41
Asalto camino de la Mallorquina
Beatriz
—Pero ¿te das cuenta del aprieto en el que estás metido? ¡Por hacerme a mí un favor! ¡Alonso! Ese hombre es capaz de perseguirte por todo Madrid hasta que cumplas con lo que considera que es tu deber, casándote con su hija.
—Menuda estupidez, ni que me hubiera encamado con ella. ¿Cómo se pone tan atacado por un simple beso?
—¿En serio me preguntas eso tan obvio?
—Pues sí. No creas que a la chica no le gustó el arrebato, que vaya si le…
No podía seguir escuchando majaderías. A veces, muchas veces, Alonso, pese a ser mayor que yo, parecía un crío de pecho. Cuanto más lo pensaba, menos descabellado me parecía que tuviera al lado una mujer madura de mente como Elvira, en lugar de una muchachuela infantil de cerebro plano.
—Se ataca porque tenía concertado el matrimonio del siglo y tú se lo has desbaratado, querido hermano.
No lo vi mostrar el menor signo de inquietud. Cero remordimientos. Más bien le hacía gracia todo aquello, estaba sentado en la butaca de papá, en la biblioteca, de lado y con las piernas colgando sobre el brazo del sillón. Fumándose un puro que olía a rayos.
—Alonso, por Dios, algo habrá que hacer.
—Escabullirme mientras sea posible —sonrió burlón—.
¿No estás contenta? Tu duque y tú tenéis vía libre para estar juntos.
Y dentro de muy poco, cuando al gran Altolaguirre se le pase el berrinche, hasta casaros.
No entiendo cómo un hombre de las hechuras de Gustavo puede querer casarse. Si podría tener a cualquier mujer que…
—¡ Alonsooo !
—Ya me callo. Pero no me negarás que tiene porte. Y está mal que yo lo diga, pero es muy bien parecido.
—Por supuesto que no te lo niego. Por eso y por muchas otras cosas, me tiene enamorada.
—El amor, el amor…, que cantan los poetas. ¿Me acompañas a la Mallorquina a comprar unos dulces para madre? Necesito tenerla contenta y de mi parte, para cuando todo este asunto de Dorotea salte por los aires.
—Entonces también habrá que traerle bollos a padre. Ay, Alonso de mis entretelas, mira que llegas a ser liante.
Salimos de casa, rumbo a la Puerta del Sol, que quedaba cerquita. Colgada del brazo de un hermano rumboso, convencido de que había hecho lo mejor y lo más conveniente, y que la visita del iracundo marqués la tarde anterior, no traería más consecuencias cuando se serenase.
—Fíjate cómo llegó de rabioso y lo poco que tardó en venirse abajo. No he hecho nada irremediable, no he preñado a su hija, más quisiera ella, no puede obligarme a que me case… ¡Recáspita!
Al girar una esquina, nos dimos de bruces con una Dorotea de ojos entrecerrados y ladinos, que parecía estar allí anidada desde el siglo pasado, esperando a que cruzáramos.
—¡Por fin! —palmeó— ¡Aquí lo quería yo ver!
Me quedé muda. Hasta Alonso necesitó sus buenos minutos para reaccionar.
—¡Dorotea! —saludó con la boca seca— ¿Cómo usted por aquí?
—Pensé que le convenía más hablar conmigo que enfrentarse a mi padre. Ni se figura, está colérico.
—Vaya, qué detalle por su parte…
—¿Cuándo nos prometemos? —lo asaltó.
Quise que me tragaran los adoquines del suelo. Sonaba como una auténtica desquiciada.
—¿Prometernos? ¿Quién? ¿Usted y yo?
—Pues claro, Alonso, ¿de quién podría estar hablando si no?
—Pero es que eso… eso, querida Dorotea, no va a ser posible.
—¿Cómo que no? ¿A cuento de qué?
—A cuento de que yo… yo… Yo ya estoy prometido.
No fue solo Dorotea la que estuvo a punto de sufrir un colapso al oírlo. Yo por poco me caigo redonda al suelo. Él se quedó tan fresco.
—¿Usted? ¿Prometido? —se desmoronó la pobre— ¿Y estando prometido va y me besa en una fiesta donde todo el mundo pudo vernos?
—¡No! Cuando la besé, aún estaba soltero. Mi compromiso llegó después. Más tarde. A continuación.
Dorotea ladeó el cuello mirándolo con suspicacia, calculando los días.
—Usted me besó —volvió a acusarlo.
—Y usted a mí también.
—Su beso llegó primero.
—Cierto, la besé. Pero no es menos cierto que usted me rechazó. No el beso, el beso me lo correspondió. Me refiero a mí, a mi persona.
—Yo no…
—Sí, sí, admita que me rechazó. Puede que no con el cuerpo, pero sí con el espíritu. Lo percibí sin lugar a duda. Usted es una dama respetable que se sentía comprometida con otro y obró en consecuencia. Me rindo a sus pies, Dorotea, su actitud es admirable.
—Pero Alonso, lo que yo siento… —trató ella de meter baza sin conseguirlo. Mi hermano ya había cogido carrerilla y cuando eso sucedía era temible.
—Sin embargo, entiéndame usted a mí, algo tenía que hacer con mi alma destrozada. El corazón se me rompió con tal denuedo, que para curarlo me vi empujado a prometerme de inmediato con otra dama.
—¿Có… cómo… cuándo? —balbuceó la inocente.
—Como consuelo, claro está, sin amarla, solo como consuelo. Pero ya está hecho. Y no puedo volver a prometerme, porque ya estoy prometido.
—¿Puedo saber de quién se trata?
—De Elvira.
—Elvira, ¿qué más?
Alonso desvió su mirada angustiada hacia mi persona, allí, petrificada como una gárgola, y alguna ridícula asociación de ideas debió de llevar a su mente los apellidos de Gustavo.
—Pérez de Moncada. Elvira Pérez de Moncada.
Las cejas de Dorotea bailotearon con estupefacción.
—¿Pariente de los duques?
—Debe de serlo. —Se encogió de hombros.
—¿Cómo que debe? O se es, o no se es.
El cabezahueca de mi hermano se lo pensó mejor.
—Pariente, sí, pariente. Parientísima. El caso, mi querida Dorotea, es que no soy un hombre libre, aunque quisiera. Y mirándola a usted, mire que querría. Transmítaselo así a su señor padre. Con todos mis pesares.
—Pero… ¡Alonso!
—Y ahora, si nos disculpa —me agarró del brazo y juntos, la esquivamos para seguir calle adelante—, tenemos unos recados que llevar a cabo y unos pasteles que comprar. Ya sabe, estas cosas se celebran.
Allí se quedó la desgraciada. Varada en mitad de la calle Alcalá, con dos palmos de narices y la boca abierta como un pez moribundo. Me habría reído a carcajadas de no ser por la vergüenza terrible que aquel ardid me causó. Reconocía la intención, festejaba el resultado. En cuanto al método…
Dios librase a la que cargara con mi hermano como marido.