37
Deseo concedido
Beatriz
Gustavo concentró su mirada en las chimeneas que sobresalían por los tejados del antiguo palacio, planteándose Dios sabe qué cosas. O dando gracias por haber nacido varón.
—Mírame a mí, esquivando las órdenes de mi padre. Un mandato al que no sé si llamar capricho, que me convertiría en un desgraciado de por vida. ¿Y la segunda cosa?
—Ahí —señalé a la izquierda—, en la azotea del número ocho, algunas noches encienden velas. Y se oyen susurros, risas, suspiros, entrechocar de cristal en brindis y besos. Estoy segura de que el sobrino de los Otamendi se ha enamorado.
Me miró largamente.
—¿Como tú?
—Como yo.
Su brazo serpenteó por la línea de mis hombros y me transmitió su calor antes de estrecharme con ligereza.
—Pide un deseo —me preguntó sin esperarlo.
Sonreí encantada de que alejase de aquella forma la melancolía que otra vez empezaba a rodearme.
—¿Puedo ser un poco egoísta?
—Puedes ser lo que tú quieras.
—Que padre y madre salgan con bien de esta. Que todo vuelva a ser como era, que la sensación de inseguridad y vacío que no me deja dormir por las noches se extinga como una capa fina de rocío. ¿Y tú?
Me dedicó un mohín travieso.
—¿Puedo ser un poco egoísta?
—Desde luego que sí, está usted en su derecho, caballero —bromeé.
—Quiero que te cueste separarte de mí. Que si no estamos juntos te falte el aire. Porque eso es lo que yo siento cuando no estoy contigo.
Giramos como si fuésemos uno solo, un solo cuerpo con una única voluntad. Y quedamos enfrentados a un paso de fundirnos el uno en el otro, de un modo humanamente imposible. Pulgada a pulgada fuimos devorando la distancia que nos separaba y que siempre parecía ser demasiada.
—Deseo concedido —susurré casi pegada a su boca.
Nos rendimos.
Cedimos a la tentación.
Porque nos besamos. Lenta y apasionadamente. Nos regalamos la caricia de nuestras vidas. Nuestras lenguas primero se buscaron; al encontrarse, danzaron entrelazadas. Más tarde el fuego se disparó sin posibilidad de control.
A mi memoria volvían en ráfagas tórridas los recuerdos de nuestra noche de intimidad.
El modo en que la piel se me había erizado, ardiendo bajo su tacto.
El cúmulo de sensaciones casi insoportables entre los muslos, la forma en que me tocaba y hasta la última fibra de mi ser caldeado respondía.
Y mientras me besaba, las rememoré todas.
Volví a sentirlas como si aquello estuviera sucediendo de nuevo.
Paso por paso. Roce a roce. Rodeé su cuello con mis brazos sedientos de él, mis manos se anclaron en su nuca y nuestros cuerpos, que no ansiaban otra cosa más que unirse, se pegaron el uno al otro con desesperación.
Estoy segura de que fue uno de los besos más placenteros que han podido regalarse dos amantes.
Infinito como el cielo. Gritando deseo a los cuatro vientos, un concentrado de todo lo que hubiéramos deseado hacernos, sin poder.
Porque estábamos en mi casa. Con mi familia en las plantas inferiores y mis pobres padres luchando por su vida en una especie de hospital de campaña improvisado.
Nos costó separarnos.
Interrumpir aquella demencial caricia sin principio ni final, por la que nos habríamos lanzado, sin dudar, al precipicio.
Un beso prolongado, dulce y salvaje al tiempo, que nos había catapultado fuera de este mundo hasta rozar las nubes con la punta de los dedos.
Regresar a esa cruda realidad que nos esperaba con las zarpas afiladas y que habíamos abandonado momentáneamente.
Nos perdimos el uno en las pupilas del otro.
—Haría cualquier cosa por ti, lo sabes —me dijo—. Por verte feliz, que sonrieras muy a menudo. Y por estar a tu lado cada vez que eso ocurra.
Tras muchos suspiros y anhelos no satisfechos, abandonamos el apoyo de la balaustrada, la compañía del cielo quemado del atardecer en Madrid.
Al pie de la escalera nos cruzamos con el médico y sus dos ayudantes. Cansados, llenos de pesadumbre.
—¿Cómo los encuentra, doctor Ferrer? —quise saber ansiosa.
El hombre introdujo sus largos dedos por debajo de la montura de sus gafas para masajearse la nariz.
—Estables. Lo que es una muy buena noticia. Desde hace un par de días apenas si empeoran. Si la fiebre empieza a remitir podemos empezar a ser optimistas.
—¿Podemos entrar a verlos?
—Ni se les ocurra. Aguarden unos cuantos días más, hasta estar un poco seguros. —Nos miró de pies a cabeza, tanto a Gustavo como a mí—. Ustedes deberían cubrirse la boca y las fosas nasales con algún tipo de mascarilla o pañoleta. Solo por precaución —sonrió agotado—, se les ve sanos.
Los despedí en la puerta principal, afligida, pero con Gustavo a mi costado, tal que si fuésemos marido y mujer, anfitriones de aquella casa atendiendo a sus invitados.
Nos permitíamos un último y breve paréntesis de sueños que no tardarían en hacerse pedazos.
Porque así estaban las cosas: la salud de mis padres pendiente de un hilo, la posibilidad de quedarnos huérfanos revoloteando como cuervos hambrientos sobre nuestras cabezas.
Una epidemia mundial y el fin de una guerra en ciernes, que, si bien lo tenían todo detenido, en cuanto se aflojara el lazo, Gustavo tendría que enfrentarse a un compromiso indeseado con una mujer que no era yo.
Y yo, Beatriz Maldonado y Lavidia, con la cruel y devastadora posibilidad de perderlo para siempre.
No podía pensar en ello sin sentirme mareada. Sin que me explotara el corazón. Sin verlo todo rojo.
—¿Te quedas a cenar? —le pregunté después de cerrar la puerta. Sin soportar la idea de que se marchara y no saber cuándo volveríamos a vernos—. No tengo idea de dónde se ha metido mi hermano.
—Se le veía muy interesado en… Elvira —me recordó con picardía.
Puse los ojos en blanco.
—Mi hermano es especialista en sacar líos de un pozo. Y echárselos a la espalda. Espero que esa muchacha no resulte dañada. Emocionalmente, me refiero.
—¿Puedo arriesgarme diciéndote algo?
Asentí muerta de curiosidad.
—Soy hombre. Y salvo excepciones, soy capaz de leer en los ojos de mis hermanos. La mirada de Alonso a esa chica…
—No irás a decirme que va en serio.
—No podría afirmar tanto, pero sus sentimientos son honestos. Es todo cuanto sé.
—¿Y por cuánto tiempo? Alonso es así. Por cierto, ¿qué sería lo que tenía en mente respecto a tu prometida?
Se le retiró el color de la cara.
—No es mi prometida.
—Ya me entiendes. Dorotea.
—Lo sabremos cuando él decida contárnoslo. De momento solo me ha hecho una extraña petición.
Enarqué las cejas.
—Que lo avise cuando pueda coincidir con ella en algún evento público.