La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 28
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Una idea prestada

Elvira frenó su ímpetu con las dos manos estiradas como dos abanicos.

—Sería una medida temporal, señor. Ella estaría a resguardo mientras las cosas se calman.

Hasta puede que olvidara a don Gustavo. O que don Gustavo la diera por perdida y finalmente aceptara su destino y su herencia.

Si es de su agrado, más tarde, cuando cada pieza estuviera en su lugar y él fuese futuro duque, con todas las rúbricas y confirmaciones, usted podría dar vía libre a esa relación y facilitarles las cosas…

Elvira dejó el fin de la sugerencia en el aire. Don Arturo la perforó con una mirada suspicaz plagada de temores.

—¿De dónde has salido tú, muchacha?

—Le suplico que no piense mal, señoría. Es solo que le tengo mucho afecto a la señorita Beatriz, señor. Muchísimo. Y si me atrevo a dar una idea es… porque busco su bien.

—Lo cual te honra. Sin embargo, considero que te estás excediendo en tu celo, muchacha. Estas no son decisiones en las que te toque intervenir.

Para Elvira fue claro y cristalino que el marqués desconocía su nombre. De ahí que se refiriera a ella de continuo como «muchacha». Ya tenía unos años, no era ninguna chiquilla. Sintió una punzada de autocompasión que enseguida se le retorció en las tripas.

Hundió la cabeza en el pecho, abochornada tras el arrebato.

—Lo entiendo, señoría. Ruego que me disculpe. Iré a cuidar de la señorita.

Cuando ya estaba en la puerta, con los dedos engarfiados en torno a la manija, a punto de salir, la voz grave del marqués la asaltó sorpresiva por la espalda.

—Dile a mi hija que ahora subiré a verla. Tenemos que hablar.

—Como diga usted, señor marqués —repuso la criada sin girarse y con un hilo de voz.

—No es tan descabellada esa ocurrencia tuya, no creas. Una casa de reposo suele ser, a menudo, la solución para muchas situaciones incómodas.

Beatriz

—¿Un sanatorio para mentes desequilibradas? ¿Se refiere a eso, padre? ¿A esos lugares espeluznantes de los que muchas veces la gente no sale?

—En absoluto, Beatriz. Nada de sanatorios, una casa de reposo. Donde cuidarán de ti y podrás recuperarte de tantos malos ratos seguidos. Mira, puede que hasta tu madre desee acompañarte. Serían como unas vacaciones…

Mis ojos traicioneros estaban húmedos y aunque yo quisiera mostrarme fuerte e invencible, me temblaron las rodillas.

—¿No se le ha ocurrido otro modo más disparatado de separarme de Gustavo?

—Beatriz, hija, entra en razón. Yo no quiero separarte de ese muchacho.

—Bien que lo echó de casa con cajas destempladas.

—Porque pensé que era un rufián que venía a aprovecharse de ti, de tu fortuna y posición.

—Pero ahora que sabe que es hijo de un duque… —dejé caer con insolencia.

Mi padre apretó los labios bajo su espeso bigote.

—No pienso avergonzarme por querer asegurarte un porvenir.

Ni por aspirar a que cases con alguien de tu condición.

Puedes pincharme hasta sangrar, pero no lo haré.

Se trata solo de poner tierra de por medio hasta que las cosas se relajen.

De esa manera, Gustavo podría claudicar y aceptar su posición de heredero, negociar con su padre lo que se tercie en cuanto a matrimonios. Con el tiempo, vosotros dos…

—¿Con una loca? —me sublevé con voz aguda— ¿Crees que su familia le permitiría casarse con una trastornada?

Padre, eso que me propone es un plan que me marcará para los restos, no va a funcionar.

—Escabullí la mirada y la clavé en la pared lateral—.

Mejor olvídese de Gustavo Pérez de Moncada, que yo intentaré otro tanto.

—En realidad, la idea no ha sido mía. Lo que no quita que la considere excelente.

Giré el cuello para encararlo.

—¿De madre?

El marqués negó despacio con la cabeza.

—De tu doncella.

Tardé un par de horas en asimilar la enormidad de lo sucedido.

El modo en que Elvira se había extralimitado en sus funciones y hecho una propuesta que claramente no me beneficiaba.

