4. Lucha O Huida #2
—¿Por qué demonios...? —empezó la ama de llaves y luego, al llegar al umbral, sus ojos se encontraron con los de Agnes. En los segundos que siguieron, fue como si toda expresión hubiera desaparecido de su rostro—. Señorita Taylor, le ruego me disculpe. No sabía que estaba aquí.
—En absoluto. —Agnes se había puesto en pie de un salto como si fuera ella a quien habían ordenado limpiar la rejilla. Mientras la criada pasaba entre ellas, Agnes dijo—: Señora Derry, ¿podría preguntarle algo? ¿Hay algún lugar donde pueda encontrar algunos libros?
La señora Derry entrelazó las manos por delante e inclinó la cabeza, pero ni sus ojos ni su voz mostraron curiosidad alguna al repetir: —¿Libros?
Agnes explicó apresuradamente que necesitaba ocuparse ya que Dora estaba enferma. Aún no había terminado su explicación cuando la señora Derry levantó la mano y dijo: —Sígame, señora.
El tintineo de las llaves comenzó de nuevo mientras la señora Derry caminaba por el pasillo.
Se dirigió hacia la puerta trasera por la que Agnes y la señora Appleby habían entrado antes, pero se detuvo antes de llegar, llevándola en su lugar por un corredor más estrecho.
Pasaron ante una puerta que estaba abierta a un armario de almacenamiento y se detuvieron frente a la siguiente.
La señora Derry sacó una llave del anillo que colgaba de su cintura, abrió la puerta y le hizo un gesto a Agnes para que entrara.
Esta habitación no olía a humedad como el cuarto de estudio: claramente se había ventilado esa mañana, y el tenue aroma del humo de leña persistía sobre los muebles, lo que sugería que anoche había habido fuego allí.
Otro olor saludó entonces a Agnes: el olor a cuero de la encuadernación de los libros, que de repente la transportó al despacho de su padre en la casa de Combe Martin.
Contempló con arrobamiento las estanterías de libros, recorriendo con la mirada los diversos títulos.
—¿Está segura de que no importa que esté aquí, señora Derry?
—No importa en absoluto, señora —llegó el tono seguro de la señora Derry—. Puede tomarse su tiempo para mirar los libros, elegir el que más le guste y, cuando haya terminado, llámeme a mí o a uno de los criados para que podamos volver a cerrar la puerta con llave.
—Gracias —dijo Agnes, dándose la vuelta solo para ser recibida por la vista de la espalda de la ama de llaves que se alejaba.
Aparte de las estanterías, había una silla y un escritorio, en el que Agnes se sentó un rato mientras hojeaba los diversos libros que había sacado del estante.
Algunos títulos le resultaban familiares, otros extraños.
Hacía mucho tiempo que Agnes no tenía tal variedad para elegir y, en su avidez, quiso llevárselos todos.
Pero, pensando que al señor Fallow podría molestarle, eligió su favorito y se dispuso a colocar el resto en los estantes.
Al hacerlo, uno se le escapó de las manos y Agnes se agachó para recogerlo.
El cajón inferior del escritorio estaba abierto y algo en su interior le llamó la atención.
Colocando los libros bajo un brazo, se acercó más, incapaz de reprimir su curiosidad.
Miró hacia el fondo del cajón y vio un manuscrito.
Tenía un título, pero la caligrafía le resultaba desconocida a Agnes y, antes de que tuviera oportunidad de descifrarla, oyó que alguien se aclaraba la garganta.
Agnes se puso en pie de un salto. El señor Fallow estaba en el umbral, todavía con su ropa de montar y sin aliento.
Sus ojos recorrieron la habitación y volvieron a posarse en ella.
Tenía las aletas de la nariz dilatadas y los labios ligeramente entreabiertos por la incredulidad.
—Señorita Taylor, ¿qué está haciendo aquí?
—Yo... creí... estaba buscando... —En su confusión, a Agnes se le volvió a caer uno de los libros.
Se agachó para recogerlo, pero el señor Fallow llegó primero, arrebatándolo del suelo y volviendo a colocarlo en el estante.
Se dio la vuelta y le quitó los otros libros de las manos, devolviéndolos también a las estanterías.
—No permito que nadie toque esto sin mi permiso.
—Acarició los lomos de los libros como si se disculpara por haber sido tocados por manos extrañas, y luego se volvió de nuevo hacia Agnes.
Pasando junto a ella a grandes zancadas, se inclinó de nuevo y cerró el cajón inferior del escritorio con un golpe seco.
—Lamento mucho... —comenzó a decir Agnes.
—Este es mi estudio privado, señorita Taylor, no una biblioteca de préstamo. ¿Le abrió la puerta alguno de los criados? No veo de qué otra forma ha podido entrar.
En su imaginación, Agnes veía el semblante pétreo de la señora Derry aquella misma mañana, cuando se había disculpado ante Agnes por haber olvidado su cena la noche anterior. Se apresuró a sacudir la cabeza. —Nadie me la ha abierto. Yo estaba... mirando alrededor y me dio por probar esta puerta.
