31
Aranjuez
Gustavo
Desde que era un crío, el traqueteo de los carruajes solía adormecerme.
En cada viaje. Menos en aquel, posiblemente el más decisivo e importante de mi vida.
Habría deseado una locuaz conversación por parte de Beatriz, que su tono dicharachero y feliz me hablara por sí solo de la ilusión que la movía a aceptar aquella salida disparatada.
No es que no tuviera mis dudas. Me habían educado para comportarme como un caballero, especialmente ante una dama, no para incitarla a romper todas las reglas de cordura y decencia conocidas y a comprometer su reputación en lo que podía ser un salto de barranco.
—¿Estás bien? —pregunté, frustrado por verla tanto rato callada y encogida a mi lado. Como si contuviera la respiración por miedo a vaciar los pulmones y morir.
Beatriz asintió con la cabeza, sin despegar los labios, lo que no contribuyó precisamente a tranquilizarme. Sin soltar las riendas, sujetándolas con una sola mano, busqué a tientas la suya con la mía libre y le di un apretoncito afectuoso.
—No va a suceder nada que no queramos, te lo juro. Sé respetar a una mujer.
—Lo sé. —Fue un murmullo apenas audible.
No. No lo sabía. Solo quería suponerlo.
—Confía en mí, te lo ruego, te lo pido por favor. Confía.
—¿Adónde vamos?
—Hay una posada de viajantes en Aranjuez. Lo suficientemente cerca para volver cuanto antes, lo bastante alejado de la capital para parecer que nos hemos fugado para siempre. Si dispusiéramos de tiempo te llevaría a Sevilla, a perdernos entre el azahar de la primavera.
Una brisa gélida e inesperada nos zarandeó y Beatriz se aferró a su capa, tiró de ella para cubrirse mejor la tiritera.
—No deberías ir conmigo en el pescante, vas a pillar un resfriado. ¿Por qué no detengo el coche y pasas dentro?
Por toda contestación, ella apoyó su cabeza sobre la parte superior de mi brazo. El hombro quedaba demasiado arriba. Verla así, acurrucada como una niña, sentir a continuación cómo sus manos rodeaban mi antebrazo y se enlazaban, provocó un chispazo en mi alma inquieta.
Continuamos el trayecto en silencio, si bien ahora pesaba menos, era traslúcido y perfumado. Una compañía mucho menos desagradable.
Llegamos a la posada rozando el alba. El mozo que se encargaba de las cuadras aparcó el carruaje, desenganchó el caballo y se lo llevó para darle de comer, beber y una buena cama donde reponer fuerzas.
En la entrada nos presenté como el señor y la señora García, recién casados, y la mujer del posadero, con un brillo de insensata ilusión en las pupilas, después de felicitarnos, nos condujo a una de sus mejores habitaciones libres y anunció que nos agasajarían con una botella de vino.
En todo el proceso, la vivaz Beatriz, la dama que siempre tenía lista una frase ingeniosa, no articuló palabra. Se limitó a sentarse en el borde de la cama y a agradecer a la mujer sus atenciones con una sonrisa tímida.
Cuando se cerró la puerta a nuestras espaldas, el telón cayó de golpe. Como un hachazo en mitad del bosque. Tajante y frío. Peligroso, maligno.
—Quieres… ¿Quieres beber un poco de vino?
Beatriz musitó un débil «no».
—Le he pedido a la posadera que nos suba algo de comer a modo de cena. Por la que no tuvimos anoche.
—Eso estará… estará muy bien. Estoy famélica.
Me coloqué delante de ella, la contemplé unos segundos y después me acuclillé y encerré sus manos entre las mías.
—Quiero. Que. Estés. Tranquila.
De entre sus labios trémulos escapó un suspiro.
—Sé que no es una situación a la que estés, ni mucho menos, acostumbrada. Solo será una noche. Lo mínimo que nuestras familias necesitan para creer…
—No lo digas. No quiero oírlo.
Asentí comprensivo.
—Oírlo me hará desearlo con más fuerza —añadió en un dulce susurro.
Eso sí que no me lo esperaba. Me esponjé estremecido de emoción.
—¿Me… deseas? —Mis dedos atrevidos rodaron sobre su piel suave—. Dime la verdad. Ahora no hay nadie que te presione a no decir lo que piensas. Tú… ¿querrías…?
Ella bajó la cabeza.
—No puedo. No podría hacerlo.
—Ni yo voy a pedírtelo. Beatriz, mi amor. —Levanté la mano hacia su mejilla sin llegar a tocarla—. No tiembles.
Unos discretos golpecitos en la puerta hicieron añicos nuestra aura casi romántica. Me incorporé sin perder un instante, mientras pronunciaba un sonoro «pase» que animó a la posadera a accionar la manija y entrar.
