La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 24
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La guerra y nosotros

Beatriz

Temí que no apareciera. Después de que mi padre lo rechazara, detrás de mis reproches y exabruptos. No es que no me lo mereciera. La culpa me tenía revuelto el estómago. Quedamos en los jardines del Retiro, junto a la fuente del ángel caído, como de costumbre. Y allí estaba cuando llegué.

Sonriente, ilusionado y más apuesto que nunca.

—Lo siento, Gustavo. Siento mucho todo lo que te dije —recité como un salmo de memoria, nada más acercarme.

Frenó mi vorágine colocando un dedo sobre mis labios. El roce de su yema sobre la piel sensible me sacudió de pies a cabeza. Sus ojos claros como tormentas en el mar, mirándome, plagados de secretos.

—Espero que me perdones —añadí. Pero la voz se me quebró en un sollozo.

—Cuánta angustia querer abrazarte y no poder. Querer compartir tu pena, tu sufrimiento y que nos esté prohibido mostrar lo que sentimos porque no es apropiado. Qué injusta esta falta de libertad.

Las manos de ambos volaron y se enredaron queriendo atarse sin llegar a hacerlo, para volver a volar y a moverse nerviosas, unas sobre las otras, con el anhelo de, al menos, un roce.

—¿Has vuelto a discutir con tu padre? —quise saber.

—Paseemos, estamos llamando demasiado la atención.

Caminar serenó mis nervios. Y, aunque pese a estar más calmada tuvo que pasar un buen rato hasta que logré deshacer el nudo de mi garganta, poco a poco las ideas se fueron aclarando en mi mente y las palabras fluyeron desde mis labios.

Gustavo, para mi congoja, se mostraba serio y taciturno, encerrado en sí mismo, poco hablador.

No había puesto pegas al encuentro, si bien no parecía muy propenso a la charla.

De ahí que dedujera que el duque le había propinado una buena paliza a base de recriminaciones, chantajes y reclamas.

—Con mi padre siempre son discusiones. Cree estar en posesión de la verdad, no admite opiniones contrarias a las suyas y jamás da su brazo a torcer.

—¿Por eso te marchaste?

Gustavo asintió con tristeza.

—Por eso y porque se atrevió a decidir mi destino sin consultarme. ¿Qué menos que una pizca de respeto por tu único hijo? El que llevará sobre sus hombros, lo quiera o no, la carga de las responsabilidades aparejadas al título.

Podía entenderlo. Que desde fuera, la vida de los nobles pareciera envidiable y que, no obstante, la acompañara una falta de libertad semejante a la esclavitud. Jaulas de oro es lo que nos ofrecían.

—Cuando Gustavo Pérez me habló de hermanos menores que acogerían con gusto las responsabilidades del hijo mayor…

—Estaba fantaseando —reconoció con amargura—. Lo siento. Por un momento disfruté de la loca idea de ser un donnadie y acabé creyéndolo.

No podía echárselo en cara. Notaba a la legua cuánto sufría y me atormentaba la certeza de no poder hacer nada por aliviarlo.

—Beatriz, yo no quiero ser duque. No me interesa si no te tengo a mi lado.

—A mí ni siquiera me interesaba la vida cuando me prometieron en contra de mi voluntad —musité, destapando, por primera vez en mucho tiempo, mi particular caja de los truenos.

Noté el peso de la mirada de Gustavo sobre mi persona. Inquisitiva, demandante y preocupada.

—Él no tenía nada de malo —proseguí con la voz hueca—, Antonio era un buen muchacho, respetable y culto. Apenas nos conocíamos, como podrás imaginar, pero creo que con el tiempo habría llegado a cobrarle algún tipo de afecto. El problema era…

La frase se me estranguló antes de salir. Y lejos de apremiarme para que continuase, Gustavo guardó silencio, solo se pegó un poco más a mi costado para que supiera que estaba allí, como apoyo, protegiéndome de todo mal, y sus largos dedos acariciaron de pasada los míos.

Como una suave brisa que llega, te besa y se va.

