La Hija del Vicario sin Blanca 3. Thurrock Manor #3
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3. Thurrock Manor #3

—La hermana del señor Fallow. La conocerá en Thurrock.

—Dora se inclinó hacia delante, entrelazando las manos sobre sus rodillas—.

Usted tiene que estar conmigo todo el tiempo, para que nunca me sienta sola.

Tiene que hacer todas las cosas que yo quiera hacer, y nunca quejarse ni disgustarme.

Tiene que velar por mí. Y por eso, señorita Taylor, no puede quedarse dormida.

Agnes respiró hondo y volvió la mirada hacia la ventana. —Hablaré con el señor Fallow y la señora Appleby en cuanto lleguemos a Thurrock.

—Como quiera. Pero le dirán lo mismo que yo le acabo de decir. —La voz de Dora tenía una nota baja de triunfo—. Ya lo verá.

A Agnes no le había apenado dejar Bath, del mismo modo que no le había apenado dejar Middleford siete años antes.

Entonces fue porque tenía a su padre a su lado.

Él podría haberla arrastrado hasta los confines del mundo y ella no habría tenido miedo ni nostalgia.

Pero, mientras el carruaje de la señora Stint entraba en Hampshire, el condado donde Agnes había abierto los ojos al mundo por primera vez, nunca se había sentido tan lejos de su hogar.

Pasaron ante un cartel que indicaba Middleford, pero Agnes no supo si llegaron a pasar por el pueblo mismo; poco después oscureció tanto que le resultó imposible distinguir nada que quedara fuera del círculo de luz de los faroles del carruaje.

Dora se había quedado finalmente dormida, pero Agnes estaba demasiado nerviosa para hacer lo mismo; en cualquier caso, ya sentía cómo se le formaba un moratón en el brazo derecho y no quería arriesgarse a que le saliera otro si a Dora se le ocurría despertarse mientras ella dormía.

Agnes se preguntaba cómo sería el señor Fallow.

La tía Rebecca no sabía nada de él, y ellas solo habían vislumbrado su figura con sombrero en el funeral.

Puesto que era primo segundo de la señora Stint, Agnes se imaginaba a un hombre de edad avanzada.

Tendría cincuenta años por lo menos. Podía ser severo y adusto en su trato al principio, pero una vez que viera que Agnes podía ser de utilidad como instructora de su pupila, se ablandaría con ella.

En cuanto a su hermana, la señora Appleby, de quien acababa de tener noticia por Dora, Agnes no tenía ni idea de qué esperar, pero le daba la espina de que, si iba a haber alguna oposición a que ella diera clase a Dora, vendría de esa parte más que del señor Fallow.

Sobresaltada por el repentino chocar de las ramas contra las ventanillas del carruaje y la nueva irregularidad del terreno bajo las ruedas, Agnes se dio cuenta de que habían dejado la carretera principal.

Al abrir la ventana, el ruido de las ruedas del carruaje sonaba de algún modo amortiguado, y todo olía a madera húmeda.

A la luz de los faroles, pudo ver que avanzaban por lo que parecía ser un camino de entrada.

Entonces el carruaje se inclinó hacia delante al empezar a bajar una colina y Agnes, al oír que Dora se movía, volvió a cerrar rápidamente la ventana.

Las luces de Thurrock Manor deslumbraron los ojos de Agnes tras horas de oscuridad.

Los criados las recibieron junto a la escalinata principal de la casa, con una silla de ruedas preparada.

Dos lacayos subieron a Dora a ella, y esta fijó la vista con resignación al frente mientras subían la silla por los peldaños y entraban por la puerta principal, como si su entorno ya la aburriera.

De la puerta abierta se vertía un largo rectángulo de luz dorada.

Agnes esperó al pie de la escalinata, viendo a los lacayos reaparecer y bajar de nuevo.

La miraron con curiosidad y después se dispusieron a descargar el equipaje de la parte trasera del carruaje.

—¡Señorita Taylor! —Una silueta bloqueó de repente la luz del vestíbulo; Agnes vio la figura de una mujer de pie en el umbral esperándola, y oyó una nota de impaciencia en su voz. Se apresuró a subir los peldaños y le hizo una reverencia a la desconocida en cuanto llegó a la puerta.

—Debe de ser usted la señora Appleby —dijo sin aliento, y su voz resonó en el silencio de la noche—. Estoy encantada de conocerla. Yo... —Se interrumpió en seco al oír las risitas de los lacayos a su espalda. ¿Se estaban riendo de ella?

—Soy el ama de llaves, la señora Derry —dijo la mujer con calma—. Y usted debe de ser la señorita Taylor, la nueva institutriz de la señorita Stint.

Agnes, al observar el vestido negro de la señora Derry, el cuello de encaje y el manojo de llaves en su cintura, se quedó tan asombrada de su propia estupidez que tardó un momento en notar cómo se había dirigido a ella la empleada.