—Le he apartado un poco de cordero asado. Puré de patatas nuevas y verduras de guarnición. —Fue colocando todo sobre la escueta mesa—. Y el vino —apuntó con picardía—. Es de cosecha reciente, de la casa.
—Se lo agradecemos, señora. Mi esposa está fatigada después del viaje.
—El lecho es amplio y cómodo, las cortinas gruesas. Espero que descansen bien.
Marcó una rústica reverencia y volvió a marcharse tan sonriente como había llegado. Ya no era posible recuperar el ambiente mágico de hacía unos minutos, de modo que le tendí una mano para que se levantara, en una invitación muda a comer.
—Como si ya fuésemos marido y mujer.
Aceptó tras un breve titubeo y enseguida compartíamos mesa a la luz de las velas. Celebrando lo afortunados que éramos, pese a todo. Preguntándonos qué haríamos y cómo contendríamos la dicha cuando al regresar, nuestras familias nos obligaran a contraer matrimonio para evitar un escándalo.
—No le deseo nada malo a Dorotea —aseguré henchido de sinceridad—. Es una buena mujer. Hasta siente algo de ilusión ante la idea de nuestro enlace. No me gusta, pero a la larga, con tal de contentar a mi padre, no habría puesto demasiados impedimentos a desposarla, de no haberte conocido.
—¿Soy, entonces, la causa de la desgracia de la pobre señorita Fernández de Castro? ¿El vergonzoso impedimento de su felicidad? No es algo que me haga sentir orgullosa, precisamente.
—Nada de vergüenzas, Beatriz. Nadie tiene la culpa de una palabra empeñada por error.
—Sus razones tendrá el señor duque, quiero imaginar.
—Darle un nieto a toda prisa. Ahí se esconde todo el secreto. No dejo de pensar en qué habría sucedido si te llego a conocer antes.
—Recuerda que, para esas fechas, yo también estaba comprometida… con alguien que no es que me hiciera saltar de alegría.
Asentí mejor que hablar, pues respecto de ese episodio tan sórdido y triste, pocos comentarios podían verterse que no fueran dolorosos.
—El reloj del destino a veces corre demasiado. Tengo la sensación de que se burla de nosotros, altera los hechos, nos hace saltar a su antojo. Y te pone a la mujer de tu vida delante cuando no puedes tenerla.
31
A solas
Gustavo
Comimos entre risas, cada vez menos tensos, más a gusto en nuestra mutua compañía, más calmados. Hasta conseguí que Beatriz se mojara los labios con un sorbo de vino. Para cuando no quedó nada en los platos, la atmósfera se había suavizado y la relación entre nosotros fluía de forma más natural.
Ahora, me dije, llegaba el momento peliagudo.
Repasé la espartana habitación. Una sola cama de matrimonio, la mesa con las dos sillas y un aguamanil en la esquina. Me mordí el labio inferior sintiendo un ramalazo de preocupación.
—Creo que deberíamos descansar, el día ha sido duro.
La vi tragar saliva.
—No tienes de qué preocuparte. Acuéstate en la cama, yo dormiré en el suelo.
—No puedo permitirlo. Tú también debes de estar agotado.
—Tampoco disponemos de otra opción. Si por lo menos hubiera un tresillo…
Adelanté dos pasos, me coloqué frente a ella y la tomé por los hombros.
—Pierde cuidado, serán solo unas horas.
—Es que…
—Beatriz, no puedes pedirme que compartamos lecho y no suceda nada. Soy un caballero que te desea demasiado como para contenerse. Si te tocara…
—Si me tocaras…
Mi mano insensata buscó la pálida piel de su mejilla.
El dorso de mis dedos la recorrió despacio, del pómulo a la línea de la mandíbula.
Era suave, como los pétalos de las rosas.
Ella cerró los ojos con un gemido que me endureció lo indecible; sus pestañas, espesas como abanicos negros, aletearon nerviosas.
No obstante, pese a lo que me temía, no se apartó.
Me envalentoné.
Estábamos de pie, uno frente al otro, en un cuarto cerrado y semioscuro, iluminados por un par de candelabros.
La cama, con su colcha de labor y sus sábanas crujientes parecía llamarme.
Mi imaginación voló loca un segundo, nos vi allí tumbados, enredados en un abrazo infinito, desnudos como Dios nos trajo al mundo, experimentando el placer inconmensurable del piel a piel, deslizando nuestros cuerpos uno sobre el otro como piezas de una misma maquinaria que encajan a la perfección.
