La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) Empieza a leer…
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En el número ocho de la calle del Barquillo, frente a la Plaza del Rey en Madrid, el sol no sale como en el resto de los hogares. El nuestro brilla más y es más cálido.

Eso decía mi tío desde que tengo memoria.

Años más tarde, yo contaba con veinticuatro y él seguía asegurando lo mismo, aunque sospecho que refiriéndose más al apellido familiar que al edificio donde vivíamos.

Yo, por mi parte, con el tiempo dejé de ser aquel chiquillo ingenuo que se bebía el mundo alrededor con sus grandes ojos y que creía a pies juntillas lo que juraban los mayores.

Llegué a dudar que nuestro sol fuera especial y empecé a admitir que lo veía del mismo color que el del resto del mundo.

Cuando mis padres murieron y me quedé solo y desamparado con tan solo siete años, mi tío Antonio y mi tía Inés, a quienes el Creador decidió no bendecir con descendencia, me acogieron en su casa sin dudarlo.

Yo era el primogénito de Miguel Otamendi, llevaba el nombre de mi abuelo y estaba destinado a ser el mayor de una amplia estirpe de hermanos que jamás nacieron.

De repente, me vi huérfano, indefenso, pequeño y débil, abrumado por los seis pisos de aquel edificio que debía convertirse en mi casa, y las muestras de cariño de un matrimonio que, aunque conocido y asiduo del almuerzo todos los domingos y fiestas de guardar, no eran mis padres ni lo serían en la vida.

No obstante, mi tía Inés bien supo ganarse mi afecto y mi tío Antonio mi respeto.

Mi padre y él fueron socios bien avenidos en todos los negocios que pusieron en marcha y ahora me tocaba a mí representar los intereses del cincuenta por ciento que heredaba.

Eso sí, mientras fui un crío, mi tío tomó por mí todas las decisiones importantes.

Incluso la elección de la mujer con la que en su momento debía casarme.

Una historia amarga que prefería arrinconar en las profundidades de mi mente, aunque de un modo casi diabólico los recuerdos me visitaran a diario, dispuestos a torturarme en algún momento de la jornada.

Eran alrededor de las tres de la tarde cuando abandoné las oficinas de la Compañía del Metropolitano Alfonso XIII y, a pesar de la hora, el sol apenas si lucía mustio por entre una espesa capa de nubes de invierno.

Madrid es así bajo el frío, coqueta y arrogante a la vez, cosida de encanto y gente que camina presurosa por las calles.

Decidí no tomar el tranvía y pasear bajo la niebla, atravesar quizá el mercado callejero y comprarle a mi tía unas uvas negras que tanto le gustaban.

Mis deberes de aquel día para con la Compañía estaban finiquitados, las obras del metro iban viento en popa, tenía disponible todo el tiempo del mundo y una honda pena ahogándome en el pecho que jamás se marchaba.

Las desgracias son losas sobre la espalda, no importa que seas joven ni que la gente te anime a rehacer tu vida.

En realidad, no importa lo que los demás opinen, los demás no suelen solventar tus tragedias.

Me subí el cuello del abrigo para cortarle el camino al dedo helado empeñado en colarse y martirizarme.

Gracias a Dios, podía costearme ropa de buena calidad, no como otros desgraciados que andaban medio descalzos por las aceras, pidiendo limosna y durmiendo bajo los bancos del parque.

Pese a su considerable fortuna, mi tío era reacio a las obras de caridad bajo el lema «no fomentaré la creación de vagos»; pero junto con mi tía logré montar varios comedores de beneficencia que aseguraban un cazo de guiso caliente a aquellos estómagos atormentados, en especial el del día de Navidad en la parroquia de Nuestra Señora de las Victorias que, convertido ya en tradición Otamendi, mi tío no tuvo más remedio que consentir.

A veces me preguntaba si era mi condición de huérfano lo que me hacía especialmente sensible con los semejantes que de todo carecían.

Madrid era pobre en muchos aspectos y teníamos barriadas enteras pasando hambre y necesidad.

Mientras nuestra Compañía familiar invertía millones de pesetas para modernizar la ciudad, creando una red de trenes subterráneos para los que pudieran pagarlos, el resto seguiría caminando bajo la lluvia con sus botas de suela desgastada. Como siempre.