Volvió a alzar la vista y dijo, esperanzada: —Sí, soy su nueva institutriz.

—Quizá Dora solo había estado intentando intimidarla cuando dijo todas aquellas cosas en el carruaje.

Agnes había oído hablar antes de tales tácticas empleadas para asustar a las institutrices.

Irguió los hombros, como si ese simple movimiento pudiera demostrarse a sí misma que no era como esos otros miembros más débiles de su nueva profesión.

La señora Derry, sin embargo, no pareció impresionada.

Mientras los lacayos pasaban a su lado con la primera tanda de equipaje, seguían riéndose del error de Agnes y, en lugar de reprenderlos, el ama de llaves se unió a su divertimento con su propia sonrisita despreciativa.

—Sígame, señorita Taylor —dijo entonces, y la condujo a un largo vestíbulo que olía a humo de leña y a moho.

Hablándole por encima del hombro, explicó—: La señorita Stint estará cansada del viaje y cenará en su habitación esta noche.

Haré que la doncella le suba a usted algo de comer también.

—Gracias —dijo Agnes. Luego, con ansiedad—: ¿Y la señora Appleby y el señor Fallow...?

—La señora Appleby ya se ha retirado, y el señor Fallow está trabajando en su despacho. Los conocerá a ambos mañana por la mañana.

La señora Derry cogió un candelabro de una mesa y encabezó el camino por la amplia escalera.

Mientras subían, Agnes la observaba, intentando asimilar todo lo posible sobre su nuevo hogar.

Pero solo podía ver sus sombras cambiantes a lo largo de las paredes con manchas de humedad.

Movida por la curiosidad, preguntó: —¿Estaba este lugar habitado antes de que el señor Fallow lo heredara?

—La antigua señora siempre pasaba parte del año aquí —fue la respuesta de la señora Derry, con una brusquedad que hizo que Agnes se arrepintiera de haber preguntado—.

La señorita Stint, también, siempre ha tenido cariño a Thurrock, y se suponía que su residencia en Bath no sería más que un arreglo temporal.

Pero tengo entendido que el médico de la señorita Stint convenció a la señora Stint de que Bath era el mejor lugar para ella...

en lugar de su casa aquí, con el aire puro del campo.

Estamos agradecidos de tener a la señorita Stint de vuelta con nosotros y esperamos que le vaya mucho mejor aquí que en Bath.

Agnes volvió a mirar las paredes manchadas de humedad y dijo cortésmente: —Seguro que sí.

—He puesto su habitación cerca de la de la señorita Stint —dijo la señora Derry, girando para guiarlas por un rellano que olía aún más a rancio que el vestíbulo de abajo—, pues creo que será lo mejor para todos.

Aquella es su puerta, y esta la de usted.

—Se detuvo y giró el pomo rígido de una puerta que daba a la oscuridad—.

Hay una cerradura para la puerta, aunque me temo que la llave se ha extraviado.

Tengo una caja de llaves de repuesto en mi despacho; si quiere, puedo buscarla.

—La expresión que dirigió a Agnes, sin embargo, desmentía la sinceridad de la oferta.

—Oh, no hace falta que se moleste, señora Derry —balbuceó Agnes—. Estoy segura de que me las apañaré.

—Los lacayos subirán sus cosas en breve. —La señora Derry se apartó del umbral para dejar pasar a Agnes.

—No tengo mucho, solo una bolsa de viaje azul —dijo Agnes.

La señora Derry se quedó mirando a Agnes un momento, con aire algo horrorizado. —Muy bien, señorita Taylor —dijo al fin, y se alejó por el pasillo con un tintineo de llaves y el rítmico taconear de sus zapatos.

La maltratada bolsa de viaje fue subida a la nueva habitación de Agnes sin demora, pero el prometido «algo de comer» no llegó.

No tenía forma de saber la hora excepto por las sombras cada vez más densas de la habitación y el rugido de su estómago.

Se habían detenido esa tarde en una posada de Salisbury, pero aquello parecía haber ocurrido hacía una eternidad, y Agnes había estado demasiado nerviosa para comer mucho entonces.

Cualesquiera que hubieran sido las dificultades de la vida en Bath con la tía Rebecca, las horas de las comidas siempre habían sido regulares, al menos.

Para distraerse de los retortijones de hambre, Agnes trajo una vela del rellano y se puso a explorar.

En esto, Thurrock Manor ganaba un punto frente a Westgate Street: la nueva habitación de Agnes era el doble de grande que el cuartucho en el que había estado durmiendo los últimos dos años.

En las paredes había un retrato de Lord Byron y un viejo mapa enmarcado de New Forest, en Hampshire.

Thurrock Manor, como Agnes pronto descubriría, estaba situada al borde de este bosque.

Su cama, aunque de tamaño parecido a la de Bath, era mucho más cómoda.

Comprobó la suavidad del colchón y se habría quedado dormida allí mismo, vestida, de no haber sido por los gruñidos de su estómago.