36
Cuatro para jugar
Beatriz
—¿Qué?
—Déjala en paz.
—¿Por qué te pones tan nerviosa? Solo necesitamos otro contrincante más para ser cuatro.
—¿Y vas a llamarla precisamente a ella? Alonso, no juegues —insistí.
—¿Qué mal hay? No es más que una doncella.
—Por eso mismo, es una doncella y más pronto que tarde le harás daño.
—Vaya mal concepto tienes de mí, hermanita.
—¿Serías capaz de convencerme de lo contrario?
Alonso y yo nos habíamos dedicado a tirotearnos puyas en presencia de Gustavo, casi sin recordar que no formaba parte de la familia…
todavía. Tal era la confianza que nos inspiraba.
De no ser por su discreto carraspeo para que frenásemos, habríamos seguido desempolvando reproches y trapos sucios desde la más profunda intimidad.
El caso es que, por lo visto, mi hermano pensaba continuar, incluso teniéndolo como testigo. Exhaló un hondo suspiro a modo de preámbulo.
—Si te dijera… —arrancó cohibido. Apenas recordaba al Alonso de siempre—.
Si os dijera que la mayor parte del tiempo solo tengo ganas de morirme y que tenerla cerca actúa de bálsamo.
Sé que suena muy infantil tratándose de mí, pero Elvira es especial, mi ángel particular, ese que el cielo ha enviado solo para salvar mi alma. Y por una vez no bromeo.
—Señoritos.
Acababa de rematar su sentido discurso, dejándonos atónitos a Gustavo y a mí por la carga de sentimiento que destilaba, cuando la delicada silueta de Elvira se recortó en la puerta. Mirando al suelo, inquieta y con las manos anudadas en el regazo.
—¿Han llamado?
Alonso le hizo una seña desenfadada. Como si el hombre perdidamente enamorado que nos había abierto su corazón segundos antes se hubiera evaporado en el aire al chasquear los dedos.
—Ven, acompáñanos a jugar al parchís.
A Elvira se le descompuso la cara.
—Señorito, yo no…
—Nos falta un jugador, venga, Elvira, no te hagas de rogar. Estamos en confianza.
Apoyé la oferta de Alonso con un cabeceo amable y, con muchos reparos, la joven se decidió por fin. Un poco temblorosa, ocupó la cuarta silla alrededor de la mesa, mirándonos a todos, en especial a Gustavo, con ojos desorbitados.
—Todo esto es muy… —Se detuvo en mí—. Señorita.
—Siéntate, Elvira. Has sido formalmente invitada —la cortó mi hermano.
—Es embarazoso —repitió ella con un balbuceo.
Posé la mano en su antebrazo, dándole un apretoncito cariñoso.
—Son tiempos inauditos. Relájate y no le des vueltas.
—Usted es Elvira, ¿verdad que sí? —preguntó Gustavo.
Oír su voz y, probablemente el tratamiento respetuoso y formal con el que el hijo de un duque se dirigía a ella, la hizo estremecer de forma visible. Asintió sin casi alzar la cabeza gacha.
—Es curioso. Su rostro me resulta… Me resulta familiar.
—No puedo imaginar la razón, señorito.
—Ni yo un lugar donde vosotros dos hayáis podido coincidir. —Alonso soltó una risotada divertida—. Por cierto, olvidémonos de los nombres. Mientras dure la partida seremos solo Rojo, Azul, Verde y Amarillo. ¿Conformes?
Veinte minutos más tarde, los cuatro reíamos haciéndonos todas las trampas posibles bajo los efluvios del brandy, y una momentánea amnesia que nos permitía zafar tanto la diferencia de clases como la triste realidad de aquella casa.
Habíamos formado dos equipos enfrentados, Gustavo conmigo contra Alonso y Elvira.
Y acabábamos de propinarles la mayor paliza de su existencia.
Mi hermano se sirvió la enésima copa de la tarde, si bien solo se mostraba ligeramente achispado. Su tolerancia al alcohol y sus efectos eran algo nunca visto.
—Desde que tengo memoria, no es que lleve demasiado bien lo de que lo venzan en ningún juego o competición —cuchicheé a oídos de Gustavo.
La cercanía del gesto y el olor de su piel, que me envolvió de inmediato, me abrumó y me hizo desear estar en otra parte. Entre sus brazos cálidos y en la intimidad, donde nadie pudiera reprocharnos que no teníamos derecho a amarnos, que estábamos destinados a compartir la vida con otras personas.
Mi hermano Alonso pareció leerme el pensamiento.
—Si os apetece ir a alguna parte a fumar, no seré yo quien me oponga después de haberos fugado. Tenéis el permiso del actual señor de la casa, don Alonso Maldonado y Lavidia.
Elvira hizo amago de levantarse para desaparecer. Mi hermano lo impidió sujetándola por la muñeca.
—No, por favor, quédate un rato más.
Entonces comprendí que su insinuación podía deberse más al deseo de compartir un rato a solas con la mujer que lo tenía soliviantado, que a hacerme a mí un favor.
—Sí —concedí de buena gana—, vayamos a fumar.
Gustavo me repasó con desconcierto.
—Si tú no fumas…
—Pero me encanta disfrutar del aire fresco y unas buenas vistas. ¿Me acompañas?
Mi respeto personal por Elvira pasaba por creerla capaz de defenderse solita, si el crápula de mi hermano intentaba sobrepasarse.
Algo que tampoco concebía estando en casa, todos juntos, rodeados por un enjambre de criados atentos que podían aparecer en cualquier momento.
Me colgué del brazo de Gustavo y lo empujé con diplomacia hacia las escaleras.
—Subamos. Hasta arriba del todo.
Lo conduje a la azotea. Tras la ristra interminable de agotadores escalones llegamos justo a tiempo de contemplar el atardecer y zambullirnos en su paleta de colores.
—Qué bello —murmuró Gustavo sobrecogido—. Cualquiera diría, mirando ese cielo, que nuestra ciudad está en paz. Que no hay una guerra asolando Europa, ni una epidemia llevándose a las almas por miles.
—Suelo subir aquí cuando mi familia, mi casa o mi insípida vida me asfixian. Imagina lo tonto que suena ahora, cuando la idea de perder a mis padres me tiene destrozada y supondría el peor castigo. Desde aquí he visto dos cosas.
Apunté con un dedo estirado hacia la Casa de las siete chimeneas, cuyo recuerdo aún me bloqueaba de pavor.
—Luz en las plantas altas de la casa, y alguna vez en la zona baja, como el titilar de unas velas. Terminaré dándole la razón a doña Inés, nuestra vecina.
—¿Por qué?
—Porque asegura que el fantasma de doña Elena sigue cautivo en ese palacio, clamando por la justicia que se le negó en vida.
—Dicen que la asesinaron para tapar las miserias del rey. Sus infidelidades más flagrantes. Si es que es inmoral, ¿cuántas mujeres han pagado en la sombra por los crímenes de hombres importantes?
Apoyamos a la par los codos en la balaustrada y permitimos que la suave brisa nos acariciase el rostro.
—No creas que han cambiado mucho las cosas. A las mujeres nos queda tanto camino por recorrer para ser consideradas ciudadanos de primera categoría, que tiemblo solo con imaginarlo.