9. Perdido Y Encontrado #5
Edward olió el humo mientras caminaba por el pasillo.
Apresuró el paso, con el corazón dándole vuelcos al pensar en las páginas que había colgado para secar anoche.
¿Y si la señora Derry había abierto la ventana y el viento las había arrojado al fuego?
La puerta ya estaba entreabierta: la terminó de abrir y vio a Dora de pie junto a la chimenea humeante.
Un rápido vistazo por la habitación le mostró que las páginas que había colgado para secar habían desaparecido.
En lugar de ir directo hacia la chimenea, Edward corrió hacia su escritorio.
Buscó entre el cuaderno y los montones de papeles su manuscrito.
Luego sacó los cajones de golpe, revolviendo en cada uno de ellos; sus movimientos se volvían cada vez más frenéticos hasta que por fin se detuvo en seco y levantó la vista.
Dora le estaba mirando fijamente. Incluso desde el otro lado de la habitación, Edward podía ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Dónde está? —dijo, con la voz quebrada por la desesperación—. ¿Dónde está mi libro?
Los labios de Dora temblaban. Se entreabrieron, como si estuviera a punto de hablar, pero no emitió sonido alguno.
Edward salió de detrás del escritorio y se dirigió hacia la chimenea.
Al pasar muy cerca de Dora, cayó de rodillas sobre el hogar, se cubrió la boca con la camisa para protegerse del humo y examinó los daños.
La rejilla estaba atiborrada de leña, como si alguien, ansioso por ocultar las pruebas de su crimen, la hubiera sobrecargado a propósito. Aquello era lo que había hecho que la chimenea empezara a humear. Pero, bajo los troncos apilados, Edward vio aquí y allá fragmentos ennegrecidos.
—¿Está ahí dentro? —preguntó, aturdido—. ¿Todo?
Sintió las manos de Dora en sus hombros, en la espalda.
Se las sacudió de encima. Aún de rodillas junto a la chimenea, cogió el atizador y empezó a apartar la leña.
Rascó los fragmentos de papel y los vio, atónito, revolotear hasta caer sobre el mármol.
Quedaban rastros de su propia letra, intactos para las llamas. Edward empezó a toser por el humo.
A sus espaldas oyó la voz queda de Dora dirigiéndose a uno de los sirvientes, pidiéndole que lo “limpiaran todo”.
Edward se alegró de que el humo le diera una buena excusa para los ojos llenos de lágrimas.
—¡Sí, limpiadlo todo! —gritó.
Se puso en pie y se volvió para ver a una de las criadas de pie en el umbral, y a Dora un poco más atrás. Las dos le miraban fijamente, con el gesto desencajado. Vagamente, Edward se preguntó si les estaría pareciendo un loco. Desde luego, él se sentía como tal.
—¡Limpiadlo todo! —repitió Edward—. No queda nada de él, de todos modos. Se ha perdido del todo, así que ¿qué más da? ¡Limpiadlo!
Cruzó la habitación a grandes zancadas en dirección a la puerta. La doncella se encogió y se apartó de su camino. Ya en el pasillo, Dora se apresuró a seguirle.
—Edward, por favor —sollozó—. Déjame explicarte...
—Esto era lo que querías, ¿no es así? —preguntó él, sin volverse—. Ahora soy todo tuyo. Ya no hay nada que se interponga entre nosotros.
—¡Edward! —Jadeando, Dora le dio alcance y se plantó frente a él. Edward le puso las manos en los hombros y la apartó, continuando por el pasillo.
—¡Edward, no hagas esto!
—¿Hacer qué? —exigió, con una carcajada sin rastro de alegría—. ¡Yo no he hecho nada! ¡Tú eres la que acaba de destruir lo último que me importaba!
Había hablado más alto de lo que pretendía, y sus palabras resonaron por todo el pasillo. Edward se estremeció al oírse. Oyó a Dora tomar aire bruscamente.
—“¿Lo último que me importaba?” —repitió ella—. ¿Y yo? ¿Es que no te importo yo?
Edward se detuvo en seco. Dora se aferró a él y él le apartó las manos de un manotazo.
—Déjame ir, déjame ir, por el amor de Dios —espetó.
Dora dio un respingo ante el filo de su voz.
Edward le echó una ojeada al rostro surcado de lágrimas.
Entonces, al captar un movimiento por el rabillo del ojo, levantó la vista y vio a la señora Derry bajando las escaleras.
El ama de llaves se detuvo en cuanto su mirada recayó sobre ella, quedándose inmóvil como una estatua.
—No te bastó con librarte de la señorita Taylor, ¿verdad? —dijo Edward a Dora, en voz baja—. Sí, sé que tú estabas detrás de aquello. Sé que tuviste que escribirle a mi hermana acerca de ella. Eso lo deduje hace mucho.
—¿Por qué siempre se trata de la señorita Taylor? ¿Por qué no puedes quererme a mí, aunque sea un poco?
—¿Cómo iba a poder? —replicó Edward, sin rodeos—. Aunque hubiera habido una posibilidad, antes de esto... ¿cómo podría quererte ahora, después de lo que has hecho?
