La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 39
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Una dama comprometida

Beatriz

La mano se me quedó floja. Tanto que estuvo a punto de caérseme la cucharilla al suelo. Y a continuación, la taza. Cuando mi hermano finalizó su relato, con el ánimo bromista y despreocupado de quien cuenta algo gracioso, se me formó un nudo horrible en la garganta que no conseguía tragar.

Desvié la mirada hacia Gustavo, que había pasado a preguntar por nuestros padres y nos acompañaba tomando un café. Se había puesto intensamente pálido, con los labios separados y la boca entreabierta como si estuviese a punto de soltar una exclamación de horror que no llegó a proferir.

—Que ha hecho, ¿qué?

—Comprometerla, Gustavo, comprometerla. Darle a su familia de usted una buena razón para anular ese compromiso absurdo que tanto lo atormenta. Y que, al fin y al cabo —agregó como si hubiera olvidado algo importante—, ni siquiera era oficial.

—Ya, pero la pobre Dorotea…

—La pobre Dorotea se me tiró encima como si pretendiera comerme. Sin reparos y a la vista de todo el mundo.

Se me humedecieron los ojos, de pura angustia.

—Porque tú la provocaste, Alonso, que ya nos conocemos. No haces nada inocente, por más que quieras aparentar que sí. Se mire como se mire, eres el único responsable del escándalo.

—No es que no le agradezcamos la intención, no me malinterprete —intervino Gustavo con azoro—, sé que su voluntad no era otra sino ayudarnos. El caso es que esa cándida muchacha…

Alonso meneó un dedo estirado, de un lado a otro, delante mismo de nuestras narices.

—No, no, no, no se confunda. A ver si abre de una vez los ojos, nada de cándida.

Admito que mis métodos son un tanto… peculiares.

Hasta podría confesar que extremos, en ocasiones.

Solo porque soy un hombre sin miedo al qué dirán.

No obstante, bien podría haberme comportado de idéntico modo y que la señorita en cuestión me hubiera condecorado con dos soberanos guantazos.

Asentí pensativa.

—Habría sido lo esperable, ¿no están de acuerdo?

—Visto así…Tienes tu parte de razón, ¿no te parece, Gustavo?

—No lo discuto. Yo tampoco habría esperado un proceder tan descocado por parte de Dorotea Fernández de Castro. ¡Por favor! ¡Si de ordinario se conduce como una beata de toca y rosario!

—¡Por eso mismo, futuro cuñado! ¡Por eso mismo! —aulló triunfante Alonso—. Esas son las peores. Viven reprimidas y cuando se les abre la espita… —Hizo un gesto con las manos en el aire, como el estallar de unos fuegos artificiales.

Sentí que las mejillas se me convertían en dos llamas.

—Por amor del cielo, Alonso, que estoy presente, evita, si puedes, tu jerga de taberna…

Conteniendo una carcajada, Gustavo se puso en pie y anunció su despedida.

—Aprovecharé la estela del desafortunado incidente para parlamentar con el duque, mientras el chisme crepita, no sea que se enfríe.

—Hará bien, cuñado, hará muy bien —aplaudió mi hermano.

—¡No lo llames cuñado! —lo reprendí.

Alonso me miró sorprendido.

—¿Cómo que no? ¿Quieres entonces decirme para qué andamos montando todo este monumental lío?

Gustavo

Habida cuenta que aquella iba a ser la conversación definitiva, no me contenté con convocar al duque. También le pedí a mi señora madre que estuviera presente, petición que, movida por la curiosidad, acogió gustosa.

—Supongo que ya habrá llegado a sus oídos lo que todo el mundo comenta —arranqué bastante incómodo.

Por más que pudiera beneficiarme, la situación en la que Alonso había terminado colocando a Dorotea, a mis ojos «la pobre Dorotea», porque no era más que una víctima de las artimañas de un donjuán muy experimentado, eso me constaba, me resultaba dolorosa.

Sin poder desprenderme de la pegajosa sensación de ser culpable.

No directamente. Desde cierto enfoque.

La duquesa emitió un gemido de espanto y se cubrió la boca con su pañuelito de hilo blanco. El duque resopló contrariado, pero se mantuvo terco, en silencio.

—Padre, le han ofrecido en bandeja la manera más elegante y sutil que pueda imaginar de deshacer ese desagradable entuerto en el que, sin mala intención, me ha enredado.

Si no desea abordar un tema tan poco agradable —añadí empujado por su mutismo—, lo comprendo.

No obstante, al menos, deme su palabra de que lo hará. Anular el acuerdo.

En lugar de tranquilizarme con una promesa, el duque se sirvió una copita de jerez y volvió a sentarse, parsimonioso. Me incliné hacia adelante, hasta apoyar los codos en las rodillas. Muy desesperado.

—No haré tal cosa —gruñó—. He empeñado mi palabra de honor y tú cumplirás.

Apreté los labios con intensa rabia.

—Cumplirás.

Lo fulminé con la mirada, tragándome todas las cosas horribles que deseaba escupir.

—¿Por qué no dices nada? —me apremió.

—Porque a mi juicio, nada de esto cambia las cosas.

—¿Cómo que no? —intervino la duquesa—. Lo cambia todo.

—O no cambia nada, Teresa. Podemos hacer como que no ha sucedido.

—La ha visto medio Madrid, Iñigo, ¿cómo que no ha sucedido? Detestaría ver a mi hijo desposar a una muchacha ligera de cascos que no sabe mantener la compostura y a la que todo el mundo señala.

Vi necesaria mi intervención. Había llegado el momento que tanto había temido, dada la ofuscación del duque.

—Es cierto que Dorotea ha cometido un error significándose de esa forma, lo que viene a demostrar que ella tampoco es que esté dispuesta a sacrificios y concesiones por mi afecto.

No me ama, padre. Está deseosa de recibir atención y amor, y lo merece, está en su derecho.

Pero insisto en que lo que ha pasado no cambia nada, porque jamás pensé, ni por un instante, en casarme con ella.

—Gustavo, hijo…

—Esperaba no tener que llegar a enfrentamientos familiares, padre, pero veo que se niega usted a ver la realidad. No me casaré con Dorotea. Bajo ningún concepto. Estoy enamorado…

—Ya lo sé, lo sé, de otra mujer. Esa pasión irrefrenable del principio, tan propia de la juventud… Gustavo, no te engañes, pasados unos años todos los matrimonios son iguales. Y si no, pregúntale a tu madre aquí presente.

—Se equivoca. No con Beatriz a mi lado, se lo aseguro.

—Fantaseas, la idealizas, es natural, no creas que no te entiendo.

—No, padre, desde luego que no me entiende. Ni la fuerza de lo que siento por ella, ni la firmeza de mi resolución. No recorreré la senda de la vida de otra mano que no sea la de Beatriz. —Callé sus protestas con un gesto—. Y si se ve incapaz de aceptarlo…

—¿Qué, Gustavo? ¿Con qué tratas de chantajearme ahora?

—Lo siento, tendrá que buscar otra persona para que herede su ducado.