La Hija del Vicario sin Blanca 6. Esperanzas Y Sueños #2
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6. Esperanzas Y Sueños #2

Gimiendo, Agnes se volvió hasta hundir el rostro en la almohada.

¿Por qué la había calificado de amiga, aquel día?

¿Le habría mostrado su historia si para él no fuera más que una «amiga»?

¿Le habría pedido que se quedara, aquel día en el bosque, apretando su mano cálida entre las suyas, tan cerca de ella que casi compartían la misma respiración, si solo la considerara una amiga?

En los últimos meses habían pasado tanto tiempo juntos que apenas se separaban: se sentaban juntos por las noches después de que Dora se hubiera ido a la cama, los fines de semana caminaban hasta la iglesia o hasta la casa de los Cattermole…

habían hablado de todos los temas imaginables salvo de sus sentimientos.

Por consiguiente, hacía ya mucho que Agnes había dejado de pensar en Edward como «el señor Fallow», pero seguía sin saber con certeza si él la amaba o no.

La parte fría y razonadora de su mente insistía en que debía esperar a una declaración por su parte antes de permitirse encariñarse con él, mientras que el resto —esa otra parte que parecía estar hecha enteramente de sentimiento— insistía en que ya era demasiado tarde para eso.

Agnes volvió a cambiar de postura en la cama, quedando otra vez boca arriba.

Si Edward la amaba, preguntó al techo oscuro, ¿a qué esperaba entonces?

¿Temía confesarle sus sentimientos, o temía la reacción de su hermana una vez que se los declarara?

Pero, por otra parte, también le había dado miedo enseñar su libro a nadie, pese a haberlo terminado años antes: ¿podría Agnes ayudarle a vencer esos otros temores del mismo modo que le había ayudado a vencer aquel?

Le dio vueltas a aquella cuestión en su mente mientras se iba quedando dormida, sin esperar que la respuesta llegara. Tampoco esperaba despertarse, lo que le pareció poco después, sobresaltada por un crujido.

No era el sonido de la puerta al abrirse, sino el del tablón del suelo justo al otro lado de la puerta, que siempre crujía cuando alguien apoyaba el peso sobre él.

Pero la oscuridad que se adivinaba tras los párpados cerrados de Agnes le decía que aún era de noche, así que, quienquiera que hubiera entrado en su habitación, no podía ser una de las doncellas que acudían a correr las cortinas.

Sabía que no estaba soñando, porque sentía la aspereza del edredón contra la piel y el aire frío en los dedos de los pies, que se le habían escapado de debajo de las sábanas.

¿Quién soñaba con tales cosas? Y ni siquiera la pesadilla más vívida podría haber producido los sutiles sonidos y sensaciones que ahora asaltaban los sentidos de Agnes: el frufrú de una falda, seguido de un suspiro, luego el golpeteo de unos pies descalzos contra las tablas, una respiración cada vez más agitada y aguda, cuanto más se acercaba la intrusa a la cabecera de Agnes, y, por último, el roce levísimo de un cabello contra la barbilla de Agnes, como si un rostro se hubiera inclinado junto al suyo.

A la mañana siguiente, Agnes encontró a la señora Derry en su despacho antes del desayuno.

—He venido a pedirle que consiga una llave para el cuarto de la señorita Stint en lugar del mío —dijo Agnes.

—¿Para el cuarto de la señorita Stint? —El ama de llaves alzó la vista de su libro de cuentas, sorprendida.

—Sí —dijo Agnes, con la voz lo más firme que pudo—. Creo que ha empezado a caminar dormida. Anoche entró en mi habitación. Estoy segura de que no podía ser consciente de lo que hacía, de modo que debía de estar dormida.

—¿Está segura de que no sería usted quien dormía, señorita Taylor —empezó el ama de llaves—, y quizá solo soñó tal encuentro?

—No estaba soñando —respondió Agnes con firmeza.

Había pasado buena parte de la noche anterior ensayando aquella conversación en su cabeza—.

Estoy segura de que estará de acuerdo conmigo, señora Derry, en que la señorita Stint debe ser protegida de hacerse daño mientras duerme.

En esta casa tan vieja podría hacer cualquier disparate: caerse por una escalera o salir por una ventana.

Y puesto que la seguridad de la señorita Stint nos importa a todos, estoy segura de que no perderá más tiempo en encontrar la llave de su habitación.

—No hay llave para el cuarto de la señorita Stint. —La voz de la señora Derry flotó tras Agnes mientras esta ya se dirigía hacia la puerta. Agnes le había vuelto la espalda y no miró atrás al decir:

—Entonces quizá pueda encargarse de conseguir la de la mía.

La señora Derry no respondió.

De camino de vuelta a la planta de arriba, Agnes se topó con Edward.

—¡Tienes un aspecto como si no hubieras pegado ojo! —exclamó él. Estaba a punto de contárselo todo, pero él prosiguió—: Así que supongo que lo has leído entero.

Volvieron juntos a la sala de estudio y pasaron la hora siguiente hablando de su libro.

Luego llegó el momento de llevar a Dora, que se había quedado durmiendo hasta tarde, a dar una vuelta por la finca.