El mercado bullía felicidad, era así cada día.

Los cánticos de los vendedores, el regateo de las cocineras de las grandes casas asegurando los menús de sus señores, las madres con los críos colgados de las faldas y el repiqueteo alegre de las pesetas cambiando de mano.

El comercio vivo suma, actúa como agua sobre la tierra sembrada.

Me detuve frente a un puesto donde el olor dulzón de la fruta y la verdura era especialmente intenso.

Mientras seleccionaba los racimos más frondosos cambiando impresiones con la frutera, sentí una sombra reptar pegada a mi espalda.

Me removí inquieto y la molesta sensación desapareció en un pestañeo, pero en cuanto pagué, recogí el cartucho de papel bien apretado y me despedí de la señora, volví a percibirla.

La perezosa placidez con la que saliera de las oficinas me había abandonado por completo, sustituida por un extraño escalofrío y la certeza de que algo ocurriría.

Algo grave. Algo importante. Aunque todavía no supiera el qué.

Me zambullí en el mar de personas de diversa condición que llenaba la plaza.

Prefería mil veces aquel ambiente castizo que los salones de baile o los cuartos de fumar.

Los clubes de caballeros donde las conversaciones grandilocuentes sonaban a mentira y a traición y los apretones de manos eran más falsos que una moneda de dos pesetas.

No recordaba haber vivido la penuria de mi padre y sus batallas para conseguir la concesión del metropolitano, las puñaladas por la espalda que recibió, los intentos de los que se llamaban amigos por arrebatarle los derechos, pero, cuando se ponía melancólico, mi tío Antonio no hablaba de otra cosa, de modo que conocía hasta el menor de los detalles de aquellas truculentas historias.

Y lo que a él le producía orgullo, pues suponía el triunfo de los Otamendi, a mí me repugnaba.

No por lo que concernía a nuestra familia, desde luego, sino al mal que nos orbitaba alrededor.

La envidia invisible, disfrazada pero presente.

Un tenue roce volvió a encender mis alertas.

El bulto menudo moviéndose veloz, palpando las esquinas de mi abrigo con extrema habilidad.

Para su desgracia, yo me conocía las tácticas de los carteristas más consumados, ellos mismos me las habían relatado en las jornadas de comedor benéfico, dramatizándome los trucos como si de un teatro se tratara.

Alargué la mano y cacé su brazo con los dedos cerrados alrededor, apretados como un garfio.

Me sorprendió la extrema delgadez de aquel miembro, apenas el hueso pelado.

—¿Dónde crees que vas, diablillo?

El bulto se sacudió, forcejeando para liberarse. No se lo permití.

—¿Tratando de robarme? ¿Sabes que puedes acabar entre rejas?

Oí un gruñido gutural propio de un animal salvaje. Y dos ojos verdes como la hierba me miraron desde detrás de una maraña de pelo rojo.

—Veo que no te importa, igual piensas que en una celda al menos comerás y dormirás caliente. ¿Sabes lo que les pasa en la cárcel a los chicos como tú?

Volvió a retorcerse mientras yo trataba de discernir, con mucha curiosidad, si mi presa pertenecía al género masculino o no.

—¡Déjeme ir!

Ahí estaba, una voz mucho más aguda de lo que cabría esperar. Era joven, sí, pero no un chicuelo como pensé en un principio, sino una jovencita con más roña y miseria encima de lo que la piel humana es capaz de soportar. Cuando pude contemplar su cara, se me detuvo el corazón.

Así y todo, o precisamente por eso, me resistí a soltarla.

—¡Que me deje, le digo! —aulló bajito.

—¡Alto! ¡Quieta! ¿Cómo te llamas, muchacha? —Tiré de ella para alejarla del gentío. Necesitaba aislarla junto a la fachada de algún edificio para poder comprobar que mi enfermiza primera impresión era cierta. Sin embargo, la muy ladina no dejaba de retorcerse como una gata de campo.

—¡Déjeme ir! No le he robado nada, ¡no le he robado nada!

—Porque no te he dejado. ¿Qué tal si ahora mismo aviso a la policía y te entrego?

No sé por qué esperaba un destello de pánico en aquellas negras pupilas.

Lo que vi, sin embargo, fue arrogancia y desafío, algo inusual en un ladronzuelo callejero.

