La hija perfecta III
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III

DÉJELA FUERA

Keady, condado de Armagh

Cormac Keogh esperaba que Frederick Donovan llegara furioso, y por eso había reunido a once hombres en el granero.

Once hombres armados, con los mosquetes apoyados contra la pared de piedra, pero al alcance de la mano, y un barril de cerveza abierto para que nadie pudiera decir que aquello era otra cosa que una reunión entre amigos.

Keogh había pensado mucho en ese número.

Suficientes para que Donovan comprendiera que Keady no era una aldea a la que se le dan órdenes.

No tantos como para que pareciera miedo.

Donovan llegó solo. Entró a pie, con el caballo atado fuera bajo la lluvia, y se quedó un momento en el umbral sacudiéndose el agua de la capa, sin prisa, como si hubiera ido a comprar una oveja. Miró a los once hombres, uno por uno. Miró los mosquetes contra la pared. Miró el barril.

Y Keogh comprendió, antes de que nadie dijera una palabra, que había calculado mal. Once hombres armados no parecían fuerza cuando el otro llegaba sin ninguno. Parecían nervios.

—Cormac. —Donovan se quitó los guantes—. Me han dicho que tienes cerveza.

Alguien se rió, demasiado alto. Keogh le sirvió una jarra él mismo, porque no se le ocurrió qué otra cosa hacer, y Donovan la tomó, bebió un trago largo y la dejó sobre el barril.

Tenía la camisa empapada pegada a los hombros y el pelo rojo oscurecido por la lluvia, y a la luz de los faroles parecía más joven de lo que era y mucho más cansado.

—Mercer está en su casa —dijo—. Su mujer ha llorado dos días seguidos y su hijo pequeño no quiere separarse de él ni para dormir. Supongo que te alegrará saberlo.

—Nadie le hizo daño.

—Le abrieron la frente contra una viga.

—Intentó escapar.

—Y el que se la abrió está ahora en Newry, cargando sacos en el muelle, porque yo lo mandé allí antes de que alguien de su propia familia lo encontrara.

—Donovan no levantó la voz. Nunca lo hacía.

Pero el granero se había quedado tan callado que se oía la lluvia en cada teja—. Le hice un favor. Te lo hice a ti.

Keogh apretó la mandíbula.

—Nadie te pidió permiso, Donovan, porque no lo necesitamos. Keady no es tuya.

—No. Keady no es mía. —Donovan se acercó al fuego, de espaldas a los once mosquetes, y extendió las manos hacia las llamas—.

Pero los dragones que el duque de Wexford ha pedido a Dublín tampoco van a preguntar de quién es Keady cuando lleguen.

Van a entrar en cada granja a cinco millas a la redonda buscando a los hombres que se llevaron a Mercer.

Van a romper vajillas, a quemar techos, a llevarse a muchachos de quince años porque tenían una navaja en el bolsillo.

Y cuando la gente pregunte por qué, alguien le dirá: porque Cormac Keogh quería que Londres escuchara.

—¡Londres no escucha otra cosa!

El que gritó era joven, de la edad de Brennan, con la cara llena de pecas y los puños. Donovan se volvió a mirarlo. No dijo nada durante tanto tiempo que el muchacho bajó la vista primero.

—Londres escucha muchas cosas —dijo al fin—. Escucha el dinero. Escucha a sus propios jueces cuando les conviene. Escucha el miedo, sí, pero solo cuando el miedo es de los suyos. Si le das miedo a un administrador, Londres no tiene miedo. Tiene excusas.

Keogh dejó su jarra con un golpe.

—Entonces dales miedo a los suyos.

Alguien al fondo, uno mayor, con la barba blanca y una cicatriz que le cerraba media boca, habló por primera vez.

—Wexford se casa en verano.

El granero entero se volvió hacia él.

El viejo escupió en el suelo, sin prisa.

—Lo sabe todo el mundo. Lo publicaron las gacetas de Dublín. Con la hija mayor de Bermont. Dos casas con tierras en este condado, unidas por una sola muchacha. —Se encogió de hombros—. Dicen que es muy bonita. Dicen que nunca la han visto despeinada.

Nadie se rió. Keogh miró a Donovan. Y los once hombres del granero miraron a Keogh, que estaba sonriendo despacio, como quien ve por fin la puerta que llevaba días buscando.

—Un administrador no le importa a nadie en Londres —dijo—. Pero la hija de un duque…

—No.

Donovan lo dijo sin volverse del fuego. Fue una sola palabra, en voz baja. El viejo de la barba blanca cerró la boca.

—Ni siquiera la conoces —insistió Keogh.

—No necesito conocerla. Conozco a su padre.

—Donovan se volvió por fin, y la luz del fuego le dio de lleno en la cara.

Tenía los ojos de un azul tan claro que parecían no tener fondo—.

Bermont es el único lord inglés con tierras en este condado que todavía lee lo que le escribimos.

El único que ha bajado rentas sin que nadie le quemara un granero.

Toca a su hija, Cormac, y el día siguiente no habrá en Londres un solo hombre dispuesto a escucharnos. Ni siquiera él.

—¿Y si es justamente eso lo que necesitamos? Que dejen de fingir que nos escuchan.

