II #2
—¿Por qué te interesa? —preguntó—. Hace un mes habrías dicho que la política no es conversación para señoritas y te habrías ido a bordar.
—Hace un mes no había desaparecido un hombre en nuestras tierras.
—Hace un mes ya desaparecían hombres en Irlanda. Solo que no eran nuestros.
Genoveva no tuvo respuesta para eso. Alana dobló el panfleto con cuidado, como si fuera algo valioso.
—La gente está furiosa, Gen. Y no por una sola cosa: ese es el problema.
Uno por la renta, otro por los diezmos, otro porque echaron a su hermano de la tierra que trabajaba su abuelo, otro porque los soldados le registraron la casa y le rompieron la vajilla de su madre buscando armas.
Desde Londres parecen un solo ejército. No lo son.
Pero todos saben contra quién están furiosos.
—Contra nosotros.
—Contra los que cobran sin mirar. A veces somos nosotros. A veces no.
Miriam se volvió desde el espejo con el peinado a medio hacer y una expresión que no tenía nada de frívola.
—Lana, basta. Le vas a quitar el sueño.
—Ya no duerme, Miri. Baja a la biblioteca de madrugada. —Alana sonrió ante la cara de su hermana mayor—. ¿Creías que nadie lo sabía? Las escaleras de esta casa crujen, Gen. Llevo años oyéndote subir y bajar a deshoras.
Genoveva sintió que se le subía el color a la cara. Años. Alana llevaba años oyéndola y nunca había dicho nada.
—¿Por qué no se lo contaste a mamá?
Alana se encogió de hombros y miró por la ventana.
—Era lo único que hacías que no te hubiera mandado nadie.
Miriam se quitó las horquillas de la boca y las dejó sobre el tocador. Luego se sentó junto a Genoveva en la cama, con el pelo a medio caer sobre un hombro, y le dio un golpecito con la rodilla.
—Bueno. Pues ya que estamos confesándonos, yo también tengo una.
—Hizo una pausa teatral, pero la voz le salió más pequeña de lo que pretendía—.
Lord Hastings me sacó a bailar tres veces en marzo.
Tres. Y en abril se pasó la temporada entera mirando hacia el rincón donde estabas tú, sentada, sin hacer absolutamente nada.
—Miri, yo no…
—Lo sé, Su Perfección. Ese es el problema: tú nunca pides nada y aun así te lo dan todo. —Miriam sonrió, y esta vez la sonrisa sí llegó a sus ojos, aunque un poco húmedos—. Es muy molesto quererte tanto.
Genoveva le tomó la mano. No dijo nada ingenioso, porque no se le ocurría nada, y Miriam se lo agradeció apretándole los dedos. Junto a la ventana, Alana fingía leer el panfleto otra vez.
El salón de baile de los Pembroke ardía.
No literalmente, aunque Genoveva tuvo la impresión, al entrar, de que bastaría una chispa.
Doscientas velas en las arañas, el doble de invitados de los que cabían cómodamente, las ventanas cerradas por miedo al aire de la noche y un calor que hacía brillar los escotes y despegaba los rizos de las sienes.
Olía a cera, a polvos de arroz, a agua de lavanda y, por debajo, a cuerpos que bailaban cerca.
Alexander la condujo a la primera contradanza con la seguridad de quien conduce un carruaje propio.
Bailaba bien, como hacía casi todo: sin errores y sin sorpresas.
Sus manos se encontraban al final de cada figura, palma con palma a través de los guantes, y se separaban otra vez, y volvían a encontrarse, y Genoveva se descubrió contando los encuentros como quien cuenta los latidos de un reloj.
—Estás distraída —le dijo él, en uno de ellos.
—Hace calor.
—Hace un calor infernal. Lady Pembroke parece decidida a cocinar a la mitad de la sociedad londinense. —Giraron. Volvieron a encontrarse—. Tu madre me ha contado lo de la tela.
Genoveva casi perdió el paso.
—¿Te lo ha contado?
—Muy preocupada. Cree que tu padre te está llenando la cabeza de ideas. —Alexander sonrió, divertido—. Le he dicho que el crema me parece encantador y que, si mi futura esposa quiere casarse vestida de crema, de verde o de luto riguroso, a mí me basta con que se case.
Era una respuesta generosa. Era, de hecho, la respuesta perfecta, y Genoveva sintió una oleada de gratitud tan cálida que la sorprendió.
—Gracias.
—No hay de qué. —Volvieron a separarse, a encontrarse—. Aunque le he sugerido que el velo sea marfil. Así quedarán las dos contentas.
Y ahí estaba. El techo. Siempre había un techo, muy alto y muy bien pintado, pero techo al fin. Genoveva sonrió, porque era lo que correspondía, y siguió contando.
Fue lord Pembroke quien les presentó al irlandés, después del baile, junto a una de las ventanas cerradas.
—Lady Genoveva, el señor Callahan. Está de visita desde Dublín.
