II
A CIEGAS
Condado de Armagh
AMercer le habían vendado los ojos seis días antes, y en seis días había aprendido a reconocer a los hombres por el ruido que hacían.
El que le traía el pan arrastraba la pierna izquierda.
El que lo vigilaba de noche silbaba siempre la misma canción, tan mal que Mercer había llegado a odiarla con una pasión que nunca había sentido por nada.
El que lo había golpeado el primer día, cuando intentó escapar y se abrió la frente contra una viga, tenía la respiración de un fuelle roto y olía a whisky barato.
A ese no había vuelto a oírlo. Alguien se lo había llevado lejos, y Mercer no sabía si darle gracias a Dios o temer lo que significaba.
La séptima noche llegó otro.
Lo supo antes de que nadie hablara, porque los demás se callaron.
El silbador dejó de silbar a media nota.
El de la pierna mala dejó de arrastrarla.
Se oyó la puerta, la lluvia entrando con el viento, unas botas que se detenían en el umbral para sacudirse el barro.
Y después un silencio tan completo que Mercer oyó crepitar el fuego y gotear la capa de alguien sobre las losas.
—Quitadle las cuerdas de las muñecas.
Era una voz baja, sin prisa, con el acento del norte pulido por algo, por libros o por años en otra parte. No la levantó. No le hizo falta. Unas manos torpes se apresuraron a desatar los nudos, y la sangre volvió a los dedos de Mercer con un hormigueo que le arrancó un gemido.
—La venda no. —La voz se había acercado—. Es mejor para él no ver ninguna cara. Así no tendrá nada que olvidar.
Alguien se agachó frente a él. Mercer notó el calor de un cuerpo grande a menos de un palmo, el olor a lluvia, a caballo y a algo más, a tinta y a humo de turba.
Una mano le tomó la muñeca derecha, la giró con cuidado y recorrió con el pulgar la marca roja que habían dejado las cuerdas.
Fue un gesto casi delicado, y Mercer, que llevaba seis días esperando que lo mataran, se echó a temblar.
—Le han hecho daño.
No era una pregunta, ni iba dirigida a él. Detrás, alguien carraspeó.
—Intentó escapar, señor.
—Cualquier hombre lo intentaría. Yo lo habría intentado el primer día y otra vez el segundo. —La mano soltó la muñeca y le puso entre los dedos una taza caliente—. Beba. Es leche con miel. No le he echado nada; si quisiera envenenarlo, me habría ahorrado la miel.
Mercer bebió. Le temblaban tanto las manos que se derramó la mitad sobre el pecho.
—Se llama usted Samuel Mercer —dijo la voz—.
Lleva once años administrando las tierras de Bermont.
Tiene una esposa que hace mermelada de grosella y dos hijos que juegan a la guerra con palos en el camino de Tandragee.
Su esposa no ha dormido en seis noches. Uno de mis hombres le ha llevado esta tarde un recado diciéndole que está usted vivo.
No le ha dicho nada más, porque no sabía nada más. Ahora lo sabe.
—¿Qué… qué quieren de mí?
—Yo, nada. Usted no debería estar aquí. —Hubo una pausa, y en ella Mercer oyó cómo alguien, al fondo, cambiaba el peso de un pie a otro—. Pero ya que los que lo trajeron tanto empeño tenían en que Londres escuchara, va a llevarle usted un mensaje.
—El duque…
—Bermont lee. Es de los pocos. —La voz se volvió más suave, casi cansada—.
Dígale que hay familias en el sur de este condado a las que se ha echado de sus casas en pleno invierno por una renta que no podían pagar.
Dígale que hay hombres en las cárceles de Armagh por tener un mosquete viejo bajo el colchón, y otros que queman casas católicas con mosquetes nuevos y nadie los busca.
Dígale que no todos los que se reúnen de noche son asesinos, y que no todos los que no se reúnen son inocentes.
Y dígale esto, palabra por palabra, porque quiero que lo oiga exactamente así.
Se acercó más. Mercer sintió el aliento de aquel hombre junto a la oreja, cálido, y la voz bajó hasta convertirse casi en un susurro.
—Si Londres sigue creyendo que Irlanda está demasiado lejos para escucharla, quizá llegue el momento de acortar la distancia.
Luego el calor se apartó. Las botas cruzaron otra vez las losas.
—Al amanecer lo dejáis en el camino de Markethill, con un caballo y una capa seca. Si me entero de que alguien vuelve a ponerle la mano encima, a él o a otro, responderá ante mí.
La puerta se abrió. Entró la lluvia. Se cerró.
El silbador tardó mucho en atreverse a silbar otra vez.
En Londres, la mancha casi había desaparecido.
Tres días de agua y jabón la habían reducido a una sombra que solo se veía a contraluz, gris pálida, como el recuerdo de un moratón.
Genoveva había dejado de llevar los guantes de Cristina.
Nadie volvió a mencionarla. Violet nunca la había visto, Miriam se había aburrido de bromear sobre ella al segundo día y Alana, aunque no decía nada, a veces le miraba la mano en la mesa del desayuno con una curiosidad que Genoveva fingía no notar.
Era absurdo que le importara. Era una mancha. Y, sin embargo, cada mañana la buscaba, antes incluso de abrir las cortinas, y cada mañana encontraba un poco menos.
