2. La Ciudad Balneario #3
—¿Cómo sabéis mi nombre?
—Mi madre me dio una descripción bastante detallada de vos —dijo el chico, un comentario que hizo que Agnes volviera a bajar los ojos al suelo.
Ahora sabía quién debía de ser: Nathaniel Bradshaw.
Mientras él procedía a presentarse, ella se puso de pie y permitió que le estrechara la mano, todo ello sin sostenerle la mirada.
Deseó llevar guantes; de repente estuvo segura de que todas las demás señoritas que él conocía debían de llevar guantes.
—¿Y es esta vuestra tía, la señorita Taylor?
—continuó Nathaniel Bradshaw. Ambos se volvieron hacia tía Rebecca, que estaba tan absorta en la conversación con su amiga que no se percató de que la miraban.
Volviéndose de nuevo hacia Nathaniel, Agnes le sostuvo la mirada brevemente para mostrarle que lamentaba la actitud de su tía, pero él parecía meramente divertido.
—Espero que vuestra madre y vuestro padre se encuentren bien —dijo Agnes tras una breve pausa.
—Imagino que sí. Sin duda así lo indicaron en su última carta.
—¿No están en Bath? —Agnes se sintió de repente más ligera al saber que el silencio del último mes podía tener una explicación menos dolorosa para sus sentimientos que la que sostenía su tía.
—Están visitando a mi tío, en las Midlands.
Mi madre estaba ansiosa por salir de Bath durante el pleno verano.
Me permite quedarme aquí, en casa de mi amigo, con la condición de que me «haga útil» para mis anfitriones.
—Señalando la sombrerera bajo el brazo—: Así que esto es lo que me ha traído bajo la lluvia, a recoger un tocado para la señora Harrison...
ese es el nombre de la madre de mi amigo.
Agnes no pudo evitar sonreír ante su tono.
—Estoy segura de que os estará muy agradecida por la molestia.
—No ha sido molestia en absoluto. ¡Y al fin he podido conoceros a vos!
Agnes se arriesgó a lanzar otra mirada cautelosa para ver si bromeaba, pero la sonrisa que le dirigía parecía sincera.
Se devanó los sesos buscando algún comentario ingenioso, alguna observación aguda.
¿Por qué se sentía tan aburrida y corriente?
Entonces sintió que le daban un codazo y vio que tía Rebecca se había acordado por fin de su existencia.
—Agnes, la señora Ellis se ha ofrecido a llevarnos a casa.
Tiene sitio justo para dos en su carruaje...
y ya sabes que Lydia debe ir a mi lado, pues lleva todas mis cajas y paquetes.
—Al otro lado de la tienda, Lydia ya se despedía apresuradamente del dependiente y levantaba el panel de detrás del mostrador.
Tía Rebecca continuó—: Pero tú puedes sentarte delante, si no te importa ir con el cochero...
—Perdonadme, señora —interrumpió Nathaniel, y los ojos de las tres mujeres —tía Rebecca, Agnes y la señora Ellis— se dirigieron hacia él—. Pero yo tengo un paraguas. Puedo escoltar a la señorita Agnes a casa si prefiere ir caminando.
—Sí, preferiría mucho más ir andando —dijo Agnes de inmediato—. No está tan lejos.
—Quién... —empezó tía Rebecca, con los ojos fijos en Nathaniel.
—Es el hijo de los señores Bradshaw, Nathaniel. —Lydia acababa de llegar al lado de su señora y habló en un tono bajo que resultó perfectamente nítido para todos los presentes.
—Bien, entonces —dijo tía Rebecca, con aire de alivio por haber hallado una solución, por inesperada que fuera—. Es muy amable por vuestra parte, joven Bradshaw. Os estamos muy agradecidas, por supuesto.
Nathaniel Bradshaw era más consciente de sus propios encantos que la mayoría de los chicos de catorce años.
Desde que se había mudado de Cornualles a Bath, el público de esos encantos había crecido.
Para Nathaniel se había convertido en un hábito agradable desarmar a una chica o a una dama con una sonrisa, una palabra o una mirada.
Por eso se había sentido feliz de quedarse con los Harrison en Bath mientras sus padres iban a visitar a su tío.
Bath presentaba más oportunidades de diversión.
Cuando Nathaniel se acercó a Agnes Taylor en la sombrerería de Milsom Street, no tenía otra intención que la de arrancar una sonrisa a aquel rostro sombrío, divirtiéndose así al divertirla a ella.
Era cierto que la había reconocido por la descripción de su madre, pero aquel no era el cumplido que Nathaniel había dado a entender.
La señora Bradshaw había descrito a la señorita Agnes Taylor con un aspecto mayor de catorce años...
cosa que así era, en parte debido a su extrema palidez y en parte al hecho de que todavía vestía un luto riguroso, a pesar de que habían pasado al menos dos años desde la muerte de su padre.