Dora rompió a llorar y avanzó hacia él a trompicones.
—Pero Edward, yo no...
—Ahí tienes a tu amiga, la señora Derry —dijo Edward, echándose atrás y mirando de nuevo hacia la escalera—. Ella cuidará de ti, como siempre hace. Ahora déjame marchar.
El sonido de los sollozos de Dora resonó en los oídos de Edward mucho después de haber salido del alcance de la casa.
Solo se mantuvo alejado de Thurrock unos pocos días, alquilando una habitación en una de las posadas de Sherfield, donde trató de ordenar sus pensamientos y calmar los nervios.
Para cuando regresó, la rejilla de la chimenea de su estudio ya se había limpiado, y no quedaba ningún fragmento ceniciento de su libro que pudiera burlarse de él o atormentarle.
Pero Dora estaba confinada en la cama. Le dijeron a Edward que había sufrido un violento ataque no mucho después de que él se marchara.
No le permitían verla. Tanto la señora Derry como el doctor Galloway pensaban que para Dora sería una alteración demasiado grande.
La señora Appleby, cuando llegó a Thurrock la semana siguiente, protestó al principio.
—Edward es su marido; sin duda debe permitírsele...
La señora Derry se la llevó aparte antes de que pudiera terminar la frase y, en susurros, le contó la discusión que había precipitado el ataque de Dora.
Edward intentó no escuchar. Estaba sentado en el salón, con la cabeza entre las manos, y su hermana y el ama de llaves parecían haber tomado su estado de angustia como una invitación para hablar de él en su presencia.
—Ya veo —oyó decir Edward a Geraldine un par de veces, y finalmente—: Gracias, señora Derry. Creo que ahora lo entiendo.
Edward oyó el tintineo de las llaves cuando el ama de llaves abandonó el salón. Después oyó el suspiro de su hermana y sus pasos acercándose.
—Bueno, Edward —dijo al cabo—, estoy segura de que sabes cuán grave es todo esto. La señora Derry me ha prometido que intentará que los sirvientes no difundan la historia fuera de esta casa. Tengo entendido que bastantes de ellos estaban presentes cuando tú... montaste una escena.
Edward se frotó la cara con la mano y por fin se irguió. Pero cuando cruzó la mirada con la de su hermana, ella no se inmutó ante la expresión de su rostro.
—Estoy segura —prosiguió— de que ahora debes de estar muy enfadado contigo mismo, después de haber tenido ocasión de reflexionar sobre tu comportamiento, y por eso de poco sirve que yo me enfade contigo. Solo me alegro... bueno, me alegro de que nuestra madre no esté viva para ver esto.
—Geraldine —dijo Edward, con voz ronca—, ¿quién te ha pedido que vengas aquí a entrometerte?
Su hermana le sostuvo la mirada un largo momento.
—No te han permitido ver a Dora —dijo entonces—. Pero yo acabo de verla. La pobre casi no podía hablar, Edward. Y si las cosas siguen así, pronto puede que ni siquiera pueda respirar. Eso, según el doctor Galloway.
Edward volvió a cubrirse la cara con las manos.
—Sabes que ya antes se comentaba que solo te habías casado con Dora por su dinero, ¿no?
Porque es una inválida y sigue siendo una niña en el fondo, como cualquiera que la haya conocido sabe.
—La voz de su hermana nunca le había sonado tan fría—.
Ahora, Edward, quiero que pienses en lo mucho peor que se va a volver todo. Si Dora muere...
Edward se puso en pie y se volvió de espaldas a Geraldine. Ella le siguió cuando se encaminó hacia la puerta.
—Si Dora muere —continuó su hermana— y la historia se corre sobre cómo provocaste su ataque, sabes lo que dirá la gente.
Dirán que tu crueldad la llevó prematuramente a la tumba.
Dirán que has hecho un buen negocio: ni siquiera un año encadenado a una inválida y después viudo, rico y libre para hacer lo que quieras, para casarte con quien quieras...
—¡No digas ni una palabra más! —exclamó Edward, volviéndose en redondo para fulminar a su hermana con la mirada.
Geraldine negó con la cabeza.
—Ódiame si quieres, Edward. Descárgate conmigo si eso te hace sentir mejor. Pero sabes que digo la verdad. Y más vale que reces, por todos nosotros, para que Dora se recupere. Porque si no...
Edward agarró el pomo y salió de la habitación de un tirón antes de que su hermana pudiera acabar la frase.
Dora Fallow se aferró a la vida durante más de dos meses después de la conversación entre Edward y Geraldine.
Su dificultad para respirar se debía a la parálisis de los músculos intercostales entre los pulmones, provocada por uno de sus ataques.
Después de eso, no pasó mucho tiempo antes de que se le declarara una neumonía.
El cuerpo joven de Dora, aunque nunca había sido fuerte desde la poliomielitis que sufrió de niña, luchó contra la infección con todas sus fuerzas, durante semanas.
Sus momentos de conciencia se hicieron cada vez más escasos.
Pero a veces despertaba de noche con dolores terribles, y sus gritos levantaban a toda la casa.