La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 25
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La casa de las siete chimeneas

Beatriz

—¿De dónde vienes a estas horas?

Aunque quise cruzar el vestíbulo y refugiarme en mi dormitorio antes de que nadie se percatara de mi presencia, el despacho del marqués estaba estratégicamente situado en la planta baja y, si tenía abierta la puerta, era un bastión infalible desde donde dominarlo todo.

No tuve más remedio que meter el rabo entre las piernas y atender a su llamada.

—De dar un paseo, padre. Si cree que con todo lo que está sucediendo en esta casa no lo necesitamos…

—Tu madre sigue indispuesta. Deberías subir y hacerle un poco de compañía, en lugar de pasarte las horas muertas en la calle.

No iba a discutir aquel asunto, puesto que tenía razón. Mi deber de hija devota era velar las angustias de mi madre y sus ataques, aunque en la mayoría de los casos fueran imaginarios. Entregué el abrigo, el manguito y el sombrero a Paquita y me dispuse a subir la escalera.

—Beatriz.

—Dígame, padre.

—Ese joven, Gustavo. ¿Piensas que podrá perdonar el modo infame en que lo traté?

—¿Se refiere a cuando pensaba que era pobre como las ratas y no un destacado heredero?

La verdad, pude ahorrarme el cinismo. Vi a mi padre mortificado por mi causa y torturándolo no conseguía nada. Solo esparcir el veneno que me corroía por dentro, la desolación absoluta. Porque, aunque Gustavo afirmase que pelearíamos, yo ni siquiera sabía por dónde empezar.

—Es mi deber de padre velar por tus intereses.

—Especialmente los económicos, padre. Lo sé.

—Por muy hijo de duque que sea, no pienso permitir que ese desgraciado te deshonre o comprometa a ojos de nadie sin tener claro si su excelencia lo ha desheredado.

Se me abrieron dos ojos desencajados como dos lunas de agosto.

—Una vez ese aspecto esté resuelto y muy claro —prosiguió el marqués muy digno—, os facilitaré las cosas cuanto pueda. Pero no antes.

Mi yo combativo e irrespetuoso volvió a aflorar.

—¿Piensa encerrarme?

—Haré lo que haga falta. Serás duquesa o mujer respetable. Nada entre medias.

Así fue como decidí que me escaparía por la ventana aquella misma noche.

Fue una chiquillada, lo reconozco. Y yo debería haber confeccionado una lista de los múltiples peligros que podían asaltarme vagabundeando sin escolta por las calles tras la caída del sol. Y habría sido interminable.

Pero me pudo el ahogo, la saturación, el sentirme abrumada por tanta regla de protocolo.

La pregunta eterna y sin respuesta de con qué clase de fantoche acabaría casada o si me permitirían otro acercamiento a Gustavo como premio extraordinario de buen comportamiento.

El que con casi veinte años siguieran tratándome como a una niña que no sabe comer sin ayuda.

Las ganas de reencontrarme con Gustavo me mordían por todas partes.

El tema de conversación durante la cena había sido el incierto destino de nuestro criado Andrés que, en principio, era la pena de muerte.

No obstante, el amo de la casa había removido Roma con Santiago y hecho uso de toda su influencia a fin de que le perdonasen la vida.

Ciertas atenuantes de arrebato, obcecación y el amor obsesivo y malsano que sentía por Elvira debían ser tenidas en consideración y, las retortijas de la ley y un par de favores que se le debían al marqués lograron permutar la pena capital por una cadena perpetua en condiciones bastante aceptables.

Lo que me llevó a pensar que t odo era posible cuando los poderosos se lo proponían.

Me alegraba por Andrés, no era mal muchacho, solo un bobo cabezahueca trastornado por un amor no correspondido.

Pero ¿a cuento de qué nadie movía un hilo por salvarnos a nosotros, a Gustavo y a mí?