—El problema era que el pobre Antonio ya había entregado su corazón a otra. Estaba enamorado de su prima hermana y le habían prohibido casar con ella. Cuando faltaba menos de un mes para nuestra boda, subió al torreón más alto de su residencia…

—Entiendo lo que pasó, no es preciso que pronuncies eso tan horrible que te hiere.

—Tras la muerte de Antonio, todos me señalaban.

Algunos corrieron el rumor de que casarse conmigo era un destino lo suficientemente terrible como para querer morir.

Era impensable acudir a ninguna recepción o merienda.

Mis amigas me dieron de lado. Naturalmente, hubo otros que me acusaron de la desgracia, suponiendo, sin base alguna, que yo había desairado a Antonio de algún modo espantoso que lo llevó a quitarse la vida.

Los últimos, más bien últimas, conocedoras de la verdadera historia, me juzgaban con lástima o se reían de mi suerte.

—Qué terrible historia la tuya, señorita Beatriz.

—Ahora entenderás por qué me arrojé a las ruedas de tu carruaje sin pensarlo dos veces. Por qué te metí en problemas sin más intención que dejar de sufrir. Te lo ruego, no me lo tengas en cuenta.

Gustavo dejó de caminar y se giró para enfrentarme. Latía tanto, tantísimo amor en aquellos ojos suyos, que tuve la impresión de que ninguna de las miradas de que había sido objeto desde mi nacimiento podía comparársele.

—Censuro las razones. Pero alabado sea el cielo que te trajo a mí aquella noche.

Contuve las lágrimas de felicidad que acudieron a mis ojos. Me contenté con asentir y regalarle mi mejor sonrisa.

—Ojalá pudiera besarte, alma mía —susurró.

A nuestras espaldas, Paquita tosió impertinente, haciendo añicos nuestro diminuto universo de dicha. Nos distanciamos, como ordenaban las normas del decoro, y reanudamos la caminata.

—Los matrimonios de conveniencia son tan injustos que no encuentro palabras con las que describirlos —dijo—. Te obligan a unir tu vida y tu futuro a una persona por la que no sientes nada, a la que ni siquiera conoces. A encamarte con un absoluto extraño.

—Convengo, solo de pensarlo dan escalofríos.

—Beatriz, no te burles.

—Hablo completamente en serio. Por más normal que se considere, es lo que siento. Nuestras familias juegan con nosotros como con piezas de ajedrez. Me refiero a las familias pudientes, a los nobles.

—Todo está cambiando con esta guerra en Europa. La aristocracia se desmorona, con todos sus privilegios.

—Tengo entendido que la situación es drástica en la Inglaterra donde mi madre se crio.

Él confirmó mis temores con un suspiro.

—Desaparecen las clases que antaño eran intocables. Y los nobles que no sepan adaptarse a los nuevos tiempos verán derrumbarse sus imperios de siglos.

De repente, tuve la sensación de estar hablando de la guerra de otros con la sola intención de esquivar la nuestra.

Naderías y política para no enfrentar nuestro pavoroso dolor y el hecho de que yo, abriéndome en canal respecto a mi pasado como lo había hecho, apreté aún más el lazo que indiscutiblemente nos vinculaba.

—¿Deberíamos obedecer y no volver a vernos? —quise saber por fin, temblorosa y tímida.

Gustavo me miró como si de repente me hubieran salido cuernos.

—Para hacer algo así, tendría primero que perder el juicio.

—Es que no quiero verte enemistado con tu padre. Y menos por mi causa. Harías que me sintiera culpable hasta el día de mi muerte.

—Si vas a seguir por ese camino, mejor callarse. No quiero escuchar cómo te rindes.

—Gustavo.

—No.

—Por favor…

—No. Y no me mires así.

—Así, ¿cómo?

—De esa forma adorable. Con esa carita que dan ganas de comerse. ¡No lo hagas! Sería capaz de bajarte la luna si me lo pidieras. Pero no esto.

—¿Qué haremos, entonces?

La respuesta de Gustavo llegó firme, rotunda y sin titubeos.

—Remover cielo y tierra si es preciso. No renunciaré a ti ni a esto que sentimos. Lo juro por mi vida.