La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 43
93%

43

La visita

Beatriz

Habían pasado unas dos semanas desde nuestro encuentro. Puro fuego en las venas y el corazón.

Y lo habíamos repetido.

Más de una docena de veces. Cada vez con más ansia. Más ardor. Cada vez más convencidos de estar hechos el uno para la otra.

Nuestro crimen era querer casarnos. Pertenecernos a ojos de Dios y del mundo.

¿Tan malo era? El duque continuaba cerrado, regodeándose en sus vergüenzas, soportando el rosario de retahílas de su señora esposa, según las cuales, se estaban convirtiendo en la comidilla de lo más granado de Madrid por haber plantado a la hija de los marqueses del Infantado.

Gustavo y yo lo poníamos en duda. Con una guerra mundial a pique de clausurarse por fin y una epidemia asolando la ciudad, hasta los perversos mentideros tendrían cosas más importantes que despedazar, pero ¿quién convencía al duque de Altolaguirre de lo contrario?

Tenía que idear un modo de que mi propio padre diera un paso adelante.

Y me inventé lo peor que a una señorita de buena familia podría pasársele por la cabeza, tras el embuste de la fuga. Cacé a mi padre en su despacho, a punto de tomarse una copita de brandy, que diría que se le atragantó.

—¿Que estás embarazada? Beatriz, hija mía, por amor de Dios, ¿embarazada?

—Sí, padre, estas cosas pasan —me excusé con fingida inocencia.

—¡No me vayas a decir cómo pasan! ¡No se te ocurra decírmelo! Entre tú y tu hermano vais a quitarme del mundo, ¡ay, señor!

—¿Cuánto hace que Gustavo y yo avisamos de que nos queríamos? ¿Cuánto? Mucho, padre, bastante paciencia hemos tenido.

El marqués me miró como si me hubiera vuelto loca de remate.

—¿Y encima alardeáis?

—Alardeamos no, padre. Alardeo. Gustavo todavía no sabe nada de nada.

—En estas cosas, ¡se tiene toda la paciencia que corresponda, Beatriz! —rugió entre dientes, para no gritar, por miramiento al servicio— ¡Se espera lo que haga falta! Porque para algo te hemos educado como una señorita decente. Si tu madre se entera… si tu pobre madre se entera… No se te ocurra.

—Hasta que lo hayamos solucionado —dejé caer con intención.

—¿A qué te estas refiriendo exactamente? —Me miró con pánico.

—A que tienes que hablar con el duque, padre. Esto ya pasa de castaño oscuro. Gustavo se ha empeñado en contar con su bendición, dice que bastantes disgustos le ha dado ya…

El marqués suspiró hondo, recordando los que él mismo recibía de sus propios vástagos. Me mordí el labio inferior.

—A lo mejor necesita un empujoncito…

Lo dispusimos todo para la visita. Con el formalismo y la parafernalia que merecía. Y mientras me arreglaba y peinaba, Elvira pidió permiso para entrar en mi alcoba. Me giré en el asiento del tocador, sorprendida, para ver qué tenía que decir con tanta urgencia.

—Señorita, si me permite… Yo… querría acompañarla.

—¿A la mansión de los duques?

Asintió estrujándose nerviosa las manos.

—¿A ti qué se te ha perdido donde los…? —atacó Paquita sin tomar ni aire.

Le hice una señal para que se callara.

—Siempre has estado en contra de esa familia, no te parecían buena gente, hasta quisiste disuadirme de mi amor por Gustavo.

—Todo eso es verdad, señorita —reconoció con azoro.

—Y ahora que pretendemos ponerlo en un aprieto para que conceda el permiso para casarnos, ¿quieres venir con nosotros?

—Sí, señorita.

Arqueé las cejas, confusa. Miré a Paquita. Ella tampoco entendía nada.

—Tendrá que acompañarla una doncella, y digo yo, si no podría ser una servidora.

Sonreí en prueba de agradecimiento. Por su evidente esfuerzo.

—No necesito carabina, Elvira, voy con el señor marqués.

—Creo… que podría serle de ayuda, señorita.

Aquello me dejó sin palabras. Muerta de intriga.

—¿De ayuda?

—Usted decide. Iré o no iré, lo que usted me diga. Pero le aconsejo que me lo permita.

—Su excelencia, su señoría el marqués de Bonagua solicita verle.

Otro noble que no iba a poder tomarse su copita de media tarde en paz y tranquilidad. Mi renqueante padre y yo, seguidos de la fiel Elvira, nos metimos por las bravas en su mansión.

—De acuerdo, que pasen.

Sonó bastante desconcertado. No era propio de un marqués aparecer de aquella manera, sin anunciarse ni traer heraldos con trompetas. Y menos, llegar acompañado de su hija, con cara de vendedor de enciclopedias.

Pérez de Moncada nos miró de hito en hito, más extrañado que molesto. En cuanto reaccionó nos ofreció asiento y a mi padre, algo de beber. Aceptamos lo primero, educadamente, el marqués rehusó lo segundo.

—¿A qué debo el honor de esta visita?

—Don Iñigo, lo que vengo a decirle es algo que ya le consta. Los muchachos…

El duque marcó un gesto seco y mi padre enmudeció.

—¿Cuándo menciona a «los muchachos» se refiere a nuestros hijos?

—Sí, claro.

—Pues haga el favor de no referirse al futuro duque de Altolaguirre como «el muchacho». Suena bastante despectivo.

—Trataba de ser afectuoso. —Arturo Maldonado de Lavidia carraspeó.

—Don Gustavo no necesita afecto de nadie, marqués, ya tiene a su familia. Por cierto, ¿cómo sigue su señora de usted? ¿Mejor? A usted le veo muy buena cara.

Como aristócrata curtido en relaciones de la corte, mi padre supo bailar al son que le tocaba el duque, amoldándose con naturalidad al inesperado giro de la conversación.

—Ahí vamos, duque. Espero que mi Eugenia saque fuerzas de flaqueza y venza a esa maldita enfermedad que quiere llevársela.

—Yo también rezo porque eso suceda. Me congratula comprobar que usted se ha recuperado del todo.

—No crea, no crea, duque. Sigo con mis achaques.

Uno ya tiene una edad y la virulencia de esa gripe me dejará secuelas de por vida.

Es por eso… —alzó unos ojos casi implorantes—, que previendo que algún infortunio pueda llevarme de este mundo antes de lo previsto, quisiera ver felices y casados a nuestros hijos.

El duque resopló manifiestamente contrariado.

Se puso en pie y dio un par de vueltas por la amplia estancia.

Elvira, nada más llegar, se había colocado en una esquina de la sala, cobijada entre las sombras, allí donde resultaba por completo invisible.

Apostaba a que nuestro anfitrión ni siquiera había reparado en su presencia.

—Marqués. Como comprenderá, yo no tengo nada en contra de su hija, doña Beatriz —se dirigió a mí un instante—, una joven hermosa, inteligente, educada con esmero y que parece amar a mi hijo con sinceridad.

El problema, y esto es una explicación tan manida como que el sol sale cada día por el mismo y aburrido punto, señor mío, es que empeñé mi palabra de matrimonio con otra familia.

Que para colofón, son acérrimos enemigos de la suya.

—Ni el marqués del Infantado ni yo, en particular, ni nuestras esposas o hijos, hemos tenido encontronazo de ningún tipo.

—Ya sabe, son rencillas antiguas, que huelen a viejo y deciden salir a relucir cuando menos conviene.