La hija perfecta I #2
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I #2

—Entonces Cristina tiene un gusto excelente. —Le sostuvo la mano un momento más de lo necesario—. Aunque debo confesar que me molesta. Llevamos tres meses prometidos y todavía no conozco tu piel más allá de la muñeca.

Lo dijo en voz baja, con un tono que en él era casi audaz, y Genoveva, para su sorpresa, notó que se le encendían las mejillas.

Violet los había dejado en el pequeño invernadero mientras supervisaba la mesa, a la distancia justa para que una dama pudiera ser vigilada sin ser oída.

Olía a tierra mojada y a naranjos en maceta.

Los cristales estaban empañados por el calor de las estufas, y la luz del atardecer entraba difusa, dorada, como si el mundo de fuera no existiera.

Alexander le giró la mano con suavidad, la palma hacia arriba. Encontró con el pulgar el pequeño botón de nácar del guante, en la cara interna de la muñeca.

—¿Me permites?

No esperó a que respondiera. Desabrochó el botón. Fue un gesto mínimo, un centímetro de encaje que se abría, y debajo apareció la piel pálida de la muñeca, con las venas azules a la vista. Alexander inclinó la cabeza y la besó allí, justo donde latía el pulso.

Y el pulso de Genoveva se desbocó.

Lo sintió latir contra los labios de él, rápido, salvaje, impropio, y por un instante no supo si era el beso.

Si era el calor húmedo del invernadero, el olor de los naranjos, la boca de un hombre sobre una piel que nadie había tocado nunca.

O si era el miedo. Porque los dedos de Alexander ya estaban tirando del encaje hacia abajo, hacia la palma, hacia el índice. Hacia la mancha.

Retiró la mano. Fue un movimiento brusco, nada elegante, y Alexander levantó la cabeza con la sorpresa de un hombre al que nunca le han retirado nada.

—Perdóname. —Genoveva se abrochó el botón con dedos que no le obedecían del todo—. Mi madre está a diez pasos.

—Tu madre está a diez pasos y de espaldas, contando cucharillas. —Pero sonrió, y la sonrisa era sincera, un poco herida y sobre todo divertida—. Tienes razón, por supuesto. Me he dejado llevar. Es lo que tiene esperar tres meses.

Le tomó otra vez la mano, ya con el guante abrochado, y se la llevó al pecho. Bajo el chaleco de seda, el corazón de Alexander latía tranquilo, ordenado, como todo en él.

—Te conozco desde que tenías catorce años, Genoveva.

Te vi bailar tu primer minueto en casa de los Devonshire sin perder el paso una sola vez.

Sé exactamente quién eres. —Le apretó los dedos—.

Y no hay nada en ti que me sorprenda, gracias a Dios.

Con tu hermana Alana tendría que dormir con un ojo abierto.

Lo decía como el mayor de los elogios, y Genoveva sabía que lo era. Por eso tardó tanto en entender por qué la frase le dejaba en la boca un sabor metálico.

Sé exactamente quién eres.

Bajo el encaje, el pequeño sol gris le escocía.

Durante la cena, Alexander habló de Irlanda. Habló con la serenidad de quien explica el tiempo que hará mañana: los almacenes quemados, el recaudador apaleado, las cartas que había escrito al lord teniente en Dublín pidiendo un destacamento de dragones.

—Una docena de arrestos bien escogidos —concluyó— y la cosa se calmará antes de la cosecha. No es crueldad, es aritmética. Los hombres sensatos dejan de seguir a los insensatos en cuanto seguirlos empieza a costar caro.

—¿Y si los insensatos tienen razón en algo? —preguntó Genoveva.

No lo había planeado. La pregunta quedó sobre el mantel, entre la plata y las velas, y seis cabezas se volvieron hacia ella. Tía Beatrice dejó el tenedor en el aire. Alexander la miró con una sorpresa que no tenía nada de ofendida. Tenía, y eso fue lo peor, algo de ternura.

—Entonces tendrán que aprender a decirlo sin quemar mis almacenes, querida. —Le sonrió—. Tienes un corazón demasiado bueno para estos asuntos.

Bajo la mesa, Cristina le apretó la rodilla. Frente a ella, Miriam la miraba con los ojos muy abiertos y una cucharada de sopa olvidada a medio camino. Richard levantó su copa apenas un dedo, sin mirar a nadie. Y Alana, por primera vez en toda la noche, no dijo absolutamente nada.

Ya de madrugada, cuando la casa dormía, Genoveva se quitó los guantes de Cristina junto a la ventana.

