La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 35
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Penurias diarias

Beatriz

A partir de ahí, todo fue una aterradora bola de nieve rodando por una pendiente. Cada vez más grande. Cada vez más peligrosa.

Madre sufría lo indecible con una tos que la asfixiaba y unas fiebres que la hacían delirar.

Los casos de gripe se multiplicaron por la zona de Gran Vía, calle de Alcalá y alrededores, y los médicos no daban abasto visitando a sus ilustrísimos enfermos a domicilio.

Los menos influyentes fueron trasladados a los hospitales incluso en contra de su voluntad y la de sus familias.

Atenderlos uno por uno, en sus propias casas, de forma individual, era ya inviable.

Madrid se colapsó.

Yo me pasaba el día pegada a la puerta de la alcoba de doña Eugenia, las más de las veces sentada en el suelo, la espalda apoyada contra la madera, acariciándola con aire ausente como si aquel tablero tallado fuese mi madre y yo una demente huida del manicomio.

Paquita se enfadaba conmigo cuando pretendía obligarme a ponerme en pie y acostarme, o me traía una silla que yo rechazaba.

—Prométame que no van a llevarse a madre, se lo ruego, prométamelo —sollozaba golpeando suavecito la puerta con los nudillos.

Desde dentro, mi padre me oía. Y cuando salía a refrescarse o cambiarse de ropa, sin atreverse a tocarme por miedo al contagio, me daba su palabra de que madre no se iría.

Hasta que él también enfermó.

Lo vimos venir.

Yo al menos, que no me separaba de aquella puerta como si el mundo fuese a acabarse si lo hacía.

Su extremo agotamiento, su lento caminar, arrastrando unos pies que parecían hechos de plomo.

Sus ojeras oscuras formando círculos bajo los ojos.

La falta de apetito de la que se quejaban las criadas al recoger las bandejas cada día.

Alonso no.

Mi hermano prefirió curar sus penas dándole a la botella, recluido en la biblioteca, llorando en silencio su amargura y aceptando, únicamente, la compañía de Elvira, a la que cada día estaba más unido.

Aquello ya no era un secreto para nadie.

Como tampoco la importancia nula o relativa de un probable escándalo, teniendo en cuenta la tragedia que atravesábamos.

Yo solo rezaba para que la pobre Elvira no saliera embarazada. Alonso podía abandonarla en cualquier momento si se aburría y aunque yo no pensaba darle la espalda, lo tendría muy difícil, soltera y con un crío a cuestas.

A ratos me decía a mí misma que exageraba las cosas, que las sacaba de quicio y las deformaba porque estaba exhausta, triste, desconsolada y vencida.

Que cuando los marqueses salieran por fin de aquellos aposentos, tan vivaces y sanos como siempre habían sido, los apuros y el resto de contrariedades desaparecerían como por encanto.

—Eso es lo que buscaba, señorita. Liarse con el señorito Alonso, o al menos con alguien de postín —criticó Paquita sin piedad, mientras me cepillaba el pelo aquella noche—. Ni más ni menos. Vaya con la Elvira. Ya sabía yo que no me olía a trigo limpio.

—Elvira, Paquita —la corregí con desgana—. Sin el «la» delante, que siempre te olvidas.

—Bueno, pues eso. Elvira. A secas. Que nos ha salido muy viva la niña, vaya que sí.

—Más le vale tener cuidado, díselo de mi parte. Que de mi hermano nadie puede fiarse.

—Y menos ella, señorita, que no es más que una criada recogida de la calle, sin más formación ni referencias que las que le hemos dado en esta bendita casa.

La miré con curiosidad a través del espejo.

—Para no traer referencias, como tú dices, bien que se las despachaba con las tareas. Diligente y habilidosa.

—Por lo que le digo de la astucia. ¿Y del señorito Gustavo? ¿Qué sabemos?

Le agradecí en el alma el giro de la charla. Tanto que dejara de despellejar a Elvira, que imagino que sabría cuidarse solita, como que mencionara a Gustavo. Porque en el acto el corazón se me esponjaba y todo parecía un poquito menos doloroso.

