II #3
Al regresar a Bermont House pasada la medianoche, había un caballo atado frente a la puerta con los flancos cubiertos de espuma.
No era de ningún visitante que Genoveva conociera.
Alguien había cabalgado muy deprisa y desde muy lejos.
Alexander, que las había acompañado en su carruaje, la sujetó del brazo antes de que bajara.
—Quédate aquí.
No lo pensó. Bajó. En el vestíbulo, los criados hablaban en voz baja. La puerta del despacho estaba abierta, y su padre estaba de pie en el umbral, todavía con la ropa de la cena del club, con una carta en la mano y la cara gris.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Genoveva.
Richard la miró, miró a Alexander detrás de ella, a Violet y a las tres hermanas que entraban a continuación con los abanicos y los chales y las mejillas todavía rojas del baile.
—Han encontrado a Mercer.
El silencio fue absoluto. Cristina se llevó una mano a la boca.
—¿Vivo? —preguntó Genoveva.
—Vivo.
El alivio fue tan brusco que tuvo que apoyarse en la barandilla. Pero su padre no parecía aliviado. Parecía un hombre que acaba de leer algo que no sabe dónde guardar.
—Lo dejaron al amanecer en el camino de Markethill, con un caballo y una capa seca. Ha llegado a una de nuestras granjas por su propio pie. —Richard levantó la carta—. Le escribió a su mujer y a mí antes de dormir. Ni rescate, ni exigencias. Solo un mensaje.
—¿Qué mensaje? —preguntó Alexander, adelantándose.
Richard no se lo dio. Leyó en voz alta, despacio, con la voz de quien no quiere añadir ni quitar nada.
—«Si Londres sigue creyendo que Irlanda está demasiado lejos para escucharla, quizá llegue el momento de acortar la distancia».
Nadie se movió.
En el silencio, el reloj del vestíbulo dio la media.
—Una amenaza —dijo Alexander.
—Una advertencia —dijo Alana desde la escalera.
—En Irlanda son la misma cosa, lady Alana, como bien sabrá cualquiera que haya perdido dos almacenes. —Alexander se volvió hacia Richard—. ¿Quién?
Richard bajó la carta.
—Mercer no vio ninguna cara. Lo tuvieron vendado los seis días. Pero escribe que la última noche entró un hombre al que todos los demás obedecían sin rechistar. Que le desató las manos, le dio leche con miel y le dijo el nombre de su mujer y el de sus hijos. Que nunca levantó la voz.
Genoveva sintió el frío antes de entender de dónde venía. Le subió desde los pies, desde el mármol del vestíbulo, y se le quedó en la nuca. Dicen que nunca levanta la voz.
—Mercer oyó un nombre —continuó su padre, y esta vez no miró a Alexander. La miró a ella—. Los que lo custodiaban lo pronunciaron una sola vez, cuando el hombre ya se había ido. Donovan.
—Entonces está claro —dijo Alexander—. Mañana mismo escribo al lord teniente. Si ese hombre puede llegar a un administrador de Bermont en sus propias tierras, ¿qué le impedirá llegar a alguien más importante?
La frase cayó como una piedra en el vestíbulo. Alexander se dio cuenta en cuanto la dijo. Miró a Genoveva, luego a sus hermanas, una por una, en sus vestidos de baile.
—No quería decir…
—Sé exactamente lo que querías decir —lo interrumpió Richard.
Alexander se acercó a Genoveva y le tomó las manos. Las suyas estaban calientes, firmes, seguras.
—No tienes nada que temer. Estás en Londres.
Una semana antes, la frase la habría tranquilizado. Ahora la oyó como se oye una puerta que alguien cierra desde fuera.
—Mercer también estaba en su casa, Alexander.
—Mercer no es la hija de un duque.
—Precisamente.
Alexander no supo qué responder. Sus propias palabras habían dado la vuelta y lo miraban de frente.
Aquella noche, Genoveva no bajó a la biblioteca.
Se quedó sentada frente al escritorio de su habitación con una sola vela, el tintero que nunca usaba y una hoja en blanco.
Llevaba media hora así. A ratos se miraba el índice derecho a la luz de la llama y no encontraba nada.
La mancha se había ido esa misma tarde, mientras se vestía para el baile, sin avisar, igual que había llegado.
Había buscado la sombra gris a contraluz durante un minuto entero, y después se había quedado inmóvil frente al espejo con una sensación que no supo nombrar y que se parecía demasiado a la pérdida.
Era ridículo. Era una mancha de tinta.
Pensó en un hombre que daba leche con miel a un prisionero porque, si quisiera envenenarlo, se habría ahorrado la miel.
Pensó en una voz que nadie había necesitado oír levantarse.
Pensó en un aliento cálido junto a la oreja de un desconocido, en la oscuridad, diciéndole exactamente qué palabras debía repetir.
Y se dio cuenta, con una vergüenza que le encendió la cara, de que había pasado toda la noche intentando imaginar cómo sonaba.
Mojó la pluma en el tintero.
No escribió una carta. No escribió nada que nadie pudiera leer.
Escribió dos palabras en el centro de la hoja, despacio, con su mejor letra, la que su institutriz le había hecho practicar mil veces sobre las mismas planas.
Y cuando terminó, las subrayó dos veces, con tanta fuerza que la pluma rasgó el papel.
Luego dejó la pluma y apoyó la yema del índice sobre el surco, mientras la tinta todavía brillaba.
Esta vez no fue un accidente.