5. Una Mano Amiga #3
Al principio, la decepción de Agnes fue muy amarga.
La indiferencia del señor Fallow era algo que jamás habría podido prever.
Le había inspirado tanta admiración aquel primer día en Thurrock, y su bondad para con ella seguía siendo un recuerdo entrañable.
Pero Agnes acabó acostumbrándose a sus maneras y se enseñó a sí misma a dejar de esperar lo imposible.
Sin embargo, ella había prometido ayudar a Christy y a su familia, y eso seguía siendo algo que estaba en su mano.
Sus visitas se prolongaron durante el año siguiente.
Estuvo al lado de la señora Cattermole cuando su marido exhaló su último suspiro.
Acompañó a Christy a Sherfield cuando se presentó a una entrevista para un puesto de auxiliar en la oficina de correos y estuvo allí para felicitarlo cuando supo que le habían dado el trabajo.
Cuando ella cumplió diecisiete años, en enero de 1840, los Cattermole se enteraron de su cumpleaños y le entregaron una tarjeta cuando fue en su habitual visita del sábado por la tarde.
A Agnes nunca se le ocurrió que estuviera haciendo nada malo al visitar a los Cattermole.
Ocultaba su amistad con ellos a Dora sencillamente porque sabía que se burlaría de ella.
Se lo habría dicho al señor Fallow si este le hubiera preguntado cómo empleaba sus ratos libres.
Por eso, cuando una tarde de principios de febrero regresó a Thurrock y la recibió en la puerta principal una señora Derry de semblante adusto, el sobresalto de Agnes fue mayúsculo.
—Señorita Taylor, por fin ha vuelto.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Agnes, desconcertada por aquel recibimiento, cuando normalmente se la dejaba entrar y salir a su antojo—. ¿Está bien Dora?
—La señorita Stint está perfectamente —le informó el ama de llaves, girándose para conducirla hacia el vestíbulo, como si Agnes no hubiera puesto nunca antes un pie en la mansión—.
Mucho me temo que no puedo decir lo mismo del señor.
Está muy impresionado por su comportamiento y desea que se retire usted directamente a su cuarto esta noche. Allí se le llevará la cena.
—Mi comportamiento… —empezó a preguntar Agnes. La señora Derry alzó la mano, con la palma extendida a un lado, para señalarle la escalera, y siguió hablando.
—No sirve de nada que lo niegue, señorita Taylor, así que le aconsejo que no lo intente. El señor Fallow no desea verla por el momento. Sabe usted que la señora Appleby llega de visita mañana: en cuanto se le informe de su conducta, será ella quien decida qué se hace con usted.
La velada que pasó sola en su habitación recordó a Agnes su primera noche en Thurrock en un aspecto significativo.
La comida prometida nunca llegó. Pero esta vez no bajó a las cocinas a buscar algo de comer.
En lugar de eso, se acostó, se cubrió con las mantas y trató por todos los medios de dormir.
El frío que se colaba por todas partes, los retortijones en el estómago y la inquietud de su mente conspiraron para que le resultara imposible.
A la mañana siguiente, cuando el sonido de unas ruedas sobre la grava llegó hasta su ventana, Agnes apenas había logrado cerrar los ojos.
Geraldine Appleby no había visitado Thurrock desde hacía varios meses, y no esperaba las desagradables noticias que allí la aguardaban.
Fue ciertamente una sacudida oír de labios de su hermano que la institutriz pasaba sus tardes libres con el hijo de un granjero.
Pero, por otro lado, la noticia encajaba con algo que había oído recientemente sobre Agnes Taylor.
—¿A qué te refieres con eso de que no te sorprende? —dijo Edward, con cierta brusquedad. Estaban en su despacho; él se apoyaba contra la parte delantera de su escritorio, mientras Geraldine se había acomodado en la silla a su lado.
—Por supuesto que estoy un poco sorprendida —explicó Geraldine—, y decepcionada por que se comporte de esta manera. Pero hace poco oí algo sobre ella, Edward, de labios de un coadjutor de Winchester que procede de Middleford. Conocía al padre de la señorita Taylor, que solía ser pastor allí.
Edward se volvió hacia su hermana, y ella vio que sus oscuras cejas se habían fruncido por la confusión. —Pero yo pensaba que la señorita Taylor se había criado en Bath.
—Ahí es donde vive su tía —explicó Geraldine con paciencia—. Se mudó allí tras la muerte de su padre. Pero habían dejado Middleford mucho antes de eso. Verás, el señor Taylor era un disidente.
Oyó cómo Edward contenía el aliento, pero él no dijo nada, esperando a que ella continuara.
—Dejó su plaza en Middleford, abandonó su parroquia y se llevó a su hija a un pueblo de Devon. Así que ya ves, esta es la influencia bajo la que creció la señorita Taylor.
—¿Puede eso explicar su comportamiento actual? —dijo Edward, dubitativo.
—No veo qué otra cosa podría. Sabe que tiene una buena posición aquí. Tirarlo todo por la borda deliberadamente, y nada menos que por un devaneo con el hijo de un granjero...
—Es el hijo del furtivo —dijo Edward, mirándola fijamente—.