Mientras Nathaniel se presentaba, notó otros rasgos que su madre no había mencionado: los agudos ojos verdes —cuya expresión quedaba a menudo oculta por las oscuras pestañas, ya que Agnes no parecía capaz de sostenerle la mirada por mucho tiempo— y la frente despejada, demasiado alta para la belleza, pero suficiente para dotar a su rostro de distinción.
Notó, con creciente interés, el color que inundó las mejillas de Agnes mientras le sostenía la puerta de la tienda abierta.
Entonces, finalmente, pareció de su edad.
Apretujados bajo su paraguas, percibió la emoción de ella por estar tan cerca de él.
Nathaniel decidió tomar una ruta más larga hacia la casa de la tía de Agnes sin consultárselo: subiendo por George Street, bajando por Broad Street y luego atravesando Union Passage.
En Cheap Street se vieron obligados a esperar unos minutos antes de poder cruzar, pues pasaban muchos jinetes, carruajes y carretas; todo aquello formaba parte del plan de Nathaniel, pues a menudo se había visto demorado de esa manera anteriormente.
Vio, por las miradas furtivas que Agnes lanzaba de vez en cuando a su alrededor, que se había percatado del rodeo. Pero como ella no formuló ninguna objeción, concluyó que, al igual que él, estaba ansiosa por prolongar su tiempo juntos.
Fuera de la tienda y lejos de su tía, la timidez de Agnes se desvaneció por completo y, aunque el rubor no abandonó sus mejillas, pronto estuvo hablando con Nathaniel como si fueran viejos amigos.
Aprovechando algo que su madre le había comentado, Nathaniel mencionó al padre de Agnes al comienzo de su paseo, pensando que esto pondría a su compañera a gusto.
Funcionó a las mil maravillas. Para cuando llegaron a Westgate Street, Agnes le había contado todo sobre Middleford y Combe Martin, sobre los juegos de fantasía que ella y su padre solían jugar, sobre el libro en el que él había estado trabajando antes de morir.
Nathaniel no había hecho mucho más que escuchar y hacer alguna pregunta aquí y allá.
Cuando divisaron la casa de su tía, Agnes pareció recobrar el juicio.
—Pero si no he parado de hablar... todo este tiempo... —tartamudeó.
—Ha sido muy interesante —se apresuró a asegurarle Nathaniel.
—Aun así... —El rubor de las mejillas de Agnes se había intensificado. Sin mirarlo a los ojos, soltó el brazo de él y dijo—: Gracias por el paraguas.
—¿Puedo ir a visitaros mañana? —Nathaniel la siguió hasta la puerta de su alojamiento, manteniendo el paraguas sobre ambos.
Agnes se detuvo, dándole la espalda para que él no pudiera ver su expresión. Pero él notó en su voz que sonreía cuando dijo:
—Sí... por supuesto. Venid a cualquier hora.
Cuando tiempo después Agnes recordaba aquel verano, no podía rememorar el momento exacto en que supo que se había enamorado.
Las semillas debieron de sembrarse durante su primera visita a los Bradshaw, antes siquiera de haber visto a Nathaniel; los brotes verdes surgieron aquel día lluvioso en Gilbert’s, y las primeras flores ya habían empezado a abrirse cuando Nathaniel visitó a tía Rebecca al día siguiente.
Nathaniel no tardó en convertirse en un favorito en Westgate Street.
A Lydia le gustaba porque siempre estaba dispuesto a contarle los últimos acontecimientos de la familia del amigo de él, los Harrison.
A tía Rebecca le gustaba porque había leído más libros que la mayoría de los chicos de su edad, y porque incluso al hablar de libros que no había leído, siempre tenía algún comentario pertinente que hacer.
En cuanto a Agnes, Nathaniel Bradshaw era su predilecto por su conexión con su pasado, porque la hacía sonreír y porque se había fijado en ella cuando sabía que había muchas otras jovencitas y damas en Bath más bonitas, ingeniosas y refinadas que ella.
Nathaniel hacía que Agnes se sintiera agradecida y, tal como había ocurrido con los padres de él, su gratitud pronto se profundizó hasta convertirse en amor.
No pasaban todo el tiempo en Westgate Street.
Estaban en pleno verano y las colinas y el campo llamaban.
Había excursiones en coche y picnics, paseos y visitas a castillos cercanos.
La mayoría de estas expediciones eran organizadas por los Harrison, y Nathaniel se aseguraba de que Agnes fuera incluida en cada invitación.
Ella no siempre se sentía cómoda entre los amigos de Nathaniel, jóvenes a la moda y de gran vitalidad de Bath.
Pero mientras Nathaniel estuviera a su lado, sonriéndole, era capaz de apartar su propia torpeza social al fondo de su mente.
Tía Rebecca y Lydia, que por regla general nunca se fijaban mucho en Agnes, notaron algo a principios de agosto.
Ella dejó de vestir de negro y empezó a usar colores en su lugar.
No había nada malo en ello, por supuesto.
La muchacha llevaba dos años de luto. Sin embargo, aquello no fue lo único que cambió en ella.