23
Prometido con otra
Gustavo
—Necesito que me lo explique, padre. No espere que transija a sus deseos si no entiendo sus razones. ¿Acaso pido demasiado?
Si a algo no estaba acostumbrado el duque, era precisamente a dar explicaciones. Supongo que lo consideraba un «arrancarle la piel a tiras». En lugar de saciar mi curiosidad, se sirvió una copa de brandy y escogió butacón. Desperdició un respetable puñado de minutos mirando las paredes.
—Padre, es la hija de un marqués. No puede decir que no esté a la altura.
—Del marqués de Bonagua, nada menos.
Algo en su tono me hizo sospechar.
—¿Qué tienen de peculiar?
—¿No lo sabes? Hijo, estás prometido con la hija de los marqueses del Infantado. Y da la casualidad de que unos y otros, Bonagua y del Infantado, son enemigos acérrimos desde hace generaciones. No pretenderás que cambie a una hija por otra como si fueran colchas.
—El compromiso con Dorotea aún se mantiene en la esfera privada. No se ha anunciado, no es oficial.
—He empeñado mi palabra con su padre.
—Pero ¡amo a otra! —me rompí en pedazos.
Por primera vez, al mirarme, en las pupilas del duque percibí una chispa de compasión brillando. Aunque se extinguió enseguida.
—Si ya es una grosería imperdonable cambiar una novia por otra, cuánto más, si la que viene a suplantarla pertenece a la estirpe de su eterno rival. Imagina, lo tomarían como un insulto. No me involucraré en esa polémica, Gustavo, no estoy tan desquiciado.
—Su excelencia el duque de Altolaguirre, su señoría.
—Hazlo pasar, Jacobo.
En otras circunstancias, la inesperada visita de uno de los hombres mejor posicionados del país habría sido para Bonagua motivo de orgullo y frenesí.
En aquellos momentos, con la salud de su esposa delicada y la obsesión de vigilar a su hijo, no fuese que realmente tuviera un amorío con la criada que pudiera dar al traste con su brillante porvenir, Arturo Maldonado y Lavidia se sentía abrumado por demás.
No permitió, sin embargo, que la presión minara sus buenos modales. Lo recibió con todo lujo de aspavientos hasta que el halo de contrariedad que rodeaba al duque le alcanzó y explosionó.
—No me andaré con prolegómenos —expuso a modo de saludo—. Lo que vengo a decirle es penoso y desagradable, marqués.
Arturo pestañeó confundido. Con la copa que pensaba ofrecer a su invitado en la mano y el brazo tontamente extendido en el aire.
—Aleje a su hija de mi hijo.
El marqués devolvió el vaso a la mesita y carraspeó.
—¿Le importaría decirme quién… quién es su hijo?
La puerta se abrió, abrupta, con un empujón violento. Y tras ella, en lugar del mayordomo o un lacayo, apareció el joven que primero había salvado a Beatriz de la muerte, para a continuación sobrepasarse pidiendo visitarla.
—Su hijo soy yo, señoría.
Jacobo Cortés se recortó en el umbral de la puerta, descompuesto por no haber sido capaz de frenar el ímpetu del invasor. El marqués le indicó con una seña que se tranquilizara y cerrase para concederles con urgencia intimidad.
—Creo que necesito que alguien me explique qué está pasando —musitó a punto de sufrir un colapso.
Por si no tenía suficiente para sentirse miserable, sus invitados lo ignoraron, enzarzándose en una discusión privada de la que él estaba, decididamente, excluido. Como hombre práctico que era, Arturo tomó asiento, lo más cómodo que pudo, y se concentró en atender.
—Deberías volver a palacio de inmediato, Gustavo, no sé qué haces aquí o donde quiera que estés viviendo ahora.
—¿Le parece mal que haya venido a ver cómo habla de mi vida y decidir sin estar yo presente?
—Esto es un tema a tratar entre padres. Seguro que el marqués demuestra ser mucho más juicioso que tú.
—No pienso entrar en razón como usted me pide. No me casaré con otra mujer que no sea Beatriz.
—¿Usted ama a mi hija? —interrumpió Arturo henchido de emoción.
—Por supuesto que la amo. Ya se lo dije cuando vine a pedirle permiso para cortejarla.
