La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 45
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Un enlace entre flores

Gustavo

— Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Fue el pistoletazo de salida para que mis manos ansiosas salieran disparadas hacia la cintura de Beatriz. La rodearan para atraerla hacia mí y buscase sus dulces labios con sed de náufrago.

—Con recato, hijo mío, con recato —me advirtió el oficiante—. Que hay mucha gente mirando.

—Mejor aún, señor obispo. Que sean testigos de hasta dónde amo a mi esposa. Tenga por seguro que, si el cielo ha tenido a bien bendecirnos con un amor tan grande, que lo demostremos, debe de ser del agrado del Señor.

Tras el beso, giramos sobre nuestros emocionados talones, a enfrentar al grueso de lo mejorcito de Madrid, que se había dado cita en la iglesia de San Jerónimo para asistir a nuestro enlace.

Hasta los marqueses del Infantado vinieron, no fueran a desatarse las habladurías y algún desahogado comentara que guardaban resentimiento al duque por haber rehusado a Dorotea como nuera.

Emperifollados hasta el exceso y, eso sí, sentados en las últimas filas, calladitos como en misa, nunca mejor dicho.

No es que la gente no hubiera chismorreado, que lo hicieron.

Por algún resquicio se había colado el rumor de que la señorita Fernández de Castro se convertiría en futura duquesa de Altolaguirre, y ver vestida de novia a otra dama debió de sorprender a propios y extraños.

Sin embargo, como las sentencias de un duque no se discuten, por si acaso y por aquello de las influencias, y si se discuten se hace en privado donde ningún deslenguado que te oiga pueda acusarte, el asuntillo del intercambio de novias pasó como de puntillas por la alta sociedad de Madrid, mucho más concentrada en celebrar el fin de la Gran Guerra que en elucubrar con quién me casaba yo.

Que nos veían felices, que los ojos nos brillaban y no podíamos dejar de sonreír como dos bobos, se nos notaba a la legua. Y eso, en un enlace de alto postín, no era algo a lo que los mirones estuviesen demasiado acostumbrados.

Recorrimos la estrecha alfombra roja del pasillo sagrado, ribeteada de guirnaldas de hermosas flores de invierno, tomados del brazo, locos por escabullirnos del gentío, las congratulaciones y los abrazos.

Desesperados por quedarnos solos en nuestro nido, el que fuera y donde fuese, con tal de darnos amor a paletadas, que es lo que nos palpitaba dentro.

No era posible. Había que agradecer, sonreír y, con paciencia, aguardar.

La duquesa, enganchada del brazo de la marquesa, su orgullosa consuegra, se dedicó a preguntarle por las flores que adornaban la ceremonia, traídas de su finca del Escorial, y de cómo podría hacerse con unos esquejes para sus palacios, algo faltos de colorido y vida.

El duque y el marqués planeaban viajes juntos una vez se aplacara Europa y la polvareda de los escombros se hubiese asentado.

—América, duque, tenemos que ir cuanto antes. Es la cuna del nuevo futuro.

—Le advierto, querido consuegro, que es una tierra tomada por los burgueses.

—Así podremos estudiarlos y estar preparados para lo que se avecina. Algo me dice que después de esta guerra que ha conmovido al mundo, los cimientos de la aristocracia se tambalean. Nuestros hijos enfrentarán realidades muy distintas a la nuestra.

—Sabía de su sensatez, Arturo, llevo años escuchando alabanzas a su nombre en las tertulias de los clubes. Pero jamás imaginé que fuera tan sagaz y adelantado a su tiempo. Haremos eso que dice. ¡Rumbo a América!

En ese momento del banquete, Alonso Maldonado de Lavidia se puso en pie desde la mesa presidencial y con un ampuloso movimiento de brazos, solicitó silencio.

Todos callamos, convencidos de que iniciaría la ronda de brindis con algún comentario jocoso acerca de nuestra accidentada relación y de los muchos escalones que nos habíamos visto obligados a remontar hasta alcanzar aquel día.

Pero no.

Alonso, siempre en su línea, siempre sorprendente.

—No voy a decirles eso tan típico de que hoy no pierdo una hermana, sino que gano un hermano, porque ya saben que es verdad.

Además, deben de estar hartos de oírlo. Hoy les diré que veo a mi hermana más feliz que nunca y me enorgullece haber tenido algo que ver en la culminación de este pequeño milagro.

—Nos miró alternativamente, a uno y otro, con sumo cariño—.

No les daré detalles, aunque sospecho que lo están deseando, cotillas. Van a tener que quedarse con las ganas.

Un murmullo general de risas contenidas se extendió por la sala. Alonso gozaba de esa rara virtud de soltar lo que pensaba, sin filtros, sin ser demasiado delicado, rayando en la grosería a veces, y no obstante, caer bien a todos. Eras incapaz de odiarlo.

—De modo que, cerrado el asunto de la actual boda, tengo el grandísimo placer de anunciarles la próxima, con el transcendental objetivo de que vayan escogiendo sus galas para la ocasión.

Yo, Alonso Maldonado y Lavidia, futuro marqués de Bonagua, en este acto y con nuestras familias y todos ustedes presentes como mis más fiables testigos, solicito al señor duque de Altolaguirre la mano de su hija, Elvira Pérez de Moncada.

La muchacha se ruborizó hasta las cejas y agachó la cabeza para no afrontar la avalancha de exclamaciones y aplausos que se derramó por la sala. Estaba preciosa, con un vestido de capas de tul verde aguamarina y el sombrero más exquisito que había visto en mi vida.

El duque se puso en pie, balbució unas palabras emocionadas y lo siguiente que vi, fue a mi nuevo hermano abrazarlo como si fuera otro padre.

Qué maravilla poder decir que se cerraba el círculo.

La fiesta dio comienzo en la más bulliciosa de las algarabías.

Beatriz abrió el baile con el marqués y yo hice otro tanto con mi señora madre. Mi mujer estaba tan bonita que, más que una persona, parecía un ángel caído del cielo.

Y era mía.

Mía del todo, como yo era suyo y le pertenecería hasta el fin de mis días.

GRACIAS por leerla.