Después vinieron sus lecciones y, ya por la tarde, Edward cenó con el pastor en Sherfield en vez de hacerlo en casa.

Agnes no había tenido ocasión de hablarle de su visitante nocturna ni de su conversación con la señora Derry.

Cuando subió a su dormitorio y encontró una llave descansando sobre la mesilla, dejó escapar un suspiro de alivio.

Esa noche se despertó una vez al oír cómo alguien probaba el picaporte de su puerta.

Pero, en las noches siguientes, no volvió a producirse ningún intento semejante.

Tampoco hubo más intromisiones diurnas en su habitación.

Agnes pudo volver a dormir tranquila, segura de que no había tenido que hacer ninguna de las dos cosas que más temía: contárselo a Edward o enfrentarse a Dora.

Una semana aproximadamente después de que Agnes empezara a cerrar con llave su habitación por la noche, Geraldine Appleby fue de visita a Thurrock.

Edward no era consciente de que hubiera relación alguna entre ambos acontecimientos.

Solo se sorprendió de ver a su hermana en aquella época del año, ya que en febrero le había dicho que no tendría tiempo de visitarlo de nuevo hasta el verano.

Como Geraldine no había escrito para avisar a Edward de su llegada, él no estaba en casa para recibirla.

Regresó a Thurrock el sábado por la tarde, tras haber pasado el día ocupado en reuniones con el administrador de sus tierras y en lecciones con los niños Cattermole.

Agnes no lo había acompañado aquel día porque Dora se encontraba tan indispuesta que su institutriz había decidido quedarse con ella en casa.

La señora Derry lo recibió en la puerta principal y le dijo que su hermana lo aguardaba en el salón.

—No voy a andarme con rodeos —dijo Geraldine en cuanto ella y Edward se intercambiaron un beso puramente formal—. He venido a hablar contigo de un asunto serio.

—Muy bien —dijo Edward al cabo de un momento, tomando asiento en el butacón frente al de su hermana—. ¿Tiene algo que ver este asunto con la señorita Taylor, por casualidad?

—¿Entonces Dora también te lo ha contado? —replicó su hermana con viveza.

—Dora no me ha contado nada. Pero tu expresión ahora es exactamente la misma que tenías en febrero, cuando te dije que quería que la señorita Taylor se quedara aquí. —Edward se removió en el sillón—. Sigues sin perdonarme por llevarte la contraria, ¿verdad?

—No seas absurdo, Edward. Solo he venido porque Dora me ha escrito pidiéndome ayuda.

Antes de que Edward pudiera contestar, llamaron a la puerta. Ambos se volvieron para ver a la señora Derry asomando la cabeza.

—Señor Fallow —dijo—, siento interrumpir, pero quisiera saber para cuántos cubiertos han de poner la mesa los lacayos para la cena.

—Cuatro —dijo Edward, con una mirada a su hermana, pero Geraldine rebatió rápidamente:

—Tres, si es tan amable, señora Derry.

Después de que la puerta se cerrara, Edward se encaró con su hermana. —¿Te vas a quedar a cenar, de verdad, después de tu largo viaje?

—Oh, tengo toda la intención. Pero si la señorita Taylor era la cuarta persona en la que estabas pensando, he creído conveniente que supieras que está haciendo las maletas para irse a Bath en este mismo momento.

Edward se puso en pie de un salto y habría salido atropelladamente por la puerta si su hermana no se hubiera levantado para cerrarle el paso.

—De verdad, Edward —dijo ella, mirándolo fijamente, y luego, cuando él alargó la mano por encima de ella hacia el pomo de la puerta, le puso una mano en el brazo—.

Oh, por el amor de Dios, al menos escúchame primero.

No nos va a dejar para siempre. Simplemente le he sugerido que haga una visita a su tía en Bath.

¿Sabías que en todo el tiempo que ha trabajado aquí, nunca le hemos dado permiso para visitar su hogar?

—Bath no es su hogar —murmuró Edward. Su postura se había relajado, pero no hizo amago de volver a sentarse, observando a su hermana con recelo mientras continuaba—: ¿Y a qué viene esta visita tan repentina? ¿Se encuentra mal su tía?

—Que yo sepa, no. Cuando la vi en Bath el otro día, parecía estar perfectamente.

—¿Y qué estabas haciendo tú en Bath?

—Después de que Dora me escribiera para contarme lo que ha estado pasando aquí, tenía que encontrar una solución.

—Para que una solución sea necesaria —dijo Edward, con el aliento un poco más acelerado ahora—, tiene que haber habido un problema previo... y, por más que lo intento, no alcanzo a ver...

—Vamos, Edward, no finjas que no sabes de qué estoy hablando. ¡Vaya, si acabas de admitirlo tú mismo ante la señora Derry! La señorita Taylor cena con Dora y contigo, ¿no es así?

—Así es —concedió Edward—, pero...

—¿Y no era una de las condiciones de su empleo, una de las condiciones que tú y yo discutimos y acordamos hace dos años, que la señorita Taylor comería aparte del resto de la casa?