« Ya, claro» , pensó el marqués. « En aquel entonces ignorábamos quién eras ».
—¡Estás prometido con otra! —se exasperó el duque, dando una vuelta sobre sí mismo.
—Y ella, ¿Beatriz le corresponde? —volvió a intervenir Bonagua sin que nadie le diera vela para el entierro.
—Hasta donde sé, sí.
—Entonces, excelencia…
—¡No! ¡No y no! —aulló el duque exasperado—. Las cosas se harán con el respeto debido, con la consideración que demanda nuestra alta condición de nobles. He vinculado mi palabra…
—Pero yo no he empeñado la mía, padre, lo siento. Marqués… No pienso complacer las expectativas de nadie. Ni las de mi padre ni las suyas. Amo a Beatriz y pelearé lo haga falta para conseguirla. Es todo cuanto tengo que decir.
Una breve reverencia doble, y Gustavo se marchó. Muy afligido, consciente de que poco quedaba por hacer, el duque se dispuso a imitarlo.
—Son jóvenes y alocados. —¿Por qué, pese a su amabilidad, su tono sonó como una advertencia?—. Espero que usted sí sepa medir las consecuencias de este descalabro, don Arturo. De ser necesario, desheredaré a mi hijo. Y será culpa de los Bonagua.
Al marqués no le concedió opción de réplica. Tampoco es que se le ocurriera nada lo suficientemente rápido, ingenioso, brillante como para frenar la huida de su insigne visitante o defender su propio apellido.
Y cuando el duque de Altolaguirre cruzó arrogante el vestíbulo y aceptó la asistencia del mayordomo con su capa, sombrero y bastón, escondida en el hueco de la escalera principal, una joven lo contempló con los ojos desencajados.
No era otra que Elvira.
Al caer la tarde, la historia de la distinguida visita, con todos sus reproches y amenazas, se había extendido por la casa, opacando los ecos de la detención de Andresito, algo que todavía les erizaba el vello con solo recordarlo.
Y como no podía ser de otro modo, llego a oídos de la señorita Beatriz.
Como Paquita no bastó para serenarla, Elvira y una infusión de melisa y lavanda subieron a reforzar el pequeño ejército.
—No puedo creer que todo eso haya tenido lugar ahí, en la biblioteca, y yo no me haya enterado. Que Gustavo se haya enfrentado a su padre… ¡Y al mío! Defendiendo nuestro amor. Debo reunirme con él, tenéis que hacerle llegar una nota citándolo…
—Señorita, señorita, hágame caso —la cortó Elvira agobiada—. Déjelo estar, por lo que más quiera.
—La señorita está enamorá —graznó Paquita, irritada como si la ofensa hubiese ido contra ella— ¿Es que no eres capaz de verlo? ¿Qué hay de malo en que quiera reunirse con el señor Gustavo y aclarar las cosas? La gente que se quiere debería estar unida…
—Esa familia no le conviene, Paquita, no es buena, te lo digo yo.
—Pues bien que la ayudaste a verse con el señor Gustavo cuando te convenía —le reprochó Paquita con los brazos en jarra.
—Cuando me convenía, no, antes de saber que era hijo del duque de Altolaguirre.
—Qué tendrás tú contra esa gente, si ni siquiera de lejos les has olido los perfumes.
—Por favor, las dos, ¿podéis dejar de discutir?
Las muchachas asintieron con afán.
—¿De qué los conoces, Elvira? ¿Has servido en su palacio?
—No, señorita.
—¿Entonces? Creo que lo que Gustavo ha hecho ha sido muy valiente. Y noble. Muy noble.
—Estoy de acuerdo con usted, señorita Beatriz —aplaudió Paquita con entusiasmo.
Por el contrario, Elvira parecía a punto de echarse a llorar.
—Señorita, sea razonable, hágame caso.
—Tienes que llevarle esta nota —decidí sin prestarle atención.
No vi que la tomara.
—Discúlpeme, se lo ruego. —Salió disparada de la alcoba como alma que lleva el diablo.
Miré desconcertada a Paquita.
—¿Qué le pasa?
—Debe de estar afectada todavía por lo de Carmelita y la policía. Por descubrir que el Andresito…ha matado por amor. En fin, señorita, escriba usted la nota, que yo me encargo.