La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 44
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Una vieja historia

Beatriz

Se me encogió el estómago. No era plato de gusto ver a mi padre, el ilustre marqués de Bonagua, suplicando.

Rogando por mi felicidad. Sabía que su exquisita educación no le permitiría exponer mi presunto estado de buena esperanza, como también evitaría, en lo posible, mencionar la salida de tono de Dorotea Fernández de Castro en el baile.

No en vano, en aquel punto, un Maldonado de Lavidia intervenía y se ensuciaba.

—Pues no deberíamos permitir que algo así nos componga la vida —manifestó dolido—. La felicidad es un bien escaso, duque, y un matrimonio conveniente para ambas estripes que no esté amañado, sino que se une por amor, podría calificarse casi de milagro.

—Y no es que lo contradiga. Sin embargo, espero que entienda que, para nosotros, los Altolaguirre, el honor y una reputación intachable son importantes. ¿Qué digo importantes? Vitales.

Llenó una copa en la mesita de licores, tras pensárselo llenó otra, y vino a sentarse, posando la segunda en la mesa auxiliar más cercana a mi padre.

—Los chicos van a casarse, duque, queramos nosotros o no, ya son adultos y por fortuna no estamos en el siglo XIX.

—En eso se equivoca. Entiendo que a usted le resulte muy sencillo enfocar así las cosas, siendo padre de una mujer.

Me pregunto si sus planteamientos irían por el mismo camino de estarse aquí debatiendo el destino matrimonial de su hijo y futura cabeza del marquesado.

Gustavo será duque más pronto que tarde y bajo ningún concepto permitiré que…

—En ese momento de furor, pareció distinguir por vez primera la silueta de Elvira—.

¿Es preciso que discutamos todas estas intimidades en presencia de una criada?

—Puede quedar tranquilo, duque —lo serenó mi padre con aire distraído—. El servicio de mi casa destaca por su extrema discreción. Imagine que ni está, siquiera.

—Ya, bueno, pero… En fin, como le decía. Marcar al heredero del ducado con un desaire semejante, un insulto que va contra la respetabilidad y la decencia…

Para mi total desconcierto, Elvira dio tres pasos adelante y salió de las sombras. Su voz sonó contundente y aterciopelada, no parecía la misma. Tampoco ella aparentaba ser la persona que nos servía y a la que yo había convertido en confidente.

—Algunos nobles se convierten en paladines de la decencia —sentenció con gravedad— y defienden el honor a capa y espada, mientras ocultan en el sótano sus más vergonzosos secretos, ¿verdad, padre?

¿Padre?

A todos estuvo a punto de darnos un vahído. Aquella chica había perdido por completo la sesera. ¿Cómo se le ocurría hablar sin haber sido interpelada? ¿Cómo osaba dirigirse al duque? Por qué condenada y demente razón se atrevía a llamarlo… ¿padre?

El duque de Altolaguirre fijó en ella unos ojos despiertos e interesados, muy diferentes en color y forma a los de su hijo Gustavo, pero inquietantemente similares a los de mi doncella.

—Supongo que no me reconoce. ¿Cómo habría de hacerlo, si por interés olvidó mi nacimiento hace ya más de veinticinco años?

—¿Quién diablos es esta muchacha? ¿Cómo se atreve? ¡Salga de esta sala ahora mismo! —rugió poniéndose en pie— ¡Y de mi casa!

—Me marcharé —aceptó ella envalentonada—. Pero no antes de haber dicho todo lo que he venido a decir. Esperé demasiado tiempo.

—Elvira, por favor… —balbuceé, presintiendo lo rematadamente mal que podía terminar todo aquello.

—Señorita Beatriz, permítame.

A mi padre le dio un ataque corto de tos.

—Creo que, llegados a este punto, mi hija y yo deberíamos ausentarnos para que traten entre ustedes temas tan íntimos…

—¡No hay ningún asunto que tratar! ¡Y menos íntimo! ¡Por Dios, marqués! ¿Es que no lo ve? Se trata de una vulgar criada que está inventando…

—No se ausente, don Arturo, se lo ruego. Para mí es importante contar con testigos fiables de esta conversación —musitó Elvira con un hilo de voz.

Avanzó un poco más, colocándose en el centro de la habitación. Vencido de momento, el duque se derrumbó en su sillón y tomó la copa evidenciando la indiferencia que aquello le provocaba. O simulándola. Sin mirarla, hizo un gesto indolente con el que le permitía continuar.

