La hija perfecta
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I
LO QUE NO SE PUEDE BORRAR
No debería haber estado allí.
—No es nada.
—Nada.
—Entonces, ¿qué tocaste?
Genoveva no respondió. No mintió: simplemente no respondió, y Alana, que la conocía mejor de lo que ninguna de las dos admitía, levantó la vista hacia ella con una expresión completamente nueva.
No era burla. Era interés. Genoveva no recordaba la última vez que su hermana la había mirado con interés, y descubrió, con cierta vergüenza, que le gustaba.
—Te has frotado con la piedra de los pies —observó Alana—. Tienes la piel en carne viva.
—Gracias por la observación.
—Es que es fascinante. Llevas veinte años sin una arruga en el vestido y de pronto apareces con un dedo de escribiente y no quieres decir por qué. Si mañana te encontramos fumando en la cochera, Miri, me debes cinco chelines.
—Diez si lleva pantalones —dijo Miriam.
Cristina entró la última, todavía en bata, frotándose los ojos con el dorso de la mano. Miró el dedo, miró la cara de su hermana y, sin hacer una sola pregunta, se quitó los guantes de encaje que llevaba en el bolsillo de la bata para el desayuno y se los tendió.
—Ten, Vev. Nadie lo verá.
Genoveva los tomó. Eran de Cristina desde los catorce años, un poco gastados en las puntas, y olían a agua de rosas. Se los puso despacio, y la mancha desapareció bajo el encaje como si nunca hubiera existido.
Pero ella sabía que estaba allí. Lo sabía con cada movimiento del índice, con cada roce de la tela contra la piel irritada. Era la cosa más extraña del mundo: llevaba toda la vida escondiendo cosas que nadie veía, y nunca antes había tenido algo que esconder.
—¿Guantes en casa, Genoveva?
Violet estaba en la puerta, impecable a aquella hora imposible, con el vestido de mañana color lavanda y la mirada que las cuatro conocían desde la cuna.
Genoveva abrió la boca para decir la verdad. Era lo que siempre hacía. Pero Cristina se le adelantó, con su sonrisa más dulce e inocente.
—Se los he pedido yo, mamá. Quiero saber si me quedan bien antes del baile de los Pembroke, y Vev tiene las manos más bonitas que yo, así que, si a ella le quedan mal, a mí ni te cuento.
Era una mentira absurda, sin pies ni cabeza, y Violet la aceptó porque venía de Cristina, y nadie en el mundo había conseguido nunca desconfiar de Cristina. Genoveva miró a su hermana menor en el espejo. Cristina le guiñó un ojo.
Y ella, que no había dicho una mentira en su vida, descubrió que acababa de dejar que alguien la dijera por ella. Era casi lo mismo. No era exactamente lo mismo. No tuvo tiempo de decidir cuál de las dos cosas le importaba más.
—Alexander viene esta tarde —anunció Violet, ya olvidada de los guantes—. Con lord y lady Ashcombe, y con vuestra tía Beatrice, que ha decidido honrarnos con su presencia, Dios nos asista. Os agradecería que ninguna diera motivos de conversación.
—El conde de Ashcombe nunca da motivos de conversación —dijo Alana—. Se pasa la velada mirando a su hijo como si todavía no entendiera cómo un muchacho al que él enseñó a montar ha terminado precediéndolo en todas las puertas.
—Alana.
—Es un hecho genealógico, madre. Si el viejo duque de Wexford hubiera tenido la cortesía de engendrar un heredero, Alexander seguiría siendo un simple señor Whitmore y Gen podría casarse con alguien que no hablara de sus caballos como de sus antepasados.
Miriam se atragantó con el chocolate. Violet cerró los ojos un instante, como quien acude a una reserva de paciencia que sus hijas se empeñaban en vaciar cada mañana. Después se acercó a Genoveva y le acomodó, con dos dedos, un rizo que no necesitaba ser acomodado.
—Tú no le hagas caso. Tú eres la única que nunca me ha dado un disgusto.
Alana bajó la vista a su libro. Genoveva lo notó sin necesidad de mirarla.
Llevaban toda la vida así: cada vez que Alana trepaba a un árbol, contestaba al vicario o se escapaba a la biblioteca de su padre, su madre le recordaba que había una hija en aquella casa que jamás hacía esas cosas.
Alana nunca se lo había perdonado del todo.
Y lo extraño era que no se lo reprochaba a su madre, sino a Genoveva, por ser exactamente lo que le pedían.
Bajo el encaje, el dedo le escocía.
Su padre la mandó llamar después del desayuno.
El despacho olía a cuero, a tinta y a madera vieja, y la luz de la mañana entraba por la ventana de la grieta, la que Richard llevaba tres años prometiendo reparar. La vela de la madrugada seguía sobre el escritorio, consumida hasta el plato. Y el papel también seguía allí.
Genoveva vio desde la puerta la línea corrida del subrayado.
Richard no la invitó a sentarse. Estaba de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados, y la miraba con una atención que ella no le conocía.
—Alguien entró aquí esta noche —dijo—. Alguien que me echó una manta encima y apagó la vela con los dedos, que es lo que hace tu madre cuando no quiere despertar a nadie. Pero tu madre duerme como una piedra hasta las ocho. Y alguien tocó esto.