Nuestra felicidad y el amor que la alimentaba parecía pertenecer a una segunda categoría de metas por lograr.

Puse rumbo a la pensión, encomendándome a los santos para que, fiel a su promesa de resistirse al duque, Gustavo siguiera allí, atrincherado sin regresar al palacio familiar.

Sobre la ropa llevaba una capa larga hasta los pies, oscura y con un enorme capuchón que me cubría de arriba abajo y, quería creer, me ponía a salvo de miradas indiscretas.

Recorrí los callejones a velocidad de vértigo, alzando la cabeza únicamente cuando llegaba a un cruce y debía decidir qué dirección tomar.

Por fortuna, la pensión de la señora Eusebia no quedaba muy lejos de la mansión, y de cuando la visité con Elvira, había memorizado el camino con la pasión de una enamorada que no se rinde.

No contaba con la oposición de la propietaria y con que, en establecimientos sencillos para gente corriente como una pensión, también marcaban reglas.

—¿No puede decirme si el señor Pérez se encuentra en su habitación? —me exasperé por tercera vez.

La mujerona me repasó impaciente con las manos sobre el regazo.

—Le he dicho que no. Que no vigilo a mis huéspedes, si entran o si salen es cosa suya. Que dar información sobre lo que hacen a cualquiera, podría meterme en un lío.

—¿Y si me permitiera esperarlo en su cuarto?

La cara se le desencajó. Temí que buscara un cucharón de madera maciza o la plancha y me golpeara con ellos la cabeza.

—Pero ¿qué disparate está diciendo, niña? No entran mujeres finas en las habitaciones de los caballeros. Al menos, no en mi pensión. Váyase a su casa que es bien tarde y andurrear sin protección por los entresijos de calles puede resultar arriesgado hasta aquí en el centro.

—Se lo ruego, señora, vengo de muy lejos —mentí con los ojos enrojecidos. Solo la emoción que sentía era auténtica.

—Haga el favor, señorita, y no me cree problemas. Venga, aparte, que cierro la puerta, se me ha echado la hora encima.

—¡Señora! No tengo donde pasar la noche. —Hice un último intento a la desesperada, echando mano de una verdad que sonó a embuste.

La posadera me dedicó una mirada de dragón furioso a través de la estrecha rendija.

—Y a mí no me quedan cuartos libres. Así que ¡andando! ¡A descansar!

El sonido hostil de la puerta cerrándose en mi cara se repitió de memoria hasta enloquecerme.

Empezaba a sentir el frío que hasta entonces había ignorado gracias a la ilusión que me movía.

Mi desastroso plan resultó ser un fracaso y ahora me encontraba en mitad de la calle, ya anochecido, sin Gustavo, sin opciones y sin querer volver a casa.

Si había huido, no era solo por verlo. Quería demostrarle a mi padre que tenía voluntad propia, que me valía por mí misma y que de nada le valdría su empecinamiento en encerrarme.

O me ganaba su respeto dándole un susto de muerte, o estaba perdida.

Tenía que pasar la noche fuera.

Y en mi precipitación por escapar, había olvidado coger el bolso, de modo que no portaba ni una peseta. Era inútil acudir a otra pensión en busca de alojamiento, aunque fuese de mala muerte, las casas de huéspedes no fiaban.

Arrastré los pies hasta los aledaños de la mansión de los marqueses.

Allí estaba la plaza, solitaria y tenebrosa medio en penumbras, y enfrente, la Casa de las siete chimeneas, el soberbio edificio del siglo XV propiedad, dicen, de la amante del rey por aquel entonces, doña Elena.

A la que por lo visto asesinaron para que no salieran a la luz los amoríos del monarca.

En la actualidad, sede del Banco de Castilla, cerrado a aquellas horas.

También sabía de un agujero directo a los sótanos por el que los chicuelos se colaban para jugar dentro, lo había oído comentar a las criadas.

Solo tenía que encontrarlo.