—De momento, en su palacio no tienen ningún caso de gripe, de manera que los duques le han prohibido terminantemente que nos visite.

—Serán malajes …

—No solo a nosotros, Paquita. A cualquier familia con enfermos. Es comprensible temer al contagio. Así y todo, él se escapa y viene a verme.

La cara de Paquita se contrajo en una sonrisa ancha como una tajada de melón.

—Si es que lo tiene usted loquito, señorita. ¿Le ha comentado algo más acerca del compromiso con la Fernández de Castro?

—Gustavo se sigue negando y todo está muy parado por culpa de la epidemia. No son tiempos para bailes, anuncios, mucho menos para bodas. El señorito Alonso tenía algo en mente para ayudar, pero no ha vuelto a mencionarlo, no sé qué sería.

—Pues hablando del rey de Roma, su hermano la espera abajo en el saloncito de música para acribillarla al parchís.

La fulminé con los ojos.

—Es lo que ha dicho el señorito, palabra por palabra. A mí no me mire de esa manera.

Contemplé de malas ganas mi reflejo en la luna. Apenas podía reconocerme.

—No me apetece.

—Ande y baje, señorita. Que aquí encerrada poco puede hacer por sus padres y le vendrá bien distraerse.

—¿Aunque sea con mi hermano y un parchís?

—Mejor con él que con nadie. Vamos, digo yo.

Tuvo que insistir un poquito más, pero finalmente se salió con la suya.

Me alejé del tocador y luego de mi alcoba.

Con paso vacilante bajé la escalera. La puerta de la sala de música estaba abierta y la chimenea encendida.

La placidez que se respiraba dentro de la casa era tanta, que nadie pensaría que se libraba la cruenta batalla de una lucha a vida o muerte solo unas puertas más allá.

Alonso estaba sentado frente a la mesa de juego, con la mirada perdida en el vacío, el tablero delante y una copa de brandy en la mano, suspendida en el aire. Cuando entré, él pareció regresar desde su particular periplo.

—Ah, por fin te dignas a hacerme un poco de compañía, hermana.

—Te mentiría si te dijera que soy buena compañía para nadie en estos días.

—Entendible —admitió con un suspiro—. No seré yo el que te lo discuta. ¿Una partida?

—¿Les molestaría que me sumara?

La voz de Gustavo a mis espaldas fue como un regalo deseado en cumpleaños.

Contuve mi necesidad de lanzarme a sus brazos y cubrirle de besos la cara.

Contuve mis ganas. Mi urgencia. Me contenté con respetar las reglas sociales y alargarle mis dos manos con una sonrisa de cumplido.

Las tomó entre las suyas para depositar un largo beso sobre mis nudillos.

Repasándome con una mirada intensa que me hizo estremecer perdida en el recuerdo de la noche que pasamos juntos en Aranjuez.

—Me he pasado para interesarme por el estado de sus padres —agregó con el sombrero aún en las manos.

—Todo sigue igual. Sin cambios —aclaré perdiéndome en la luz de sus ojos.

—Lo que, en circunstancias como esta, no supone una mala noticia —me respondió clavándome las pupilas con idéntica intensidad.

—Bienvenido, Pérez de Moncada. —Alonso le señaló la silla libre con un ademán perezoso—. Puede sentarse, la partida va a dar comienzo. ¿Qué color escoge?

—El azul. Como los ojos de Beatriz.

—No empecemos con mojigaterías, se lo ruego —rio mi hermano agitando la campanilla de aviso al servicio.

Un lacayo apareció casi en el acto.

—Dígale a Elvira que venga.

—¿Quiere el señor que traiga algo?

—No, nada, solo que venga.

Leí confusión y contrariedad en la cara del lacayo que, por supuesto, se abstuvo de hacer ningún comentario. Los rumores que corrían por la casa en torno a la doncella y al señorito, en mitad de toda aquella desgracia nuestra, debían de bastar por sí solos.

—Alonso… —susurré con claro tono de advertencia.