Genoveva sostuvo su mirada. Habría sido muy fácil. Una sola palabra, y su padre la habría creído, porque nadie en aquella casa dudaba jamás de Genoveva.
Se quitó el guante de Cristina, dedo a dedo, y le enseñó la mano.
—Fui yo.
Richard miró la mancha durante un largo momento. Genoveva esperaba cualquier cosa menos lo que vio en su cara: no enfado, ni aquella satisfacción burlona con que celebraba sus raras rebeldías. Lo que vio fue algo parecido al miedo.
—Habría preferido que fuera cualquiera de tus hermanas.
—¿Por qué?
—Porque Miriam lo habría contado durante el almuerzo y lo habría olvidado antes de la cena.
Alana me habría discutido cada palabra hasta que yo mismo dudara de haberla escrito.
Cristina habría llorado por la mujer de Mercer y después habría rezado por él.
—Descruzó los brazos—. Tú no olvidas nada, Genoveva.
Lo guardas. Y no sé qué haces con lo que guardas.
Ella no supo qué contestar a eso, porque era verdad.
—¿Quién es Mercer?
Richard suspiró y se sentó en el borde del escritorio.
—Nuestro administrador en Armagh desde hace once años. Un hombre aburrido y honrado, con una esposa que hace mermelada de grosella y dos hijos que juegan a la guerra con palos. Hace seis días salió a caballo hacia una de las granjas del sur y no volvió. Encontraron el caballo, pero no a él.
—¿Y los Defenders?
—Veo que leíste con atención. —No había reproche en su voz, solo cansancio—.
Hay campesinos católicos que llevan generaciones pagando diezmos a una Iglesia que no es la suya y rentas a señores que no han visto nunca.
Hay protestantes que temen perder lo poco que tienen y salen de noche a destrozar telares y quemar casas.
Los primeros se hacen llamar Defenders. A los segundos los llaman Peep-of-Day Boys, porque atacan al alba.
Cada bando jura que empezó el otro, y los dos tienen algo de razón.
Londres lee los informes y lo llama riñas de aldea.
—¿Y lo son?
—Los almacenes de Alexander no eran una aldea.
Genoveva miró el papel. Desde allí no alcanzaba a leer el nombre, pero sabía exactamente dónde estaba.
—¿Y él?
No hizo falta decir quién. Su padre siguió la dirección de su mirada.
—Donovan. —Pronunció el nombre como quien prueba un vino desconocido—.
Nadie se pone de acuerdo sobre él, y eso es lo que me inquieta.
Unos dicen que es un agitador. Otros, que es un terrateniente con más tierras que paciencia.
Hay quien jura que ha detenido más ataques de los que ha organizado, y quien jura lo contrario.
Un magistrado de Newry lo considera el hombre más peligroso del Ulster.
Un sacerdote de Armagh dice que es el único hombre razonable que queda en el condado.
Ninguno de los dos lo ha visto nunca de cerca.
—¿Tiene algo que ver con Mercer?
—No lo sé. —Richard se pasó la mano por la cara—. Por eso lo subrayé. Estaba escribiendo un memorando para el señor Pitt, que no lo leerá, y me quedé dormido preguntándome qué clase de hombre consigue que un juez y un cura lo describan como si fueran dos personas distintas.
Genoveva se volvió a poner el guante. El encaje rozó la piel escocida, y el escozor le subió por el brazo como un recordatorio.
—¿Puedo preguntarte algo, padre?
—Siempre has podido. Esa es la tragedia: nunca lo haces.
—Si te preocupa tanto Irlanda, ¿por qué permites que me case con un hombre que tiene tierras allí y no le preocupa en absoluto?
Richard tardó en responder. Se levantó, fue hasta la ventana de la grieta y se quedó mirando la plaza, de espaldas a ella.
—Cuando eras pequeña —dijo— nunca te manchabas.
Tu madre te vestía de blanco por la mañana y por la noche seguías de blanco.
Tus hermanas volvían del jardín como si hubieran perdido una guerra contra el barro, y tú volvías exactamente igual que habías salido.
Tu madre lo consideraba un milagro. Yo pensaba que no jugabas. Que no te atrevías.
Genoveva no se movió.
—Alexander es un buen partido —continuó su padre—. Es rico, es leal a su manera y nunca permitirá que te falte nada. Pero te mira como tu madre miraba aquellos vestidos blancos. Y yo llevo veinte años esperando verte volver del jardín con barro hasta las rodillas.
Se volvió hacia ella. Miró el guante.
—Puedes seguir frotándote con la piedra hasta que desaparezca. O no. Eso, al menos, lo decides tú.
Hasta allí llegó la conversación con su padre, y a las seis en punto llegó Alexander, quien era tan exacto como el reloj de la iglesia de St. George.
Alexander Whitmore, duque de Wexford desde hacía dos inviernos, era apuesto como lo son los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para entrar en una habitación: el cabello castaño claro, los hombros anchos, unos ojos grises que parecían fríos hasta que sonreía.
Y cuando vio a Genoveva al pie de la escalera, sonrió.
—Guantes —dijo, tomándole la mano—. En tu propia casa. ¿Debo sentirme halagado o preocupado?
—Es una cuestión de moda. Cristina me los ha prestado.