La hija del Marqués (Calle de Madrid 1) 22
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La terrible confesión

—Y, ¿quién demonios es usted, si puede saberse? —indagó el inspector, molesto porque alguien hubiera torcido de repente su plan perfecto de dos pasos: arresto y desaparición.

Nuestro mayordomo, el señor Cortés, debió de considerar necesaria su intervención, ya que, sin que nadie lo autorizara, se metió por medio.

—Andrés, señor inspector. Andrés Lobato.

—¿Trabaja en la mansión?

—Sí, señor. Es mozo y lacayo de ocasión, cuando se necesitan refuerzos. Un muchacho cumplidor, buena persona, si se me permite decirlo. No tenemos queja.

Solo entonces, el menudo inspector se dignó a concederle una pizca de atención al mozalbete que lo miraba sollozando con desgarro. Lo repasó de pies a cabeza como si fuera un maldito contratiempo.

—¿Y dice usted que ha matado a la finada?

Obviamente, Andresito no conocía el significado de la palabra «finada», de modo que se lo quedó mirando con expresión bobalicona.

—¡Haga el favor de contestar! ¿Mató o no mató usted a Carmelita Rufián?

Se oyó una suerte de exclamación de horror contendida corriendo por las bocas de todos los que mirábamos.

—Yo… sí.

—Usted sí, ¿qué?

—Maté… a Carmelita. La ahogué con la almohada. ¡No quería hacerlo! Lo siento mucho…

—Eso dígaselo a sus familiares —espetó el policía sin amabilidad alguna— cuando lleguen. ¿Le importaría aclararnos cuál fue el motivo?

En ese preciso instante, el otro agente fornido se dejó ver con la desdichada Elvira agarrada de un brazo.

La hacía avanzar a tirones y el pavor que llevaba ella pintado en el rostro no era descriptible.

El grueso del servicio, que se había mantenido amontonado en el recibidor, fisgoneando, le dirigió una mirada cruel de franca antipatía.

Apostaba a que la mayoría de ellos pondrían su mano en el fuego porque el culpable no era Andrés.

El muchacho tragó saliva y trató, con mucho esfuerzo y sin conseguirlo, de aclararse la garganta.

—Yo… Elvira… No quería que se marchara. Si… si Carmelita dejaba un hueco libre…

—La joven Elvira tendría su puesto asegurado —completó el inspector con pereza—. ¿Por qué es tan importante para usted esa muchacha? ¿Acaso son parientes?

Con las pupilas clavadas en el suelo, Andrés sacudió la cabeza negando con vigor.

—¿Novios, entonces?

Andrés se ruborizó con violencia y la sonrisilla tímida que se le escapó decía a las claras algo como «qué más quisiera yo».

—A usted le gusta la moza. Y quiere su bien, imagino —aventuró el policía.

—Más que nada en este mundo, señor.

—¿Hasta el punto de mentir por ella y echarse la culpa de un homicidio? Le recuerdo, señor Lobato, que hablamos de un delito que se pena con la muerte.

—He sido yo, lo juro. Yo puse el arsénico en su comida, no quería matarla, de verdad que no quería, solo mantenerla enferma hasta que los señores se dieran cuenta de lo buena doncella que es Elvira.

—¿Y cuándo cambió de opinión? Me refiero a cuándo y cómo decidió matarla.

Andrés metió sus largos dedos por entre su pelo y tiró de él con ansiedad.

—Cuando el médico… lo descubrió, yo ya no… ya no podía seguir. Lo intenté una vez más, pero Carmelita me descubrió. Amenazó con denunciarme. Yo… perdí la cabeza.

—¡Andrés!

Era la voz trémula de Elvira, a la que el agente acababa de liberar tras una señal del inspector.

—Andrés, ¿qué has hecho?

—Lo siento, Elvira, no quería hacer verdadero daño a nadie, solo quería ayudarte…

—Funes, arreste al señor Lobato. Lo conduciremos al cuartel para tomarle declaración y elaborar un informe.

Después de haberse mantenido extrañamente al margen de la grotesca escena, como un espectador que ni siquiera aplaude, el marqués dio un paso adelante.