—Sé lo que estarán pensando —arrancó mi doncella—.

Y no, no soy ninguna bastarda. Soy la primogénita del duque, una hija legítima nacida dentro de un matrimonio legal, aunque no aceptado por la familia Pérez de Moncada.

Un matrimonio por amor, padre, ¿recuerda lo que significa eso?

Con la hija del señor de Calatayud. ¿La recuerda, excelencia?

Su primera esposa. La que murió. ¿Y a su hijita?

Cuando surgió la oportunidad de heredar el ducado, y un señorío no es nada comparado con un ducado, la mácula de un matrimonio anterior con una noble de más bajo rango entorpecía.

Y con descendencia, además. De modo que se desentendió de su hija mayor, apenas un bebé, dejándola a cargo de unos molineros, a los que pagaba, convenciendo al resto de la familia de que la niña había muerto del mismo mal que su madre.

El rostro del duque no parecía hecho de piel, sino de papel de carta. Blanco y tembloroso. Sus ojos desencajados y húmedos. La convulsión en las manos lo obligó a desprenderse de la copa por miedo a derramarla.

—Para su desgracia, estoy viva, padre, estoy aquí.

Vine con la intención de vengarme y reclamar lo que me pertenece.

Y compruebo que después de tantos años sigue siendo usted víctima de los prejuicios y las reglas, que va a tirar la felicidad de su único hijo por el desagüe con tal de tapar un pequeño escándalo del que nadie se acordará el mes próximo.

Olvidando el suyo propio, ese que con tanto afán guarda en los armarios.

El duque no lograba articular respuesta alguna, aunque no dejaba de intentarlo. Con una sonrisa dulce y mucho más serena, Elvira empezó a mirarme.

—La primera vez que me crucé con Gustavo, lo odié. Con todo mi ser, ya que él disfrutaba de todo lo que a mí se me había negado. Tuve que emplear toda mi generosidad y la escasa bondad que aún pueda albergar mi corazón, para perdonarlo y entender que, a fin de cuentas, no tenía culpa de nada.

—Elvira —balbuceó tembloroso el duque.

Ella no le hizo ningún caso. Se giró a mirarme a mí.

—Lo siento, señorita Beatriz. La utilicé porque mi mente clamaba venganza. Pero es usted una persona maravillosa, mi hermano será inmensamente feliz a su lado. Ahora solo hace falta que mi padre recuerde que él una vez también amó con toda el alma y lo comprenda.

—¿En serio hemos tenido sirviendo como criada a la hija de un duque? —musitó mi padre desfallecido—. Creo que voy a desmayarme.

—Elvira, hija, yo…

—Sí, siento ser el vivo retrato de madre.

—No digas eso. No lo digas ni en broma. Lo que tu madre significó para mí...

—Usted lo enterró en cuanto le convino. Es hora de que lo desempolve.

El aristócrata hundió la cabeza en el pecho. Vi agitarse sus anchos hombros, sacudidos por el llanto.

—Era muy joven, vulnerable, devastado por la muerte de tu madre. Me aconsejaron mal, me dejé influir… Da lo mismo, no importan las excusas que pueda poner tras tantos años. No tengo perdón de Dios.

—Puede que no de Dios, pero puede ganarse el de su hija. Decida usted, padre. O les da permiso para casarse y su bendición, o le cuento a todo el mundo quién soy y lo que esta familia esconde.

El duque de Altolaguirre levantó despacio la cabeza y fijó su atención en aquella joven desconocida, apenas tres o cuatro años mayor que Gustavo. A continuación, se levantó y a pasitos cortos, fue hasta ella.

—¿Y si transijo aceptarías pasar el resto de tu vida en las sombras, como sirvienta?

—No me importaría si con eso garantizo la felicidad de Gustavo y Beatriz. Tampoco es que vaya a echar de menos lujos y oropeles, nunca he tenido gran cosa.

—Duque, ¡no puede consentirlo! —irrumpió apasionado mi padre— ¡Es un disparate!

—No, desde luego que no puedo consentirlo.

Ya me equivoqué una vez. —La fuerza y la ira habían desaparecido por completo de la voz de Altolaguirre.

Con temor a que ella lo rechazara, trató de tomar las manos de su hija.

Sin embargo, para sorpresa de todos, Elvira no se apartó—.

Has venido a recordarme que el honor que con tanto brío exijo a otros, yo lo perdí en mi juventud.

Por favor, tengan la bondad de dejarme a solas con mi hija. Tenemos mucho de lo que hablar.