En otras circunstancias, de tratarse de un vulgar pilluelo, lo habría dejado libre con una buena colleja que le sirviera de escarmiento, pero en ella había algo que me impedía soltarla.

Algo que empezaba en su revuelta cabellera roja y moría en el suave surco de sus labios.

No la dejaría escapar, habría renunciado a muchas cosas antes que a perderla.

—¡Estate quieta de una vez, muchacha! Óyeme, ¿tienes hambre?

Creí que estallaría en carcajadas. ¡Cielo santo! Estaba tan flaca que la pregunta sobraba. Sostener aferrado su bracito era como sujetar un atizador de chimenea.

—¿Quieres comer? ¿Quieres un techo?

Entonces sí me miró, perpleja, y dejó de removerse un segundo.

—¿Un techo para cuánto?

—Para todo lo que consientas comportarte.

—¿Es usted cura?

Pestañeé desconcertado.

—No, claro que no.

—Entonces ni lo sueñe.

Volvió a sacudirse como una lagartija. La presión de mis dedos alrededor de su extremidad se incrementó. Aún a riesgo de marcarle la piel, seguía dispuesto a no dejarla escapar.

—¿Rechazas una casa donde puedes vivir a salvo del peligro y el frío de las calles? ¿Donde comerías tres veces todos los días?

—¿Tres veces?

—Incluso cuatro.

La mención de la comida a alguien seguramente muy hambriento varió el gesto retador de su bonito rostro; pero fue un pestañeo, enseguida recuperó la actitud colérica y sus párpados se entornaron casi con odio.

—¿Tan tonta me cree? Sé para lo que los señores como usted llevan chicas a sus casas.

—Para que limpies y atiendas a mi tía —repliqué con firmeza—. Eres una cochina mal pensada.

—Vivo en la calle, señor.

Asentí en silencio. Tenía razón. Aprovecharme de ella y de su situación de necesidad extrema era algo que no se me había pasado por la cabeza, ni entonces ni nunca, pero, por desgracia, no todo el mundo en Madrid pensaba ni se comportaba igual que yo.

—De acuerdo. Esta es mi oferta: puedes acompañarme si quieres y marcharte cuando gustes. Si ves que no te tratamos adecuadamente, puedes irte, la puerta estará siempre abierta, nadie va a retenerte.

Y, aventurándome a que se esfumase corriendo, lentamente liberé su brazo.

Nos quedamos frente a frente, observándonos como dos gallos de pelea a punto de arrancarse las plumas.

Sin embargo, la energía de la muchacha se había calmado.

Sería el frío, el dolor de huesos o el estómago ya perforado por la falta de alimento, pero algo me decía que lo estaba considerando. Tanto a mi propuesta como a mí mismo.

—¿Y podré irme cuando quiera?

—En el momento en que tú decidas.

—¿Y no me denunciará a la policía?

—Si no lo he hecho ahora, ¿qué sentido tendría hacerlo luego? Dime a dónde hay que ir, querrás recoger tus cosas.

Me miró desde abajo casi divertida, con aquellos ojos verdes inocentes y sorprendidos.

—¿Cosas? Yo no tengo más cosas que las que caben aquí.

Reparé en una especie de bolsa ajada que llevaba colgada en bandolera y que protegía con las manos y los brazos como si le fuera la vida en ello.

—¿Vamos pues?

Dijo que sí con un gesto seco de la cabeza. Yo sonreí sin pensar.

—¿Me da uvas de esas?

—Mejor aún, voy a comprarte una buena hogaza de pan y un trozo de queso y, mientras caminamos hasta casa, puedes contarme lo que quieras.

—No quiero contar nada.

—Dime al menos cómo te llamas. Mi nombre es Carlos.

Me miró con desconfianza. No iba a ser fácil conseguir que se relajara, aquellos jóvenes ojos debían de haber visto muchos horrores, cosas que yo no podía ni siquiera imaginar.

—No va a embaucarme con palabras dulces, señorito Carlos.

Se me escapó una risita. Emprendí la marcha y ella se mantuvo a mi lado, caminando rígida, erguida como una reina. Con movimientos poco delicados, pero rotundos. Inexplicablemente segura de sí misma y del suelo que pisaba.

—Irene —soltó al cabo de un buen rato—. Me llamo Irene.

CONTINUARÁ…