La mancha seguía allí. Gris, casi plateada a la luz de la luna, con la piel alrededor todavía rosada por la piedra. Mary le había dejado medio limón sobre el tocador, con la discreción de quien no ha visto nada, y una nota con su letra torpe: Para la tinta, señorita.

Genoveva tomó el limón. Lo sostuvo un momento en la mano, oliendo su acidez limpia. Luego lo dejó otra vez en el plato.

Se desató el corsé ella sola, despacio, y el cuerpo se le abrió como una mano que deja de apretar.

El aire le llegó por fin al fondo de los pulmones.

La piel liberada se erizó bajo el lino. Apoyó la frente contra el cristal helado y miró la niebla tragarse las lámparas de Grosvenor Square.

Pensó en la esposa de Mercer, que hacía mermelada de grosella.

Pensó en el pulso desbocado en el invernadero, y en que todavía no sabía qué lo había desbocado.

Pensó en un juez y un cura que describían al mismo hombre como si fueran dos.

Sin darse cuenta, se llevó el dedo manchado a los labios.

No lo besó. Solo lo apoyó allí, contra la boca, como quien pide silencio a alguien que no está en la habitación.

La piel olía a jabón, a piedra pómez y, debajo de todo, muy débil, a hierro y a hollín: el olor de la tinta, el olor de algo escrito con prisa por una mano que no era la suya.

El corazón le latía igual que en el invernadero.

Apartó el dedo como si le quemara.

Mientras tanto, a cientos de millas de Londres, en una granja del sur de Armagh, Frederick Donovan llevaba horas escribiendo.

Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y los dedos negros de tinta hasta la segunda falange.

El pelo, de un rojo que la luz de las velas volvía oscuro, todavía le goteaba por la nuca desde la última cabalgada bajo la lluvia, y una gota le bajaba despacio por el cuello hasta perderse bajo el lino.

No pareció notarla. Escribía como otros hombres pelean: sin levantar la vista, con la mandíbula apretada, tachando más de lo que dejaba.

La puerta se abrió. Entró Brennan, el más joven de sus hombres, con la capa chorreando y la cara de quien trae una noticia que preferiría no traer.

—Es Mercer —dijo—. El administrador de Bermont. Lo tienen los de Keady.

Frederick dejó de escribir.

No levantó la vista enseguida. Terminó la palabra que estaba trazando, dejó la pluma en el tintero con un cuidado excesivo, y solo entonces miró a Brennan. Tenía los ojos de un azul tan claro que las velas no conseguían cambiarlos, y el muchacho dio, sin querer, medio paso atrás.

—¿Desde cuándo?

—Seis días.

—Seis días. —Frederick repitió el número en voz muy baja—. ¿Y quién les dio permiso?

—Nadie, que yo sepa. Dicen que es para que Bermont escuche. Que, si se llevan a uno de sus hombres, a lo mejor en Londres empiezan a leer las cartas en lugar de usarlas para encender la chimenea.

—Hillenburg es de los pocos ingleses que todavía las leen.

—Frederick se levantó, y la silla arañó el suelo de piedra—.

Lo sé porque contesta. Contesta tarde, contesta con cautela, pero contesta.

Y esos idiotas acaban de darle a Wexford y a todos los que piensan como él exactamente lo que llevan meses pidiendo: una razón para traer a los dragones.

—Mercer está vivo.

—Más le vale a Keady que siga estándolo.

—Se acercó al fuego y extendió las manos manchadas hacia las llamas, no para calentarlas, sino para tenerlas ocupadas—.

Quiero saber dónde lo tienen antes de mañana al mediodía.

Quiero que coma, que duerma bajo techo y que nadie le ponga una mano encima.

Y quiero los nombres de quienes lo decidieron.

—¿Y si no quieren soltarlo?

Frederick no respondió enseguida. Se miró las manos a la luz del fuego. Tomó el trapo que colgaba junto a la chimenea y se frotó los dedos, uno por uno, con una paciencia que no tenía nada de tranquila. La tinta se aclaró un poco, apenas. No se fue.

—Lo soltarán —dijo al fin—. Pero antes van a llevar un mensaje a Londres, ya que tanto empeño tiene en que los escuchen.

Brennan frunció el ceño.

—¿Qué mensaje?

Frederick tiró el trapo sobre la mesa, encima de la carta a medio escribir, y la tinta fresca dejó una huella oscura en la tela.

—Que Irlanda no está tan lejos como ellos creen.