Cattermole... ¿no lo recuerdas? El que multé hace dos años.
Ya ha fallecido, y la familia tiene muy poco para vivir.
—Se alejó del escritorio, cruzando los brazos mientras se volvía para encarar a su hermana—.
Quizá la señorita Taylor sintiera lástima por la familia.
—Tal vez ese fuera el motivo de sus visitas al principio —reconoció Geraldine—. Sin embargo, ahora parece que está ocurriendo algo más.
—Por lo que ha estado diciendo la señora Derry, sí. —Edward inclinó la cabeza, mirando fijamente la alfombra durante un minuto antes de decir—: ¿Qué debemos hacer?
—Despedirla —dijo Geraldine de inmediato—.
Hubiera pensado que eso estaba claro. Jamás la habría contratado en primer lugar de haber sabido que su padre era un disidente.
Fue su tía, esa mujer, Rebecca Taylor, quien me convenció para hacerlo, en la época del funeral en Bath. Nunca debí dejarme persuadir.
—Quizá deberíamos dejar que se quede un poco más —dijo Edward tras un momento—. Podría pasar algún tiempo antes de que encuentres otra institutriz para Dora.
—No tengo intención de buscar otra institutriz después de que la señorita Taylor sea despedida.
Llevo tiempo pensando que lo que Dora necesita de verdad es una niñera.
Sus dolores han ido a peor y ahora puede hacer menos de lo que era capaz de hacer hace dos años.
Recuerdas lo mal que estaba cuando estuve aquí el otoño pasado: era demasiado para ella incluso que la llevaran en su silla.
—Pero su educación...
—... ya está en marcha, ¿no es así? —dijo Geraldine—.
Lo sabía cuando la contraté; sabía que se podía confiar en ti para que te encargaras de la mayor parte.
Se suponía que la señorita Taylor solo iba a ser una compañera y, ni siquiera en eso, ha estado a la altura.
Ni siquiera se llevan bien, lo cual es extraño para dos muchachas de una edad tan similar.
Hubo una pausa mientras Edward asimilaba esto. —¿Entonces, a partir de ahora, voy a estar yo solo a cargo de la educación de Dora?
—No será tan diferente de como era antes. Y tampoco será por mucho tiempo más. —Geraldine frunció el ceño cuando su hermano apartó la mirada de ella—. Vamos, Edward, ya lo sabes: Dora tiene quince años. Ya no es una niña. Y pronto, antes de que te des cuenta, dejará de ser tu pupila...
—No hace falta que me lo recuerdes —interrumpió Edward. Seguía sin mirarla—. Entonces, ¿debo despedir yo a la señorita Taylor, o lo harás tú?
Geraldine suspiró y se levantó de su silla con un crujido de faldas. —Tú también sabes esto, Edward. ¿Quién es el señor de Thurrock, después de todo, tú o yo?
—Le hablaré yo, entonces —dijo Edward con resignación—. ¿Puedes mandarla aquí?
Agnes empezó a disculparse nada más entrar en el despacho, antes de que el señor Fallow tuviera tiempo siquiera de saludarla.
—Señor Fallow, señor, sé que debería haberle informado sobre las lecciones que doy a los Cattermole; ahora me doy cuenta, pero como lo he estado haciendo en mi tiempo libre, no pensé que hubiera ningún mal...
—¿Lecciones? —interrumpió el señor Fallow.
Tenía una expresión extrañísima en el rostro.
Segundos antes, se había mostrado con una severidad aterradora mientras estaba sentado tras su escritorio, pero ahora casi parecía que estuviera a punto de echarse a reír—.
¿Eso es lo que ha estado haciendo en casa de los Cattermole? ¿Les ha estado dando lecciones?
—Sí, a los dos hijos mayores, Christy y Harry —explicó Agnes, dejándose caer en la silla frente al señor Fallow—.
Tuvieron que dejar la escuela tras la muerte de su padre, aunque Harry todavía tiene intención de volver, y yo le he estado ayudando a ponerse al día.
Y Christy es tan bueno ahora con los números que ha conseguido un trabajo en la oficina de correos.
—¿Así que es al chico más joven, Harry, a quien está enseñando ahora? —preguntó el señor Fallow.
—Sí, Christy ya no necesita mis lecciones. Pero Harry sí. —Agnes se inclinó hacia delante en su asiento, todavía ansiosa por explicarse—. Y, a decir verdad, señor Fallow, me alegra tener todavía una excusa para ir a visitarlos. Los Cattermole han sido muy amables conmigo...
—Por lo que dice, parece que ha sido usted la que ha sido muy amable con los Cattermole.
—No he hecho nada, señor, excepto enseñarles un poco de lo que sé...
—Gratis.
—¡Bueno, sí, porque no pueden permitirse pagarme!
—De todos modos, señorita Taylor, les ha hecho usted un gran servicio.
—El señor Fallow hizo una pausa y se recostó en su silla, con los ojos recorriendo la habitación, como si buscara algún objeto en el que fijarse que no fuera la propia Agnes—.
Su explicación cambia bastante las cosas, señorita Taylor.
Debo decirle que, cuando entró usted aquí hace unos minutos, estaba a punto de despedirla.