Donovan se acercó. No deprisa. Se detuvo a un paso de Keogh, tan cerca que el otro tuvo que levantar la barbilla para mirarlo, y cuando habló, lo hizo en un tono tan bajo que los hombres del fondo tuvieron que inclinarse para oírlo.

—Escúchame bien, porque solo voy a decirlo una vez.

Esa muchacha no ha cobrado una renta en su vida.

No ha echado a nadie de su casa. No ha pedido dragones a Dublín.

Lo único que ha hecho es nacer en la casa equivocada y prometerse con el hombre equivocado, y ninguna de esas dos cosas es un crimen en Irlanda ni en ninguna otra parte. —Hizo una pausa—. Déjala fuera.

Keogh sostuvo su mirada un instante más. Luego, despacio, asintió. Donovan recogió sus guantes del barril y se los puso, dedo a dedo. En la puerta se detuvo.

—Gracias por la cerveza.

Cuando se fue, nadie habló durante un rato. El viejo de barba blanca fue el primero en hacerlo, mientras se servía otra jarra.

—Ha dicho que la dejemos fuera. —Bebió—. No ha dicho que no sea buena idea.

Keogh no respondió. Miraba la puerta por la que se había ido Donovan, y en su cara había algo que ninguno supo leer.

En Londres, alguien había vuelto a dejar entornada la puerta del despacho.

Genoveva la vio desde lo alto de la escalera, con un libro en la mano que ya no recordaba por qué había ido a buscar.

De dentro salían voces. La de su padre, grave y lenta.

La de Alexander, más alta y rápida, con aquella seguridad suya que no necesitaba levantar el tono para llenar una habitación.

Y la de su madre, que solo en ocasiones muy contadas pisaba el despacho de Richard y que nunca, que Genoveva supiera, había vuelto a pisarlo desde la última vez que discutieron sobre la educación de Alana.

Se quedó quieta en el rellano. Una hija correcta habría seguido escaleras arriba.

Bajó.

—…a finales de junio —estaba diciendo Alexander—. El obispo puede oficiar el día treinta. He hablado con él esta mañana.

—Junio es dentro de seis semanas —dijo Richard.

—Lo sé.

—Habíais acordado septiembre.

—Habíamos acordado septiembre cuando ningún irlandés había escrito a esta casa para decirle que pensaba acortar la distancia.

—Algo crujió, el cuero de una silla—. Bermont, sea razonable.

Mientras Genoveva sea su hija, es una hija de Bermont.

Cuando sea mi esposa, será la duquesa de Wexford y vivirá en Sussex, a cincuenta millas de cualquier puerto, con treinta hombres a mi servicio que no tienen nada mejor que hacer que vigilar el camino.

No digo que esté más segura conmigo que con usted. Digo que estará más lejos.

—¿Y la tela? —La voz de Violet sonó tensa, como una cuerda de arpa demasiado tirante—. La modista necesita al menos ocho semanas u Genoveva insiste en casarse de crema, que no le favorece en absoluto.

—La modista tendrá seis semanas y el triple de su tarifa. Y Genoveva puede casarse de crema. Ya se lo he dicho. —Una pausa—. Hablaré con ella esta tarde.

—¿Para preguntarle? —dijo Richard.

El silencio que siguió fue tan largo que Genoveva oyó el reloj del vestíbulo a su espalda.

—Para explicárselo.

No recordaría después haber decidido empujar la puerta.

Solo recordaría la sensación de la madera bajo la palma, fría y lisa, y los tres rostros que se volvieron hacia ella al mismo tiempo.

Su madre se llevó una mano al pecho. Alexander se puso de pie, porque un caballero se pone de pie cuando entra una dama, incluso cuando la dama acaba de sorprenderlo decidiendo la fecha de su boda.

Su padre no se movió del sillón. La miró por encima de la carta que tenía en las manos, y en sus ojos había algo que se parecía mucho a una pregunta.

—Genoveva —dijo Violet, mostrándose entre nerviosa y molesta—. Cariño, ¿llevas mucho tiempo ahí?

—El suficiente, madre.

—No deberías escuchar detrás de las puertas.

—No debería tener que hacerlo para enterarme de cuándo será el día de mi boda.

La frase cayó en el despacho como un vaso roto. Violet se puso pálida. Alexander abrió la boca y volvió a cerrarla. Y Richard, por fin, dejó la carta sobre la mesa.

—Siéntate —le dijo.

No era una orden. Era un sitio en la mesa.

Genoveva se sentó en la silla que quedaba libre, frente a Alexander, con el libro todavía en el regazo. El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de que se le notara en la voz, por eso mismo habló despacio.

—¿Por qué junio?

Alexander la miró. Por un momento pareció a punto de sonreír y decirle que no se preocupara por nada. Genoveva vio la frase formarse en su boca, vio cómo él la reconsideraba y cómo, por primera vez desde que lo conocía, la descartaba.

—Porque tengo miedo —dijo.

Genoveva no esperaba eso. Nadie en el despacho lo esperaba.

—Hace dos semanas que esos hombres se llevaron a Mercer —continuó Alexander—.

Lo tuvieron seis días con los ojos vendados en una granja a cuatro millas de su propia casa, y nadie supo dónde estaba.

Luego lo soltaron con un mensaje, y el mensaje decía que la próxima vez estarían más cerca.

Y tú, Genoveva, tienes la costumbre de bajar a la biblioteca a las cuatro de la mañana en camisón.