Era un hombre de treinta y pocos años, delgado, con un abrigo de buen paño, pero de corte un poco anticuado, como si lo hubiera encargado en Londres hacía tiempo y no hubiera vuelto desde entonces.
Tenía un acento suave, más suave de lo que ella esperaba, y una manera de mirar que no se detenía en el escote ni en las joyas, sino en la cara. Fue lo primero que Genoveva notó de él.
—Señor Callahan.
—Lady Genoveva.
Alexander le estrechó la mano.
—Espero que Londres lo esté tratando bien.
—Londres trata extraordinariamente bien a quien tiene dinero suficiente para no ver sus defectos. —Callahan sonrió, y Pembroke se rió como si fuera un chiste—. Por desgracia, yo tengo poco dinero y muy buena vista.
—Entonces debería evitar a mi futuro suegro —dijo Alexander—. Bermont tiene la misma enfermedad.
Algo brevísimo pasó por la cara del irlandés al oír el título. Genoveva lo vio. Había aprendido a ver esas cosas en los salones de su madre, donde la gente decía una cosa con la boca y otra con los ojos, y nunca le había servido para nada. Hasta esa noche.
—¿Conoce a mi padre, señor Callahan?
—Por su reputación.
—¿Buena o mala?
Alexander la miró, entre sorprendido y divertido. Callahan sonrió más despacio.
—Depende de a quién se lo pregunte.
—Se lo pregunto a usted.
El irlandés la estudió un momento, como si hubiera encontrado algo inesperado en el fondo de un cajón.
—Entonces le diré que el duque de Bermont tiene fama de escuchar antes de actuar. En los tiempos que corren, eso es casi una excentricidad.
—También tiene fama de preocuparse antes de que haya motivo —dijo Alexander.
—En Irlanda, últimamente, tenemos el problema contrario, Su Gracia.
Hubo un silencio pequeño, espeso, como el aire del salón.
Pembroke se apresuró a hablar de caballos.
Genoveva esperó a que la conversación diera la vuelta, como esperaba siempre, y cuando lord Pembroke arrastró a Alexander hacia un grupo de caballeros que discutía sobre el precio del trigo, se quedó donde estaba.
Callahan también.
—¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta, señor Callahan?
—Las preguntas indiscretas suelen ser las únicas que merece la pena contestar.
—¿Ha oído hablar de Frederick Donovan?
El irlandés no cambió de expresión. Precisamente por eso Genoveva supo que la pregunta lo había alcanzado. Había algo deliberado en la quietud de su cara, como la de un jugador que acaba de ver una carta que no esperaba.
—¿Dónde ha oído usted ese nombre, lady Genoveva?
—En una carta.
—¿Suya?
—De mi padre. —Hizo una pausa—. No debería haberla leído.
Callahan la miró de arriba abajo, despacio, y ella tuvo la extraña sensación de que estaba viendo algo que nadie más veía: no el vestido de seda azul, ni el collar de su madre, ni el peinado de Mary, sino la mancha. La sombra gris, casi invisible bajo el guante.
—Lo he visto —dijo él al fin—. Una vez. De lejos.
—¿Qué clase de hombre es?
—Esa es una pregunta muy inglesa.
Genoveva sintió el golpe. No era cruel, pero era deliberado.
—¿Por qué?
—Porque da por hecho que hay una sola respuesta, ordenada, que cabe en una frase.
—Callahan miró hacia el salón, hacia las parejas que giraban bajo las arañas—.
Si le pregunta a un magistrado de Newry, le dirá que Donovan es el hombre más peligroso del Ulster.
Si le pregunta a una viuda de Keady a la que echaron de su casa en enero, le dirá que fue el único que le buscó techo.
Si les pregunta a los hombres que se reúnen de noche, la mitad le dirá que es demasiado prudente y la otra mitad que es demasiado orgulloso para recibir órdenes de nadie. Y todos tendrán razón.
—¿Y usted?
—Yo le diré que tiene tierras que podría vender, una casa en la que podría quedarse tranquilo y una educación con la que podría vivir muy cómodo en Dublín, o aquí, en este mismo salón, bebiendo el clarete de lord Pembroke.
—Callahan la miró otra vez a la cara—. Y que no hace ninguna de esas cosas.
Eso es lo único que sé con certeza. Lo demás, lady Genoveva, son cosas que la gente dice.
—Entonces deme una respuesta desordenada.
Por primera vez, el irlandés pareció sorprendido de verdad. Después se echó a reír, bajo, sin alegría, pero sin burla.
—Dicen que nunca levanta la voz —dijo—. Y que nadie ha necesitado nunca que la levante.
Alexander volvía ya hacia ellos entre la gente, con dos copas de ponche y la sonrisa de un hombre que ha ganado una discusión sobre el trigo. Callahan se inclinó para despedirse, y al hacerlo bajó la voz de modo que solo ella pudo oírlo.
—Yo, en su lugar, no volvería a pronunciar ese nombre en un salón de Londres, milady. Aquí las paredes tienen más oídos que en Armagh.
Cuando Genoveva se volvió, ya se había ido.