La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 26
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El espectro

Beatriz

Lo primero que pensé al recorrer la fachada del fastuoso edificio era que, si la marquesa de Bonagua se asomaba a la ventana de sus aposentos, puede que me descubriera.

A continuación, deseché la idea, porque mi madre no se encontraba del todo bien.

Eran demasiados disgustos juntos y su temperamento flemático, heredado de una educación puramente inglesa, no estaba preparado para soportar tanta presión.

Unos hijos desobedientes y solteros, no sé cuál de las dos circunstancias le espinaba más, un lacayo asesino, una muerta en la mansión, la policía rondando…

Las advertencias de sus amigas, convertirse en el chismorreo favorito de las sobremesas.

Lo dicho. Demasiado.

El acceso a las plantas subterráneas del palacio, más que un agujero, resultó ser una grieta estrecha por la que solo cabía un crío o una mujer menuda, como era mi caso.

Tampoco mostraba excesivos signos de abandono.

Solo ausencia de mobiliario y algún que otro cristal roto.

Probablemente lo utilizaban como almacén; padre había comentado que pensaban restaurarlo para alojar algún tipo de dependencia adicional, quizá al servicio del marqués de Estella, uno de los propietarios del banco, al que apenas se veía aparecer por Madrid.

Gracias a los angostos ventanales por los que se colaba la luz de la luna, no tropecé una y mil veces con los pedruscos sueltos del suelo.

Sin atreverme a acceder a las plantas superiores, no fuese que el banco tuviera vigilantes, buscaría un rincón acogedor, me envolvería en mi gruesa capa y dormiría hasta el alba.

Entonces, cuando solo el servicio andaba despierto y los marqueses todavía descansaban, regresaría a casa, a la confortable seguridad de mi alcoba… Para fingir que no había pasado nada.

Sentí vergüenza de mí misma. De mi falta de arrojo y valentía. De lo poco que me había durado la vena de hija rebelde que huye para enfrentarse al mundo cruel.

Lo cierto es que estaba aterrorizada.

En una esquina de muro ciego, sin ventanas ni fisuras por las que se colara el aire, me acomodé dispuesta a echar unas cuantas horas.

Esperando la salida del sol. Estaba agotada.

Y tenía hambre y sed. La boca como la paja y los ojos escocidos de tanto aguantar las lágrimas.

Los cerré y me permití soñar que Gustavo estaba allí conmigo, rodeándome con sus fuertes brazos, susurrándome que no tuviera miedo porque todo saldría bien.

Que al final, en contra de todo obstáculo u oposición, estaríamos juntos.

Dios. Me había enamorado perdidamente de aquel hombre.

Tanto que ya no era dueña de mis actos. Todo lo que hacía y lo que quería hacer llevaba su nombre.

Me adormilé acunada por su dulce recuerdo. Deseando que el tiempo transcurriera lo más rápido posible. Y antes de caer de forma definitiva en un sueño profundo y reparador, entreabrí los párpados impulsada por un extraño instinto.

Una mujer cruzó la estancia donde yo me encontraba, con un candelabro en la mano.

Más bien la sombra de una mujer.

Porque era traslúcida. Igual que un fantasma.

E iba vestida con ropa medieval. Una diadema de seda y una larga toca de color claro. Un vestido con mangas de corola que llegaban casi al suelo. Más que caminar flotaba, mirando al frente sin desviarse. Hasta que llegó a mi altura y se detuvo.

Mi corazón también lo hizo.

Se me atascó una roca en mitad del pecho que pensé que me mataría.

Apoyé las palmas abiertas en el suelo por si tenía que darme impulso y escapar para salvar mi vida, pero lo cierto es que las piernas no me respondían.

Estaba como petrificada mirando aquella hermosa visión que, de repente, tomaba conciencia de mi presencia, desviaba hacia mí los ojos y sonreía.

La sonrisa más triste que he visto en mi vida.

Tragué saliva con dificultad, sin atreverme a pestañear siquiera. Tuve que hacerlo, sin embargo, porque los ojos me quemaban de una forma insoportable. Y entonces, cuando volví a abrirlos… Ella ya no estaba.

¿Acaso era el espectro de doña Elena?

Había oído alguna vez comentar a doña Inés, nuestra vecina del número 8, que el fantasma de la amante injustamente asesinada vagaba por el palacio y que ella la había divisado a través de los ventanales.

O tal vez fueran las doncellas, que lo habían oído de las criadas de la otra casa.

Mi padre no guardaba mucha simpatía a los Otamendi, por aquello de culparlos de haber comprado la mansión del número 8 antes que él, privándolo del placer de disponer de un palacete en pleno centro de Madrid, el doble de grande del actual.

De ahí que ambas familias no mantuviésemos lo que se dice una relación estrecha.

Pero los Otamendi me parecían buena gente, educados y corteses.

Y su sobrino Carlos era un hombre guapísimo.

Las contadas ocasiones en las que habíamos coincidido al salir o al entrar, si padre no nos acompañaba, habíamos entablado una suerte de breve conversación, muy cordial.

Lo más seguro era que lo del fantasma se lo hubiera escuchado al servicio.

Todas esas boberías pensaba yo a endemoniada velocidad, mientras el corazón retumbaba enloquecido, queriéndose salir de su sitio y los pulmones dolían al llenarse.

Pasado un rato, la parálisis del terror empezó a ceder y fui capaz de mover los pies.

A duras penas logré incorporarme, apoyada contra el frío muro, temblando de frío y de pánico.

Tenía que localizar la grieta por la que había entrado y abandonar la Casa de las siete chimeneas cuanto antes.

Sin cruzarme por segunda vez con el fantasma de doña Elena.

Entoné una cancioncilla de cuna que madre solía cantarnos de pequeños tanto a Alonso como a mí.

Para acompañarme. Para borrar el desasosiego que me atenazaba.

Al principio, el hilo de voz tiritaba y apenas se oía.

Progresivamente, conforme avanzaba, se fue fortaleciendo sin llegar a normalizarse.

Un paso, una sílaba. Otro paso, un cambio de tono.

Así hasta que divisé la grieta y la luz lunar que entraba en forma de rayo.

Y me encomendé al cielo, agradecida.

Todavía era noche cerrada. En la mansión de los Bonagua todos dormían como angelitos y yo no quería despertar a nadie.

Pero de alguna manera tenía que entrar o perecería helada en la calle.

Entré por el paso de carruajes hasta el patio empedrado y rodeé el edificio hasta dar con la ventana del cuarto de Paquita.

Conteniendo el temblor de mi mano, golpeé el cristal con los nudillos, insistente con tal de ver encenderse una vela y el rostro somnoliento y pasmado de mi doncella pegado al cristal.

—¡Señorita Beatriz!

Le hice una seña para que me abriera y ella me respondió con otra que apuntaba a la puerta de las cocinas. Volví sobre mis pasos y ella me franqueó el camino con una palmatoria en la mano, sin dar crédito a lo que estaba viendo.

—Pero señorita, ¿de dónde viene? ¿Cómo es que aparece en la calle? ¡Y a estas horas! ¿Qué ha pasado?

—Vamos a tu cuarto, Paquita, que no nos vean.

—No podemos, señorita, está Petri durmiendo en la cama de al lado. Y ya sabe usted lo chismosa que es… Bueno, no lo sabe, pero se lo digo yo.

—¿Qué está pasando?

Paquita giró sobre sus talones a ver quién interrumpía, hecha una hidra.

—Hombre, la que faltaba pal duro.