33
Hablemos de nosotros
Gustavo
—¡Don Gustavo! ¡Cuánto bueno por aquí! Ya pensábamos que no se animaría a visitarnos. Como pasaba el tiempo y no teníamos noticias suyas…
—He estado muy ocupado. —Apunté con torpeza a una butaca algo distante— ¿Puedo?
Con la mano acarició el cojín contiguo al suyo.
—Si prefiere este otro asiento… Por mí, sepa que no hay inconveniente.
Fingí escandalizarme.
—No sería apropiado. Ni respetuoso.
La inocente Dorotea se ruborizó hasta la raíz del cabello.
—Tiene usted razón. He sido muy atrevida.
Lo dijo con un matiz picarón en el tono que no me pasó desapercibido. Tomé aire y me dije que de los cobardes poco se había escrito.
—El caso, señorita Dorotea, es que yo venía a participarle un asunto de sumo interés.
—¿Que nos atañe? —me interrumpió, dejándome por un segundo flotando en el limbo.
—Nos atañe, sí.
—¿A los dos? —insistió emocionada.
—Sí, a los dos. Pero no del modo que me temo que está usted pensando.
Su rictus se enfrió con una capa de franca decepción.
—Ah, ¿no? ¿Y cómo sabe lo que estoy pensando?
—Puedo imaginarlo, teniendo en cuenta que nuestros padres han llegado a un acuerdo acerca de… de…
Me atasqué. Se me secó la garganta y de pronto la boca era puro estropajo.
—De nuestra boda —remató ella, mucho más asentada que yo.
—Sí, señorita Dorotea. Y lamento decirle que en su momento no se me comunicó nada al respecto. El duque dio el paso sin consultarme y sin previo aviso. Y yo… entiéndame. Yo ya tenía otros compromisos previos.
—¿Otros? ¿Se refiere a… varios?
—No, no, por Dios, ¿cómo iban a ser varios? Son los nervios. Otro. Otro compromiso previo. Entienda usted que de haberlo sabido…
Dejé la frase en suspenso para estudiar su reacción. Pero Dorotea atendía sorprendentemente serena, sin perder la sonrisa ni la calma impostada que había adoptado al inicio de mi confesión.
—Lo cierto, mi estimada señorita Fernández de Castro, es que amo a otra mujer.
Ella no se inmutó.
—Y he pasado la noche con ella. Nos fugamos. Hace poco.
Nada. Ni un músculo palpitando en el párpado. Ni un gemido. Dorotea parecía un pedazo de piedra.
—Entienda que, de haber conocido de antemano las intenciones de mi padre, eso no habría ocurrido. Sin embargo…
—Agradezco sus disculpas. Podemos olvidarlo —repuso tranquilamente.
El estómago me pegó un brinco.
—¿Cómo dice? ¿Acaso no ha oído lo que acabo de confesarle?
—Creo que con bastante claridad, Gustavo.
Dorotea respondía a mis preguntas sin el menor gesto, ni una ínfima expresión de emoción o sentimiento en sus facciones. Parecía, de pies a cabeza, una figura de cera que me daba escalofríos.
—¿Entonces? ¿Ha quedado claro que mi corazón pertenece a otra persona?
—Bueno, mi estimado señor, eso son cosas que se dicen pero que, con el tiempo, mutan y se olvidan.
—¿Y que he pasado la noche con ella? ¿Eso también lo ha entendido tal cual es?
—Insisto. Todo es agua pasada sin importancia. Que lo perdono.
Estuve a punto de soltar un bufido de exasperación. Aquella mujer, que ni sentía ni padecía, era imposible y acababa de transformarse en un rival invencible, dado que nada de lo que yo alegara, por duro que pudiera resultar, parecía afectarla.
Opté por cambiar de táctica.
—En realidad, mi respetada Dorotea, usted no puede perdonarme, lo que he hecho no tiene justificación, yo no la merezco.
—Sí, no le quepa duda de que me merece. Sobre todo, cuando herede el ducado de los Altolaguirre. Se le perdonarán todas sus cuitas.
La miré, creo que viéndola tal y como era, por primera vez.
Que no fuese hermosa era lo de menos. Dorotea Fernández de Castro era una mujer sin dignidad, clasista, fría y codiciosa, bien aleccionada por sus padres, dispuesta a venderse con tal de ser duquesa algún día.
Me puse en pie, rígido, dominado por una desagradable repulsión.
—No estoy para nada de acuerdo, señorita. El hecho es tal cual se lo he narrado. Real. Y, quién sabe, podría tener consecuencias. Solo le pido que se lo piense.
—No hay nada que pensar, don Gustavo —repitió insistente.
Aquella sonrisa como pintada en su boca diminuta, que no variaba ni se movía, me causó pavor. Fue como tener delante a la mismísima encarnación del diablo. Me dirigí a la puerta, sombrero en mano, con la respiración entrecortada. Dorotea giró sobre sí misma en el pequeño sofá.
—Entonces, ¿se marcha ya? ¿Tan pronto? ¿No hablamos de nosotros?
—Otro día, Dorotea, otro día.
—No ha dado resultado —se dolió Beatriz con los ojos húmedos por la emoción.
—Peor que eso. Ha sido un desastroso fiasco.
Ni mi padre ni esa prometida que me han buscado y con la que no me desposaría ni aunque fuera la única mujer sobre la faz de la tierra, se han ablandado.
Ella debería haberme arrojado la vajilla a la cabeza por la humillación y lo único que ha hecho ha sido cerrar las orejas y hacer como que lo que le cuento, simplemente, no existiera. En cuanto al duque…
—No es necesario que se extienda en detalles —me aconsejó Alonso Maldonado y Lavidia, presente en nuestro encuentro—. Adivino que deben de resultarle muy dolorosos.
Asentí, guardándome para mí lo que supondría para Beatriz escuchar las razones de mi padre en toda su discriminatoria crueldad.
—¿Una copita? —me ofreció solícito el futuro marqués de Bonagua.
Acogí el ofrecimiento con sumo entusiasmo.
En realidad, iba a necesitar más de una para reponerme del tremendo chasco que venía a presentarles.
Estiré la mano para hacerme con la copa y apuré casi la mitad de un solo trago.
Alonso tomó asiento junto a su hermana y se dedicó a mirarme con conmiseración.
—Imagino que he pecado de ingenuo. Yo pensé… realmente, ¿en qué siglo creo que vivo? —resoplé frustrado—. Pensé que fugarnos sería motivo suficiente como para desbaratar ese absurdo compromiso con los del Infantado.
—A veces las cosas, simplemente se atoran —musitó Beatriz con infinita tristeza.
—No obstante, ustedes dos se quieren —volvió a intervenir Alonso.
—Por supuesto que nos queremos —me arrebaté—. Y si no fuera porque detesto la idea de condenar a su hermana a una vida de penurias y privaciones, ya hace tiempo que nos habría casado algún cura pueblerino del norte del país. Donde seamos del todo libres y no puedan encontrarnos ni hacernos daño.
Miré el modo delicioso en que Beatriz separaba los labios para hablar y alcé una mano rogando silencio antes de que pronunciara ningún sonido.
—No, querida. No digas eso que estás pensando. No te separaré de tu familia ni te arrastraré a un mundo que no te pertenece. Pasados unos años solo quedaría rencor entre nosotros. Algo que no podría perdonarme.