Me descalabraba, más bien. Cualquiera que hubiese pasado por una casa de reposo quedaba ineludiblemente marcado ante la alta sociedad.

No era solo que el chisme corriera de boca en boca durante meses, es que el resto de tu vida te miraban con temor, como si de repente fueras a subirte a una mesa y ponerte a lanzar copas de cristal tallado a las cabezas de todo el mundo.

Tenía que aclarar las cosas con ella. Y como me disgustaba la idea de discutir en casa, la avisé que se preparara para un paseo por el Retiro.

Allí dejamos a Paquita, refunfuñando porque la había excluido.

En cuanto volviese me echaría en cara mis preferencias y favoritismos.

Aguantaría el chaparrón, porque no quedaba otra.

Debía entender las razones de Elvira para tratar de convencer a mi padre de aquella monstruosidad.

Cómo había reunido el coraje y mostrado la osadía suficiente como para plantársele delante y opinar acerca de mi futuro.

Me mantuve en cerrado silencio mientras caminábamos. Ella unos seis pasos por detrás de mí. Sin atreverme a abordar la cuestión, nerviosa, con el pulso acelerado y la garganta áspera. Finalmente, me animé.

—Elvira. He hablado con el señor marqués. Dice que le has contado detalles muy inquietantes, que sufro alucinaciones, en pocas palabras, que ando con la cabeza perdida. ¿Es eso cierto?

—Dicho así suena muy brusco, señorita —admitió con debilidad—. Pero no voy a negar que me preocupé una barbaridad con lo del fantasma.

Dejé de caminar, me volví y la enfrenté contrariada. Ella se detuvo también, frente a frente.

—¿Tanto como para olvidar tu lugar, la confianza que te tengo, y entrevistarte a solas con el marqués? ¿Tanto como para sugerir que me internaran?

—Yo no mencioné un sanatorio ni nada parecido, señorita. Hablaba de una casa de reposo, un balneario, algo así.

—¿Y qué tienes tú que hablar con mi padre? Y menos respecto de mi persona. ¿Qué te has creído, Elvira? ¿Que porque se te toma una pizca de aprecio y se te trata con consideración ya eres mi igual? ¿Mi amiga del alma?

Pensé que se echaría a llorar allí mismo y un ramalazo de arrepentimiento me quebró por la mitad. Bajé el tono y contuve la ira.

—No, señorita, no.

—¡Eres mi doncella, por amor del cielo! —me desesperé—. Si os cuento mis intimidades, tanto a Paquita como a ti, no es para que las vayáis aireando, mucho menos delante de los marqueses. ¿Tienes la menor idea de en lo que podría desembocar todo esto?

La vi retorcerse las manos, morderse los labios y parecer tan mortificada, que comprendí que no había habido mala intención en su proceder. Solo atrevimiento. Un atrevimiento inconcebible tratándose de un miembro del servicio.

—Ya está bien, hermana —oí a una voz masculina y familiar—. No le recrimines lo que ha hecho movida por el afecto.

—¿Alonso?

Mi hermano, que se burlaba de los petimetres que paseaban por el Buen Retiro tachándolos de blandos afeminados, acababa de aparecer, vestido con toda la suntuosidad que cabía esperar en alguien de su rango, se colocó al costado de Elvira, como si quisiera cobijarla y me regañó.

¡Me regañó!

—¿Es que no entiendes lo preocupados que nos tienes?

—¿Nos? —No entendía nada. De repente sonaba como si Alonso y Elvira formasen frente común en alguna misión importante que yo desconocía.

—Sí, nos . A la gente que te quiere. De un modo absurdo que nadie esperaba te has enredado con ese muchacho de los Altolaguirre, que se convertirá en tu perdición.

—¿Qué sabes tú de mis enredos? —espeté, pasando de soslayo las pupilas por la ahora muda Elvira— ¿Te ha puesto ella al corriente?

—Recluirte durante unos meses en algún lugar a salvo de habladurías y, sobre todo, de su influencia, es lo mejor que podríamos recomendarte.

—¿Tú también estás metido en este… plan? —me desencanté—. ¿Estáis…? ¿Estáis juntos, como temía padre?