—Llevas un minuto frunciéndole el ceño a esa rosa —dijo Cristina—. ¿Qué te ha hecho la pobre?
Estaban en el saloncito de la planta baja, rodeadas de cintas, muestras de tela y tarjetitas con la letra de su madre: rosas blancas, lirios, ¿azahar? Violet las había dejado allí para atender una visita, con instrucciones precisas de no tocar nada hasta su regreso.
—No me ha hecho nada.
—Pues pareces a punto de retarla a duelo.
Genoveva dejó la rosa sobre la mesa. Delante de ella había tres muestras de seda para el vestido de novia.
Una era de un blanco tan puro que parecía azul.
Otra era de un tono crema, cálido, casi dorado bajo la luz de la ventana.
La tercera era marfil, la favorita de Violet, que según su madre le iluminaba los ojos.
—¿Puedo decirte cuál me gusta a mí? —preguntó Cristina.
—No.
Cristina parpadeó. Genoveva también, sorprendida de sí misma, y después las dos se echaron a reír tan fuerte que una doncella se asomó a la puerta.
—Eso ha sido casi violento, Vev.
—Perdóname, Tina.
—Ni se te ocurra estropearlo pidiendo perdón. —Cristina apoyó la barbilla en las manos, divertida—. Elige tú.
Parecía una tontería. Tres pedazos de tela.
Genoveva pasó los dedos sobre cada una, despacio, sintiendo la diferencia de tacto bajo las yemas: la blanca, fría y lisa como el agua; la marfil, rígida, impecable; la crema, más suave, con una caída que se le enredaba en los dedos como si no quisiera soltarla.
Había elegido cientos de vestidos en su vida. O eso creía. En realidad, comprendió con un escalofrío, siempre había elegido entre los que su madre había escogido primero, y siempre el que su madre miraba con más cariño.
—La crema.
—A mamá le gusta el marfil.
—Lo sé.
Cristina esperó. Genoveva apartó la muestra crema de las otras dos y la dejó a un lado, sola, como quien pone una piedra para marcar un camino.
—Quiero esta.
No sabía por qué el corazón le latía tan deprisa por algo tan pequeño. Cuando Violet volvió, la vio enseguida.
—¿Será el color crema? Cariño, el marfil te favorece mucho más. Te ilumina los ojos.
—Probablemente.
—Alexander siempre ha dicho que le encantan esos tonos en ti.
Genoveva sostuvo la mirada de su madre. Era una cosa tan insignificante que podía ceder sin perder nada. Precisamente por eso decidió no hacerlo.
—Entonces Alexander tendrá que acostumbrarse a verme vestida de crema durante unas horas. No creo que le cueste mucho.
Cristina se mordió el labio y bajó la vista a las cintas. Violet dejó la muestra sobre la mesa muy despacio, como si fuera frágil.
—No entiendo qué te pasa esta semana. Tú nunca discutes.
—No estoy discutiendo, madre. He elegido una tela.
—Precisamente. Antes nunca te había importado.
Genoveva estuvo a punto de responder que ese era exactamente el problema. Se contuvo, no por miedo, sino porque todavía no sabía decirlo sin sonar como Alana, y por mucho que quisiera encontrar una voz propia, no estaba preparada para que tuviera el volumen de su hermana.
Violet le tomó la cara entre las manos.
—Solo quiero que todo sea perfecto, mi amor.
Ahí estaba otra vez aquella palabra. Genoveva puso la mano sobre la muñeca de su madre. La mancha, casi invisible, quedó justo encima del pulso de Violet.
—No tiene por qué serlo.
Su madre la soltó como si le hubiera quemado. Abrió la boca para decir algo y la cerró. Después se marchó, con un frufrú de seda que sonó a retirada provisional, a “de esto hablaremos luego”.
—Acabas de empezar una guerra —susurró Cristina cuando la puerta se cerró.
—Por una tela.
—Las grandes guerras siempre empiezan por cosas pequeñas. Al menos, eso es lo dice Lana.
—Lana dice muchas cosas.
—Y lo peor es que casi todas son ciertas, que es lo que más rabia le da a todo el mundo.
Alana dijo muchas cosas aquella tarde, y casi todas fueron sobre Irlanda.
Las dijo en la habitación de Miriam, sentada en el alféizar con las piernas recogidas y un panfleto arrugado en la mano, mientras Miriam se probaba frente al espejo cuatro peinados distintos para el baile de los Pembroke y Genoveva, que había subido a devolverle un libro, se encontró de pronto sentada en el borde de la cama sin saber muy bien cómo había llegado allí.
—«Un gobierno que confunde obediencia con consentimiento» —leyó Alana en voz alta— «termina sorprendiéndose cuando descubre que nunca tuvo ninguno de los dos». ¿No es magnífico?
—Es sedicioso —dijo Genoveva.
—Las dos cosas no son incompatibles, Gen. Casi nunca lo son.
—¿De dónde lo has sacado?
—Un impresor de Fleet Street. Me lo consiguió un conocido.
—¿Qué conocido?
—Uno que mamá desaprobaría.
—Eso no reduce mucho la lista —dijo Miriam, con tres horquillas entre los dientes.
Alana le tiró un cojín sin apartar la vista de Genoveva. La miraba otra vez con aquel interés nuevo, el de la mañana de la mancha, como si su hermana mayor se hubiera convertido de pronto en un libro que no había leído.