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Enemistad de generaciones
Beatriz
Todavía me hormigueaba el cuerpo con el recuerdo de la presencia de mi amor en nuestra casa, perdida en el aroma de su perfume aún flotando en el saloncito, cuando alguien volvió a llamar a la puerta provocando que uno de los lacayos viniera a interrumpir mi lectura, muy alterado.
—Señorita Beatriz. El marqués del Infantado y su hija están en el recibidor. Preguntan por el señorito Alonso.
Respingué del susto, superada por la imagen de una catástrofe de dimensiones apocalípticas.
—Si me permite la indiscreción, a su señoría se le nota muy disgustado —añadió el lacayo en un murmullo acelerado.
—¿Dónde está mi hermano?
—No sabría decirle, señorita, creo que ha salido.
—Vigilen todas las entradas y no permitan que nadie lo vea hasta que yo me libre de la visita. Si hace falta esconderlo debajo de una cama, lo esconden.
—Como usted mande, señorita. ¿Los hago pasar?
Asentí poniéndome en pie para recibir a dos nobles que, contrariamente a las normas básicas de protocolo, no habían anunciado su visita presentándose a la buena de Dios. Me pellizqué las mejillas, por ver si se me notaba menos el mal rato y forcé una sonrisa de cartón.
El hombre entró en la sala como un huracán embravecido, seguido de cerca por su atribulada hija, que trataba en vano de frenarlo. La muchacha, mucho menos espantosa de lo que el crápula de Alonso nos había hecho creer, parecía pasarlo realmente mal.
—Buenas tardes, qué inesperada sorpresa —saludé—. ¿Desean…?
—¿Dónde está? —me cortó con brusquedad el marqués. Echaba chispas por los pequeños ojos.
—¿… sentarse? —rematé— ¿Puedo saber a quién busca?
—¿A quién habría de ser? ¡A ese desgraciado, irrespetuoso, malnacido e indigno Alonso Maldonado de Lavidia!
—¡Padre, por Dios! —sollozó Dorotea derrumbándose sobre la butaca— ¡Conténgase, se lo ruego!
Permanecí en pie. Con las manos fuertemente entrelazadas, perforando a aquel energúmeno con una dura mirada. Todos los reproches que mi hermano merecía de mi parte continuaban intactos, pero viendo aquello, entendía que la única víctima, como casi siempre, era la pobre hija.
—¿Quiere que le ordene una tila, marqués? —ofrecí sin ninguna amabilidad—. Lo veo muy nervioso. Tanto como para perder las formas y venir a insultar al heredero del marquesado de Bonagua a su propia casa.
—Jamás pensé que tendría que pisar las baldosas de este suelo.
Nuestras familias llevan enemistadas generaciones y así debe continuar —rugió cambiando de asiento, como si el que acababa de elegir no le satisficiera—.
El censurable comportamiento de su hermano no ha venido sino a empeorar las cosas, señorita.
¿Hay, por amor de Dios, algún varón en esta casa con el que me pueda entrevistar de hombre a hombre?
Lo bañé en desdén, con una mirada que lo repasó de pies a cabeza y que debió de sentarle fatal.
—Tendrá que conformarse con esta señorita que, le aseguro, sabe discutir de cualquier tema tan bien o tan mal como un hombre.
—No era mi intención ofenderla…
—En cualquier caso, dé gracias al cielo de que mi padre no se encuentra en casa —lo amenacé sin perder un ápice de rigidez.
—¿Y su hermano? —insistió algo desinflado.
—Pues me temo que tampoco. —Sonreí maquiavélica—. Así que, si quiere usted ahorrarse el esfuerzo de explicarse delante de una mujer, puede dejar las reclamaciones para mejor ocasión. Así le será posible anunciarse con carácter previo, cosa que hoy no ha hecho.
A aquellas alturas, Dorotea gimoteaba desconsolada, aplastada por el bochorno, y el marqués del Infantado empezaba a ser una sombra del ciclón desenfrenado que nos había barrido minutos antes.
Me compadecí de su desgracia.
—Lo de la tila iba en serio. ¿Le apetece? Voy a ordenar que sirvan una a la señorita, creo que la necesita.
—Se lo agradezco mucho —hipó ella, manoseando histérica su pañuelo.
El marqués asintió con la cabeza. Se iba apagando.
Le concedí unos minutos para que se calmara, avisé al lacayo y encargué infusión para todos. Una vez se hubo ausentado el criado, mi visitante volvió a la carga.
—Disculpe mi imperdonable falta de modales, señorita Maldonado. Estoy muy, pero que muy contrariado. Su hermano ha deshonrado a mi hija delante de todo el mundo, en una fiesta.
—¡Cielos! –exclamé fingiendo estupor— ¿Que la deshonró? ¿Acaso…?
—No, no llegó tan lejos.
—¡Fue solo un beso! —se entrometió Dorotea—. El mejor beso que me han dado en la vida. Y no es que yo no estuviera de acuerdo…
Su padre la fulminó con dos pupilas como dos teas ardientes. Sentí lástima por la pobre muchacha, de mi hermano no cabía esperar gran cosa. Llegó el servicio de tilas y aguardamos un ratito en silencio mientras sirvieron.
—Bueno, marqués, un beso entre jóvenes, hoy día, tampoco es algo por lo que escandalizarse —traté de mediar, una vez solos.
—Habla usted como si tuviera la edad de su madre. Por supuesto que es para escandalizarse, en público, en mitad de una terraza, como una cualquiera. Sepa usted que estábamos a punto de anunciar el compromiso de mi hija con alguien muy importante. Y ahora… ¡Ahora…!
—Padre, yo prefiero a Alonso.
—Alonso cumplirá con sus obligaciones —sentenció el marqués—. Vaya si cumplirá.
—Me temo, señor, que eso tendrá que hablarlo personalmente con él, o con mi padre.
Tuve la sensación de que la perspectiva de encontrarse cara a cara con el marqués de Bonagua le producía espanto.
—Don Alonso es adulto, perfectamente responsable de sus actos, no hay necesidad de implicar a su señor padre en este asunto tan desagradable.
—Como prefiera. ¿No va a tomarse la tila?
De repente, el marqués del Infantado parecía un perrillo buscándose la cola. Ni rastro del bárbaro desahogado que había entrado por la puerta hacía un rato, dispuesto a pasarnos por las armas a la familia al completo.
—No, gracias. Se lo agradezco igualmente. Vamos, Dorotea.
La muchacha se apresuró a ponerse en pie, trastabillando.
—¿Serán tan amables de enviar recado cuando don Alonso esté disponible?
Se me quedó en la punta de la lengua, algo así como un «puede esperar usted sentado, caballero». Pero me limité a sonreír como la buena anfitriona que estaba jugando a ser.
—Cómo no, marqués. Enviaremos nota avisando. Buenas tardes.