventana.
—Delante de mamá.
—Delante de mamá.
—Y él se arrodilló.
—Sobre la alfombra de papá.
Miriam, tendida boca abajo en el suelo con la barbilla apoyada en las manos, soltó un gemido largo y teatral.
—Dios, Su Perfección. Eso es lo más romántico que he oído en toda mi vida y no estaba allí para verlo. Lo has hecho a propósito.
—Nadie lo ha hecho a propósito, Miri.
—Eso es lo que diría alguien que lo ha hecho a propósito.
Cristina, sentada en el banco del tocador, le estaba trenzando el pelo a Genoveva por detrás, aunque Genoveva no se había sentado y Cristina tenía que estirarse para alcanzarla.
Llevaba un rato callada. Cristina callaba poco, y cuando lo hacía era porque estaba pensando en algo que no sabía cómo decir sin hacer daño.
—¿Y estás contenta, Vev? —preguntó al fin—. Con lo de junio.
Genoveva no respondió enseguida. Miró por la ventana. Abajo, en Grosvenor Square, un hombre de Alexander se paseaba por la acera de enfrente con las manos a la espalda. Había llegado esa misma tarde. Mañana llegarían dos más.
—Alexander tiene razón —dijo—. Es más seguro.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Cristina terminó la trenza, la sujetó con una cinta y apoyó un momento la frente en el hombro de su hermana, como hacía de niña. No insistió. Nunca insistía. Por eso era tan difícil mentirle.
Alana, en cambio, sí insistió.
—Gen. —Esperó a que su hermana la mirara—. Le dije lo de la biblioteca para escandalizarlo. No pensé que lo usaría para adelantar la boda. Lo siento.
Genoveva la miró. Alana no pedía perdón.
Alana discutía, argumentaba, citaba a filósofos franceses y se escapaba a montar a horcajadas por Hyde Park, pero no pedía perdón.
Y sin embargo ahí estaba, sentada en su cama con las orejas rojas y la mandíbula apretada, como si cada palabra le costara un diente.
—No ha sido culpa tuya, Alana.
—Ya lo sé. Pero lo siento igual.
Miriam se incorporó sobre los codos y miró a una y a otra con los ojos muy abiertos.
—Esperad. ¿Estáis teniendo un momento? ¿Lana y Su Perfección? Tina, tráeme las sales.
—Cállate, Miri —dijeron Alana y Genoveva a la vez.
Y se miraron. Y se echaron a reír, las dos al mismo tiempo, una risa nerviosa, incómoda, completamente nueva entre ellas.
Cristina sonreía con los ojos húmedos. Miriam se tumbó otra vez boca arriba en la alfombra y declaró que el mundo se había vuelto loco y que pensaba casarse con el primer conde que le pidiera la mano para escapar de aquella casa.
Cuando las otras dos se fueron, Alana se quedó.
No dijo nada al principio. Se levantó de la cama, se acercó a la ventana y miró al hombre de Alexander que se paseaba por la acera. Después se sacó algo del bolsillo de la bata y lo dejó sobre el alféizar, junto a la mano de Genoveva.
Era un papel doblado en cuatro, con los bordes gastados.
—¿Qué es?
—El conocido que me consigue los panfletos tiene otro conocido que trabaja en un periódico de Dublín. —Alana se cruzó de brazos—. Le pregunté por tu irlandés.
Genoveva se quedó muy quieta.
—No es mi irlandés.
—Gen. Llevas una semana mirándote el dedo como si te hubieran prometido allí.
Te vi en el baile con aquel Callahan, haciéndole preguntas en voz baja junto a la ventana.
Y anoche había luz debajo de tu puerta a las tres de la madrugada, y no bajaste a la biblioteca.
—Alana la miró de frente—. No sé qué te pasa.
No te lo voy a preguntar, porque no me lo dirías.
Pero sí sé lo que es querer saber algo que nadie en esta casa te quiere contar.
Genoveva tomó el papel. No lo desdobló todavía.
—¿Lo has leído?
—Por supuesto que lo he leído. No soy una santa.
—Alana se encogió de hombros, y por un momento pareció muy joven—.
No dice gran cosa. Que su familia tiene tierras en el condado de Londonderry desde antes de Cromwell, y que de algún modo se las arreglaron para no perderlas.
Que estudió en Dublín y quizá en Francia.
Que tiene treinta años, o treinta y dos, nadie lo sabe seguro.
Que no está casado. Que una vez detuvo con sus propios hombres a una partida que iba a quemar la casa de un pastor protestante en Coleraine, y que dos semanas después otra partida quemó una casa protestante a cinco millas, y todo el mundo dijo que había sido él.
—¿Y fue él?
—Nadie lo sabe. Eso es lo que dice el papel. Que nadie sabe nada de él con certeza, salvo que, cuando habla, la gente se calla.
Genoveva cerró la mano sobre el papel. No lo había desdoblado, y ya le quemaba.
—¿Por qué haces esto, Alana?
Su hermana tardó en contestar. Miró otra vez por la ventana, hacia el hombre de la acera.
—Porque toda mi vida me han dicho que por qué no podía parecerme más a ti.
—Lo dijo sin rencor, casi con curiosidad, como quien examina una herida vieja que ya no duele igual—.
Y esta semana, por primera vez, me parece que eres tú la que se está empezando a parecer un poco a mí. Quiero ver hasta dónde llega.
Se apartó de la ventana. En la puerta se detuvo, con la mano en el pomo, igual que Genoveva se había detenido en el despacho de su padre.
—Y, Gen.
—¿Qué?
—Si vas a empezar a desobedecer, al menos hazlo bien. Esconde el papel en algún sitio donde no busque Mary, porque ya sabes que Mary lo encuentra todo.
Cerró la puerta. Genoveva oyó sus pasos alejarse por el pasillo, y después nada, salvo el silbido del viento en la chimenea y, abajo, el paso lento y regular del hombre de Alexander sobre los adoquines.
Desdobló el papel junto a la vela.
Era una letra apretada, de periodista, con manchas de tinta en los márgenes. Lo leyó una vez, deprisa. Después otra vez, despacio. Al final de la página, alguien había añadido una línea de otra mano, con una tinta más clara, como una nota al pie que el autor no había querido incluir del todo:
Dicen que tiene los ojos tan claros que la luz no consigue cambiarlos.
Genoveva se acercó al espejo del tocador con la vela en la mano.
Sus propios ojos, a la luz de la llama, se habían vuelto casi verdes.
Por la mañana, junto a la ventana, serían azules.
Cambiaban con todo. Con el cielo, con los vestidos, con el ánimo.
Toda su vida le habían dicho que era lo único en ella que no obedecía.
Se preguntó cómo sería mirar a alguien cuyos ojos no cambiaban nunca. Y se preguntó, con un pequeño escalofrío que le bajó por la espalda hasta perderse bajo el camisón, qué verían esos ojos al mirarla a ella.