El señor Fallow volvió a situarse detrás de su escritorio, frunciendo el ceño ante los papeles como si quisiera comprobar que ella tampoco los había desordenado.
—Entonces alguna de las doncellas debe de haberla dejado sin cerrar esta mañana —dijo—, después de entrar a limpiar.
Ha sido una descuidada: hablaré con la señora Derry.
—No, por favor, señor... —empezó Agnes, y él alzó la vista hacia ella, sorprendido.
Ella prosiguió—: Ahora ya sé lo que ha debido de pasar.
Cuando venía hacia aquí, he visto a una doncella salir del cuarto.
La he distraído pidiéndole que limpiara la chimenea de la sala de estudio.
Debió de olvidarse de cerrar la puerta con llave.
Ha sido todo culpa mía, y no debe culpar a los criados.
Sintió arder su rostro bajo la mirada persistente del señor Fallow.
Al fin, él suspiró y dijo: —Puede llevarse ese libro, si quiere, señorita Taylor.
Pero en adelante debe pedirme permiso antes de tomar prestado cualquiera de mis libros, y recuerde que mi despacho está prohibido para todo el mundo salvo para mí y la doncella que lo limpia.
Edward Fallow se sintió decepcionado cuando Agnes Taylor huyó de su despacho, no porque se arrepintiera de su arranque de genio, sino por la manera en que ella había reaccionado.
No había esperado que se pusiera tan colorada ni que empezara a temblar bajo el peso de su disgusto, y mucho menos que se dejara allí el libro que él le había dicho que podía llevarse prestado.
Al cogerlo del escritorio, Edward vio que era Robinson Crusoe.
Pasó las páginas con el pulgar, mirando el texto de manera distraída.
Parecía que su primera impresión sobre la señorita Taylor no había sido acertada.
La noche anterior, cuando ella había entrado en la cocina tan segura de sí misma, en lugar de hacer reverencias y zalemas como todos los demás, él había pensado que debía de verle tal como era en realidad: un preceptor advenedizo que acababa de heredar una responsabilidad más allá de sus más desbordadas imaginaciones.
Le había supuesto un alivio creer que era así.
Sentado frente a Agnes Taylor en la cocina, Edward había pensado para sus adentros: —Aquí tengo a una verdadera señorita, que no se atiene a las ceremonias, que no se deja intimidar por la mera riqueza y la posición.
Ella le enseñará a Dora a contemplar las cosas del mismo modo que lo hace ella.
Edward conocía a Dora desde que era un bebé.
Sabía que necesitaba una mano firme, algo que sus padres no habían vivido lo suficiente para inculcarle y de lo que su abuela carecía por completo.
Luego, aquella mañana, cuando la señorita Taylor había bajado tarde a desayunar, había parecido una persona completamente distinta: encogida, cohibida.
Edward había pensado entonces que debía de haberse sentido intimidada por la presencia de su hermana a la mesa.
Pero cuando la había encontrado en su despacho hacía apenas un momento, tenía exactamente la misma actitud, aunque estuvieran solo ellos dos.
Él había esperado que se defendiera o, al menos, que señalara a la señora Derry en lugar de cargar con toda la culpa sobre sus propios hombros.
De pie frente a aquella criatura temblorosa y sonrojada en su despacho, Edward había comprendido que no era una señorita en absoluto, sino todavía una niña; y de esa comprensión nacía su decepción.
Dejó otra vez sobre la mesa Robinson Crusoe.
Entonces, al oír que llamaban a la puerta del despacho, dijo en voz alta: —Adelante.
Se preguntó por un momento si la señorita Taylor habría reunido el valor suficiente para volver y cantarle las cuarenta.
Pero cuando se volvió, fue el rostro de su hermana el que lo saludó.
—¿Cómo ha ido tu reunión con el magistrado? —preguntó Geraldine Appleby, sin preámbulos.
Edward se entretuvo ordenando unos papeles sobre el escritorio antes de responder. —Al furtivo se le impondrá una multa de cinco libras.
—¿Solo cinco? Deberías multarle con diez. ¿Cuántos animales había atrapado ya en esos lazos cuando el guarda de caza los encontró?
—No estoy del todo seguro...
—Deberías estarlo. Deberías haber preguntado directamente al guarda de caza antes de ver al magistrado.
No puedo hacerlo todo por ti, ya lo sabes, Edward.
—Las tres últimas frases brotaron de su hermana en un mismo aliento; ahora se detuvo una fracción de segundo antes de continuar, con más suavidad—: ¿Quieres que vaya a preguntárselo ahora?
Edward suspiró sin contradecirla. —La familia del furtivo, los Cattermole, son inquilinos de Wilkins; viven a las afueras de Sherfield. Me han dicho que van atrasados con la renta. Cinco libras es ya más de lo que pueden permitirse.