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Una pensión muy decente
Beatriz
Madre continuaba enferma. Por el contrario, padre se había recuperado lo suficiente como para debatir en familia los pros y los contras de la cuestión «del Infantado», más una prometida inventada que no existía.
El marqués decidió, con buen tino, que Alonso tomara un tren, mandarlo a San Sebastián de vacaciones como mínimo una quincena.
Por si la súbita confesión ante la desmadejada Dorotea tenía consecuencias indeseadas.
—Procura no meterte en líos mientras estás en el norte —lo avisó cuando mi hermano acudió a su alcoba a despedirse—.
Allí descansan la mayor parte de nuestros amigos y conocidos.
Trata de pasar inadvertido, si es que tal cosa es posible.
Vas a quitar a tu madre del mundo de los vivos si no lo ha conseguido la gripe.
Me ofrecí a acompañarlo a la estación y, después de sellar con un fraternal abrazo y mis mejores deseos lo que le agradecía el que se hubiese metido en semejante atolladero para dejarme vía libre con Gustavo, cuando el tren se puso en marcha y me sequé la lagrimita tonta que se me escurrió cara abajo, decidí regresar caminando.
Despedí al chofer y disfruté del buen tiempo del día atravesando a pie la ciudad. No era algo que hiciéramos a menudo ninguno de nosotros. Y menos, desde que se extendió la epidemia.
La caminata me fue llevando, sin yo quererlo, hacia la pensión de la señora Eusebia, donde Gustavo se hospedaba desde la última y, al parecer definitiva, trifulca con el duque.
De mutuo acuerdo habíamos decidido dejar correr unas semanas, ahora que el compromiso con Dorotea estaba hecho añicos, y que todo se enfriara antes de dar el siguiente paso.
Ilusionada con verlo, no contaba yo con el muro impenetrable de la dueña de la pensión. Atravesada en la puerta, negándose a dejarme entrar.
—Ya le dije en su momento que esta es una casa decente. Aquí no entran muchachas.
—Solo quiero charlar un rato —supliqué por enésima vez—. Haga el favor de llamarlo, no le pido más.
—No estoy yo para andar llamando a nadie. Cada cual tiene sus labores y yo ando atareada. Váyase, moza, ya se verán otro día, en el parque, en una cafetería, comiendo churros…
—¡Beatriz!
Ver a Gustavo bajando la escalera, impecable y con un mechón de pelo oscuro cayéndole sobre la frente, fue como ver aparecer al Salvador subido en una nube.
—Vengo de la estación. Quería despedir a Alonso, pero llegué tarde y el tren ya había partido. A ti no te encontré por ninguna parte.
—Ah, pero ¿son familia ustedes dos?
—Es mi novia, señora Eusebia. No pasa nada, nos casamos ya mismo.
—Ya mismo, ¿cuándo es?
—Cuestión de tiempo, poco, se lo aseguro. En cuanto encuentre un trabajo digno, que me permita tener a mi mujer como una reina. Déjela pasar, ande, que sé de sobras comportarme.
La mujer nos miró de hito en hito con las manos apoyadas en las caderas y el gesto torcido.
—No sé yo…
—¿Es que ha perdido la confianza en su huésped favorito? Diga que no, que me voy a poner muy triste.
¡Menudo embaucador zalamero! Engolando la voz, acorralando a la casta señora Eusebia con sus malas artes dignas de mi querido Alonso.
Contuve la risa el tiempo imprescindible para que ella se bajase del burro y me permitiera la entrada.
Gustavo me agarró de la mano, y como dos críos traviesos, subimos a la carrera y entre risas, la escalera que conducía a su cuarto.
—¿Se marchó con bien el heredero? —Me ofreció una silla, que acepté, y sacó una botella de vino dulce y un par de copas.
—El heredero le da a la familia más quebraderos de cabeza que alegrías. Pero sí, ha tomado el tren y va camino de San Sebastián, sin novedad.
—Hay que reconocerle los méritos en esta última refriega. Lo hizo por nosotros y, casi no me atrevo a decirlo, creo que ha funcionado.
—Esa Dorotea… Dios me perdone, pero no parece estar muy cuerda, la muchacha.
—Esa jovencita infeliz vive atormentada con las presiones de su padre, que a toda costa quiere verla casada.
—Le va a resultar difícil…
Soltamos a la par una alegre carcajada. Gustavo alzó el vaso y propuso un brindis.
—Por nosotros. Que sí nos casaremos. Dime que más pronto que tarde, o me muero.
Le guiñé pícara un ojo.
—Algo me dice que estamos en el buen camino, señor Pérez.
Apuramos el vino y servimos otro más. Y luego otro. Hasta vaciar la botella. Y envuelta en el delicioso sopor del caldo, nuestros ojos se miraron con un brillo especialmente alentador.
—Merecerán la pena todas las batallas que toquen luchar —me dijo en un susurro—, tú mereces la pena.
Bajé la cabeza, ruborizada. No era lo que me estuviese diciendo, los halagos tan sentidos. Era el modo en que los pronunciaba, como pequeñas perlas de miel que se escapaban de entre sus labios deseables.
—Y pensar que estuve a punto de arrollarte con el condenado carruaje.
—El destino tiene a veces maneras muy caprichosas de unir a dos personas, ¿no te parece? —Lo repasé de arriba abajo, seductora.
Él me correspondió con una mirada de igual calibre.
—Lo que es la vida… —Alzó el brazo y su mano cálida se posó en mi mejilla, la recorrió suave, como el aleteo de una brisa de primavera. Todo mi cuerpo se estremeció a su contacto—. Menuda suerte tuvimos.
Respondí a su caricia tocándole la base desnuda del cuello. Allí donde los botones desabrochados de su camisa dejaban un sugerente hueco y el vello de su pecho se insinuaba.
—Eres un hábil jinete que supo controlar bien al caballo. De otra manera…
Nos pareció una tontería seguir perdiendo el tiempo cuando nos deseábamos de aquel modo.
Cuando nuestras pieles bramaban su necesidad de fundirse y estábamos más que dispuestos a derribar lo que fuera con tal de estar juntos.
Las bocas, los labios, las lenguas desarrollaron su propio lenguaje de bienvenida al encontrarse en un choque tan brutal como placentero.
Se volvió profundo. Se volvió salvaje.
Se hizo incontrolable, se nos fue de las manos.
Lo que sentíamos, las ganas tanto tiempo contenidas escaparon de nuestro control.
No podía pensar en nada que hacer para frenarlo, mucho menos detenerlo.
Cuando quisimos darnos cuenta los dos estábamos completamente desnudos, piel con piel, cuerpo a cuerpo, sobre el colchón de su cama.
Haciendo justo lo que doña Eusebia temía que hiciéramos.
Comernos vivos.
Como si el mundo fuera a explotar en pedazos en un rato y aquella fuera nuestra única oportunidad de amarnos.