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La enfermedad contra el mundo
Beatriz
—Quizá sea hora de que su futuro cuñado tome cartas en el asunto.
Tanto Gustavo como yo rodamos los ojos hasta Alonso para dirigirle una mirada inquisitiva.
—¿A qué se refiere? —quiso saber Gustavo.
Mi hermano dejó caer una sonrisa socarrona desde su comisura.
—Mi padre a menudo calificaría de sucios mis trucos.
De muy sucios, para ser exactos. Pero nací con talante jugador y si apuesto, me gusta hacerlo en serio.
Mis pujas siempre son temerarias. Para resolver un asunto incómodo como el que nos ocupa, se hace preciso recurrir a ciertos… ardides retorcidos.
Pestañeé aterrorizada. De mi irreflexivo hermano podía esperarme muchas cosas y ninguna buena.
—Dejadlo en mis manos, de momento. Intentaré una treta. Aunque es posible que me estrelle contra un muro igual que le ha pasado a Gustavo. Y entonces, de verdad que ya no sé qué haremos.
—¿Qué clase de treta? —boqueé con angustia.
En lugar de disipar mis dudas, mi hermano se dedicó a beber y a rellenar su copa y la del amor de mi vida.
—Eso, querida hermanita, vas a permitir que me lo guarde para mí. Especialmente por si fracaso. Pensemos en el orgullo torero, la dignidad personal y todo eso.
Iba a protestar, cuando Paquita entró por la puerta como un vendaval de invierno, sin ser nosotros conscientes de que hubiera llamado. A juzgar por lo desencajado de su cara, puede que ni siquiera lo hubiera hecho.
—¡Señorita! ¡Señorito!
—Paquita, ¿qué ocurre? ¿Estás bien?
—Es la señora, la señora marquesa. Está muy malita. Tienen que venir, subir a verla cuanto antes.
Gustavo prefirió despedirse para que pudiéramos dedicarnos por entero al dilema familiar. Me deseó lo mejor para mi señora madre, que la indisposición, pese a los aspavientos de mi doncella, no fuese de gravedad, y se ausentó con la elegancia y el saber estar que lo caracterizaba.
Reconozco que verlo salir por la puerta me provocó una punzada de dolor inmenso y un extraño vacío en el estómago. Como si no fuera a volver a verlo jamás.
En el recibidor del piso alto nos cruzamos con el marqués que venía de telefonear al médico. Nos llamó la atención su palidez y que se interpusiera entre nosotros y la puerta de la alcoba de la marquesa.
—El doctor viene de camino. De entrada, me ha indicado que evitemos todo contacto con...
Se le escapó una lágrima desde la esquina del ojo. A padre, que jamás perdía la compostura. A mí, una zarpa me retorció las tripas.
—¿Podría ser…?
—Podría.
—¿Gripe? —aulló Alonso, con una voz de falsete que no parecía pertenecerle.
El marqués asintió con lentitud. Apesadumbrado y roto.
Me abalancé a sus brazos. La espontaneidad del gesto lo tomó por sorpresa. En cuanto se repuso, sus grandes manos torpes rodearon mis hombros y noté el peso de su mentón apoyado en mi coronilla, el caer de sus lágrimas sordas.
—Algo así me resulta inconcebible…
—No adelantemos acontecimientos, padre —sugirió un trastornado Alonso—. Esperemos a ver qué dice el médico.
Tenía razón, por supuesto. Pero sirvió de flaco consuelo. Si bien era deseo de todos que el doctor examinara a la marquesa para confirmar que se trataba de un simple enfriamiento, la realidad fue otra muy distinta.
La que todos temíamos desde el fondo de nuestros corazones.
Gripe.
La enfermedad se extendía a pasos agigantados hasta convertirse en epidemia.
Por todo el mundo, en el más recóndito rincón y país, la gente enfermaba y moría por cientos.
La gripe no entendía de posición social, ni de fortunas o nobleza.
Le traía sin cuidado que fueses conde, mendigo o marqués, o el mismísimo rey.
Se colaba a hurtadillas en tu casa y te clavaba las garras en el pecho hasta desangrarte.
Madre estaba grave. A consejos del doctor, había que trasladarla a un hospital especializado o aislarla en casa de forma absoluta.
Las personas que se encargasen de su higiene, alimentación y cuidados debían ser conscientes del riesgo.
El contagio era tan veloz y mortífero como la propia enfermedad.
Quise ofrecerme, pero padre y la señora Manuela ya se habían adueñado de la situación, repartido las tareas y adquirido en firme sus obligaciones.
Antes de entrar en el dormitorio de la marquesa, nuestro padre quiso decirnos unas palabras. Por lo que pudiera pasar. Colocó la mano sobre el ancho hombro de mi hermano Alonso y recitó con voz ronca:
—Aunque no en pocas ocasiones he juzgado a tu hermana mucho más juiciosa y digna del título que tú, la ley es la que es, Alonso. Eres mi primogénito, varón, y por lo tanto, heredero. Hazte merecedor de ello. Ya tienes una edad que resolvería la situación en caso de que a mí me pasara algo.
Tanto mi hermano como yo nos deshicimos en frases entrecortadas que se mezclaban en un batiburrillo imposible de entender. Nada importante, si teníamos en cuenta que el marqués no nos prestaba atención.
—Cuida de tu hermana. Que sea feliz con quien ella elija. Cuida de la casa, de las fincas, del patrimonio.
—Padre, por Dios…
—Sé que eres hombre de ciudad, que las diversiones y la noche de Madrid son una tentación a la que sueles sucumbir, pero recuerda que la residencia más apropiada para el marqués de Bonagua es nuestro palacio del Escorial.
—Padre —irrumpí tajante—, se está poniendo usted en lo peor y no hay por qué. Con sus cuidados, madre sanará y pronto todo esto no será más que un mal recuerdo para todos. Usted es fuerte y está sano. Por favor, no diga esas cosas horribles.
No pude seguir, me ahogó el llanto. Un llanto descomunal, inabarcable y sin freno que llevaba mucho tiempo encajonado esperando desbordarse.
Un caudal de lágrimas no solo por la situación de mi familia, por el amor inmenso que leía en los ojos de mi padre, por la posibilidad de que mi madre nos dejase solos.
También por Gustavo. Por nuestro amor lleno de espinas y obstáculos. Por echar de menos cada noche el roce de sus caricias sobre la piel como allá, en la posada de Aranjuez.
Hasta entonces, las horas más felices de mi corta vida.