27
El sanatorio
Beatriz
Se trataba de Elvira. Paquita la recibió con el morro apretado.
—¿Señorita Beatriz? ¿Le ocurre algo malo? ¿Es usted sonámbula?
Quizá porque ya me notaba a resguardo, me derrumbé. Me rompí en pedacitos. Ahogada en lágrimas que ellas corrieron a calmar.
—Aquí no nos podemos quedar —sugirió sensata Elvira—. Vamos a la sala de costura.
Arriba, en la planta noble, disponíamos de una sala donde la marquesa y yo, y alguna que otra invitada de escasa conversación, matábamos el tiempo bordando y tejiendo fruslerías.
En la planta baja existía su gemela, la humilde sala con grandes mesas y hasta tres máquinas de coser, donde las doncellas planchaban, cosían o remendaban nuestra ropa hasta dejarla impecable.
Allí nos guarecimos. Con tres vasos de leche caliente, encomendándonos al santoral para que nadie nos descubriera.
—¿Se ha escapado? —preguntó Paquita medio histérica. Asentí— ¿Y por qué ha vuelto?
—¡Paquita! —se escandalizó Elvira.
—Quiero decir qué ha ido mal para que vuelva. La señorita me entiende, tú no te metas.
—Voy a prepararle una tisana para los nervios —se ofreció Elvira— ¿Le parece?
No me serené lo bastante como para responderle. Y todo el tiempo que ella invirtió en la cocina preparándome la infusión, lo gasté yo en consumir el llanto que aún restaba. Tras tomar los primeros sorbitos, más o menos fui capaz de explicarme.
—Salí por la ventana, con la intención de ver al señor Gustavo…
—¿Por la ventana, señorita? ¿Como las heroínas de las novelas? —irrumpió Paquita, emocionada.
—No sé. —Me pasé la mano por la frente—. He debido de volverme loca.
—¿Y qué pasó? —me azuzó de nuevo Paquita— ¿Lo vio? ¿No lo vio? ¿Pelearon?
—La dueña de la pensión no me permitió pasar.
—Lógico, señorita —dedujo Elvira— ¿Qué esperaba?
—He sido una tonta, ya os digo que debí de perder el buen juicio por un rato. El caso es que me vi en plena noche, en la calle, sin saber a dónde ir…
—¿A dónde iba a ir? ¡A su casa, señorita! ¡Exactamente igual que ha hecho usted ahora! —me amonestó mi doncella.
La miré con los ojos arrasados en lágrimas. Sorbí la nariz y bebí más tisana.
—No quería correr riesgos, ni despertar a nadie, mis padres no podían enterarse… Ya ves, menuda idea ridícula, si lo que quería en un principio era asustarlos. De manera que decidí cobijarme en los sótanos de la Casa de las siete chimeneas.
A mi confesión no siguió comentario alguno. Las dos muchachas me observaban pálidas, con los ojos desorbitados y las bocas entreabiertas. Tal que si quisieran hablar, pero sin atreverse a soltar lo que de verdad pensaban. Que tenían delante a una demente.
—En. Los. Só. Ta. Nos —silabeó Paquita asustada.
—Eran solo un puñado de horas, luego saldría por el mismo hueco por el que había entrado y regresaría sin más consecuencias. Pero…
—¿Pero?
—He visto el fantasma de doña Elena caminando con un candelabro en la mano.
—¿Caminando por dónde? —preguntó Elvira mientras Paquita ahogaba un grito de terror tapándose la boca con las manos.
—Por el interior del palacio, en el sótano donde me escondí…
—¿Está usted segura?
—Elvira —me irrité—. La he visto tan claro como te estoy viendo a ti ahora.
—La gente… —boqueó Paquita—, la gente lo comenta. No es usted la única que afirma haberla visto, señorita.
—¡No digas tonterías, Paquita! ¿Cómo va a ver la señorita un espectro de los infiernos?
—No parecía que viniera de los infiernos —temblé—. Hasta me sonrió.
—Lo que pasa es que está usted muy cansada. Y muy impresionada con todo lo que ha estado pasando estos días, igual que su madre. Permítame sugerirle que se acueste y repose, que le hace falta.
—Pero el fantasma… —insistió Paquita machacona.
Elvira la ignoró para ayudar a ponerme en pie.
—Lo que la señorita Beatriz necesita es dormir y luego, un buen desayuno después de todo este ajetreo. Anda, Paquita, no remolonees y sube a abrirle la cama.
Lo que nadie, ni siquiera la señorita Beatriz pudo sospechar, es que una vez que la tuvo arropada y durmiendo, a primera hora de la mañana, Elvira pediría audiencia con el marqués para tratar con él «un asunto importante relacionado con su hija».
Fue más la curiosidad que la costumbre lo que lo impulsó a concedérsela. Costumbre no tenía ninguna, el señor marqués solo se reunía con el mayordomo y en ocasiones excepcionales, dado que el manejo de la casa y sus consecuentes decisiones corrían a cargo, en exclusiva, de doña Eugenia.
Pero la marquesa estaba indispuesta y se supone que aquello trataba de su hija, de manera que no vio inconveniente en reunirse con la doncella. Extraño, peculiar, absurdo, pero razonable.
—Señor, me preocupa la salud de la señorita Beatriz.
—¿Por qué motivo? ¿Está enferma? ¿Hemos avisado al médico?
—No, señoría, no está enferma, que yo sepa. Pero sí muy agitada, nerviosa. Creo que ha empezado a sufrir alucinaciones.
Por primera vez desde que aquella entrevista había comenzado, don Arturo prestó verdadera atención.
—¿Cómo dice?
—Alucinaciones, señor. La señorita Beatriz afirma haber visto a un fantasma en la Casa de las siete chimeneas.
—¿Mi hija ha ido al banco?
—Mucho peor, señor. Durante la noche salió de la mansión y entró a los sótanos del palacio de las chimeneas por una ranura por la que se cuelan los chiquillos de la calle para jugar.
El ancho torso del marqués se sacudió en un espasmo. Elvira temió ser la causa de que le diera un soponcio y se muriera allí mismo, a sus pies.
—¿Beatriz ha hecho eso?
No tuvo fuerzas para responder con la voz. Solo con un meneo vigoroso de cabeza.
—Dios mío, ¿qué estamos haciendo mal?
—Señoría, si me permite, creo que la señorita solo está pasando un momento muy delicado. Está muy afectada con lo de Andrés y Carmelita. Y luego está… luego está…
—¡Continúa! —bramó sin miramientos Arturo Maldonado de Lavidia.
—El asunto del señorito Gustavo. Ella está muy enamorada, si se me permite decirlo. Pero ese joven no le conviene, señor, la señorita debe olvidarlo, poner tierra de por medio.
Como si acabara de descubrir en la criada un cerebro juicioso fuera de lo común, don Arturo se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas, súbitamente interesado.
—No te preguntaré la razón de que afirmes eso, veo que estás muy al tanto de la historia. ¿Qué propones?
—La señorita Beatriz debería pasar una temporada fuera. En una casa de reposo.
—Estás por casualidad sugiriendo… ¿Internar a mi hija? —se soliviantó el marqués a punto de saltar de su asiento al techo.