La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 38
82%

38

Con todo el mundo mirando

Antes de abandonar la mansión Bonagua aquella noche, vestido de punta en blanco y con un brillo misterioso en los ojos, Alonso pidió disculpas a su hermana por asistir a una fiesta pese a la situación familiar.

Beatriz no terminaba de entender su extraño comportamiento, cuando el heredero del marquesado encerró su mano entre las suyas y susurró un «volveré con buenas noticias», sin responder ni a una sola de sus angustiosas preguntas.

El carruaje con los blasones del título Bonagua grabados en sus portezuelas cruzó parte del Madrid antiguo con Alonso dentro, fumando un purito cubano.

No es que la preocupación porque sus padres se salvaran se hubiese extinguido, pero era un alma inquieta, en el interín necesitaba sentirse útil de algún modo.

Ayudar a aquel amor sincero entre Gustavo y la pequeña Beatriz, que parecía nacido para enfrentarse a todo tipo de obstáculos, se había convertido en su misión secreta.

Pese a la losa que imponía la devastadora epidemia, por encima de la precariedad de salarios, comida y bienes de primera necesidad que sufría España, neutral en la Gran Guerra y, sin embargo, afectada, las grandes casas seguían celebrando sus frívolas fiestas.

Bailes para los que los invitados se engalanaban, donde se fingía que todo iba bien, que cada minuto que pasaba no se perdían miles de vidas, que nada realmente malo sucedía.

Y en la lista de asistentes de aquel en concreto, un nombre destacaba con especial brillo a ojos de Alonso: el de Dorotea Fernández de Castro.

Su objetivo.

La localizó en el gran salón, justo después de cumplimentar a los anfitriones, vestida con tanta pompa, lazos y volantes que dañaba a la vista. Medio acurrucada a la sombra de una anciana de gesto agrio que no le dirigía la palabra.

Con una copa en la mano y su mejor sonrisa de seductor, Alonso merodeó alrededor de Dorotea, lanzándole miradas insinuantes, apuntando con un gesto de mentón y un suave arqueo de cejas a las enormes vidrieras que comunicaban con las terrazas.

Hasta hubo una ocasión en que se inclinó en una ligera reverencia a modo de saludo.

Luego, con andar flemático y acompasado, salió a tomar el aire y permaneció apoyado en la balaustrada hasta que presintió que también Dorotea acababa de hacerlo.

A varios metros de discreta y decorosa distancia.

Dedicándole miraditas de soslayo que lo animaron a acercarse. Muy lentamente para no espantarla, Alonso quedó a un par de zancadas y sacó un pitillo. Levantó la pitillera de oro y le ofreció.

—¿Le apetece uno, señorita?

—Oh, no, no —se apresuró a responder ella—. No fumo. Nunca he fumado.

—Siempre hay una primera vez para todo —insistió—. Especialmente para las cosas que producen un inusitado placer.

Ella se ruborizó hasta la raíz del cabello. Pero no se movió del sitio.

—Alonso Maldonado y Lavidia. —Le tendió una mano.

—Dorotea Fernández de Castro. —Hizo otro tanto.

Alonso hizo amago de besarle los nudillos y aprovechó el movimiento para colocarse aún más cerca, con la mejor de sus sonrisas.

—He oído hablar mucho de usted.

—Espero que bien.

—No tan bien como merece la realidad. Es usted mucho más fascinante y arrebatadora de lo que comentan. Los caballeros que no se le arrojan a los pies deben de estar ciegos.

Ella echó atrás la cabeza y soltó una tímida carcajada.

—Por amor de Cristo, señor. Seguro que son exageraciones.

Alonso la traspasó con una mirada intensa ensayada mil veces.

—En absoluto. A veces… —Rodó los ojos, hizo una mueca divertida y miró al cielo como si le resultara imposible seguir con la frase—. No, mejor no se lo digo, que ya debe haberlo oído mil veces y quedaré como un palurdo.

Los ojos de ella pestañearon con frenesí.

—Continúe, don Alonso, no me deje en ascuas.

—A veces los hombres somos sumamente estúpidos. Vemos a una mujer hermosa —apuntó hacia ella con todo el cuerpo—, nos deslumbra, pero no nos atrevemos a dar el paso. Algo nos hace sentirnos inferiores. Como ve, somos unos cobardes.

—¿A usted le ha pasado eso, don Alonso?

La traspasó con su mirada incendiaria.

—Me acaba de pasar.

Dorotea jadeó embelesada. En todos sus años y pese a los muchos millones de su familia, ningún caballero tan irreverente y atractivo la había mirado con aquella entrega. La hacía sentir especial, divina, única. ¡Qué sensación incomparable!

Y entonces, cuando Alonso, que era, de los dos, el que no perdía detalle de lo que sucedía alrededor, comprobó que la terraza se llenaba de gente ilustre, saltó al vacío al abalanzarse sobre la muchacha, tomándola del talle, besándola con salvaje ardor.

Con todo el mundo mirando.

Los ojos de Dorotea se abrieron como platos, encarcelada en el abrazo de Alonso, con las manos en alto como si la estuvieran apuntando con una pistola.

Pero el asombro le duró medio segundo. Enseguida respondió al abrazo y también al beso, aferrándose con desespero a la espalda del hijo del marqués y devorándolo con una inusitada alegría que dejó perplejos a todos los testigos.

Cuando Alonso quiso distanciarse, ella no se lo permitió. Pegó un tirón y lo mantuvo firme en el mismo sitio. Al joven no le quedó más remedio que prolongar la caricia, sintiendo cómo la nariz de loro de Dorotea se le clavaba en la mejilla.

—¡Lo siento! —exclamó arrepentido de repente.

Saltó hacia atrás y la sujetó por los hombros, no fuera a acometerlo de nuevo— ¡Le pido mil perdones, señorita!

¡La tentación me ha vencido! ¡La atracción que usted ejerce sobre mí ha sido más fuerte que mi voluntad, mis modales y el respeto que le profeso! Le ruego que me dispense…

Ella parecía recién despertada de un sueño. Ni siquiera se había percatado del escándalo con el que todos los miraban y los cuchicheos que empezaban a extenderse por grupos como una mancha de aceite.

—Don Alonso, yo… ¡Siento lo mismo!

Él colocó una mano extendida entre los dos, a modo de muralla insalvable, y simuló estar consternado.

—No puede ser, esto no ha podido ocurrir. Sé que está usted prácticamente prometida, sé que no debí atreverme a mirarla. Todo eso lo sé, pero ¿cómo evitarlo?

Parecía imposible no darse cuenta de la teatralidad con la que Alonso se conducía.

Lo desmedido de sus aspavientos, cómo ahuecaba la voz.

Y sin embargo, Dorotea estaba embebida, por completo dentro de la romántica escena, sucumbida a sus encantos, sin poder pensar en otra cosa que no fuera por qué daba la impresión de no estar entendiéndola.

—¿Ha oído lo que le he dicho? —indagó con angustia— ¡Alonso!

Alonso se mordió un puño, mortificado. Ella se llevó dramática la mano al pecho.

—Que yo siento…

No la dejó rematar.

El caballero cruzó a la carrera la terraza ante la mirada atónita de los invitados que habían presenciado el lujurioso encuentro, y en un santiamén se había perdido por entre las cristaleras.