No lo pensé cuando permití que mi mano derecha rodeara su cintura para atraerla aún más, hasta pegarla a mi torso y embriagarme con la estela de su perfume.
Tampoco lo pensé cuando con la otra envolví su nuca y giré suavemente su cuello para facilitar el beso.
No entendí de consecuencias ni castigos cuando, con los ojos entrecerrados, busqué sus labios y los cubrí con los míos.
Húmedos.
Cálidos.
Sensuales.
Irresistibles.
Como besar seda. Así fue deslizarme por la boca de Beatriz y su dulce inexperiencia. Beberme sus titubeos. Alentarla para que sus gemidos llegaran como un eco mágico al fondo de mi garganta. Notando cómo su espalda se estremecía y sus dedos, aferrados a mis brazos, temblaban deliciosos.
—Beatriz…
Pese a la voz cascada de la conciencia y los prejuicios tamborileando en mi cerebro, algo en mi interior se negaba a detenerse.
No quería abrir los ojos y volver a una realidad donde no estuviéramos así de juntos, donde hubiese que guardar unas formas, ridículas cuando se ama del modo que nos amábamos nosotros.
—Ya no soy capaz de imaginarme viviendo sin ti a mi lado —le susurré.
—Gustavo, no quiero perderte.
—Yo tampoco, amor mío —aseguré sin dejar de besarla. Los labios, el cuello, la zona sensible bajo la oreja, la mandíbula y de vuelta a la boca con más hambre aún.
—Prométeme que nada ni nadie nos va a separar.
—Te lo prometo.
—Ni tu familia, ni la mía, ni sus caprichos, ni sus intereses.
—Tienes mi palabra de que tal cosa no sucederá. Defenderé lo que tenemos por encima de lo que sea.
Fue ella la que tiró con delicadeza de mí en dirección a la cama.
Fui yo el que consciente de lo que podía implicar, la seguí recreado en el modo en que su carne se erizaba bajo mis caricias.
Beatriz se sentó en el borde del lecho y poco a poco, sin interrumpir lo que nos entregábamos, quedó tumbada y expuesta.
Entonces desperté del maravilloso sueño, abriendo los ojos como un recién nacido que mirase el mundo cruel por vez primera.
—Beatriz, no podemos.
—Gustavo, te necesito. Necesito tus manos sobre mi piel helada, necesito esto que me estás dando.
—Igual que yo, muero por dentro. Pero entregué mi promesa a tu hermano. No te deshonraré, no haremos nada que luego haya que lamentar.
—Seguro que hay cosas… —Se humedeció la lengua lentamente, a continuación, se mordió el labio inferior. Y yo enloquecí de excitación—, cosas que tú conoces y yo ignoro, que podemos hacer para saciar esta necesidad, esta urgencia. Y que no habrá por qué lamentar.
—Beatriz —intenté disuadirla sin apartarme de donde estaba, sin dejar de acariciarla.
—Dime que las hay.
Suspiré rendido sin apenas luchar.
—Las hay.
—Muéstramelas.
Aquella orden… ¡Oh, aquella orden! Estalló en mi cabeza y lo dinamitó todo.
Mis besos se hicieron más salvajes y profundos.
La cubrí con mi peso y mi mano derecha levantó sus faldas buscando los encajes de su ropa interior.
Al tiempo que me internaba entre aquellas capas de resbaladiza seda, mi boca recorrió la línea de su cuello y se ancló en el escote.
Con los dientes lo bajé lo suficiente como para que uno de sus pechos quedase en parte al descubierto.
Su pezón, rizado y hermoso como una pequeña flor rosada, clamaba a gritos por una atención que tardaba demasiado.
Lo mordisqueé. Lo lamí con ganas. Lo retorcí suave entre mis dientes y succioné hasta hacerla jadear. Entretanto, mis dedos ya habían llegado a sus pliegues mojados y habían separado los labios alcanzando la protuberancia escondida, el tierno nudo sensible que estimulé con movimientos circulares.
Quizá ambas cosas combinadas fueran demasiado.
Beatriz se retorció bajo mi peso y sus manos crispadas sobre mis hombros abarcaron más de mi espalda en un abrazo ansioso que era toda una provocación.
La explosión de placer llegó como un maremoto que lo arrasa todo sin dejar nada para después.
Intensa, poderosa, penetrante y viva. La siguieron pequeñas oleadas, como residuos que no hubieran tenido tiempo de escapar.
La cadena de gemidos y suspiros me envolvió por entero e hizo de mí, pese a mi propia necesidad insatisfecha, un hombre feliz.
La besé en la frente.
La arropé entre mis brazos y, soportando como podía el dolor de la dureza en mi entrepierna, mi latido desbocado que aún tardaría en calmarse, la dormí.