—Inspector, ¿está completamente seguro de que este muchacho…? Lleva años trabajando para la familia sin haber causado nunca el menor inconveniente.

—Señoría, no tengo por costumbre poner en tela de juicio las manifestaciones de inculpación de un mayor de edad en pleno uso de sus facultades. Si el señor Lobato asegura que lo ha hecho…

—Usted ya tiene su culpable y todos contentos —farfulló mi padre, iracundo.

—¿Preferiría que me llevara detenida a la doncella de su hija? Porque mientras ella jura y perjura que no tiene nada de lo que arrepentirse, este joven, consciente de las implicaciones de su confesión, asegura todo lo contrario. Pierda cuidado, señoría. Llegaremos al fondo del asunto.

—¡Cielos! Espero que esto no trascienda. ¡Qué escándalo! —jadeó doña Eugenia al borde del derrumbe.

—Cuente con nuestra absoluta discreción, señora marquesa —prometió el inspector antes de esfumarse con todo su séquito.

Solo Andrés nos dedicó una última ojeada. A la familia. A la mayor parte del servicio. Todos arremolinados, impresionados y asustados por lo que acababa de pasar. Sus ojos acariciaron la imagen de Elvira, quién sabe si a modo de fatal despedida.

El marqués recorría la sala a paso acelerado y algo histérico.

En cuanto la policía salió de nuestra casa, mi madre fue víctima de una ligera indisposición, con temblores, malestar general y algo de fiebre.

Fue conducida a su alcoba y el doctor Ferrer avisado de inmediato.

Mientras el galeno efectuaba su reconocimiento, el resto de la familia nos reunimos en la biblioteca.

Sin duda era día de confesiones, porque mi hermano acababa de consumar una que lo comprometía, a ojos de cualquiera, de forma inadmisible.  Fue una bendición del cielo que la marquesa no se encontrara presente. Aquello habría acabado con ella.

—Puedes… ¿puedes repetirlo, Alonso? —balbuceó con enojo el marqués.

—Que me congratulo de que Elvira no sea responsable de nada malo porque esa chica me…

—¡Era una pregunta retórica! Si vuelvo a escuchar que esa chica te agrada, iré a hacer compañía a vuestra madre, pero con un ataque al corazón.

—A mí también me agrada, padre —intervine un poco perdida.

—Es diferente, Beatriz. Tu hermano no se refiere a ese tipo de… ¿atracción? Temo que se trate de algo mucho más peligroso e inconveniente.

—Es mi amiga —insistí machacona.

El marqués me fulminó con su mirada.

—¡No es tu amiga! ¡Es una criada! ¡Por el amor de Dios, hijos!

—Se masajeó el puente de la nariz—. ¿Es que habéis perdido el juicio?

Tú, Beatriz, pelando la pava a mis espaldas con un donnadie.

Mi hijo y heredero pensando más de la cuenta en una recogida de la calle.

¿Qué he hecho, tan terrible, como para merecer semejante castigo de los infiernos?

Me tensé pensando en el dato que no compartía con el marqués. Ni más ni menos que el grandioso ducado de Altolaguirre.

Daba lo mismo, a fin de cuentas, ¿por qué iba a revelárselo?

Gustavo había sido casi convincente: renegar de su apellido y su noble cuna era el único modo de estar conmigo.

Como heredero del ducado solo podía casarse con la mujer seleccionada por su señor padre.

De poco servía que el mío conociera su identidad si, una de dos, o la perdía o salía de nuestras vidas para desposar a otra y no regresar.

Un ilustrísimo apellido que me escocía y me devastaba, porque significaba un muro insalvable entre los dos.

Mientras yo me deshacía por dentro, Alonso llegó a salvarnos del fuego.

—Padre, no se lo tome tan en serio. No he dicho que vaya a casarme con ella.

El marqués lo miró como si estuviera a punto de asesinarlo.

—Solo faltaría, hijo. Quiero que marques las distancias con esa chica. No se te ocurra ponerle ni un dedo encima.

No despegué los labios. Pero algo, una insidiosa vocecilla interna me dijo que quizá las advertencias del marqués llegaran tarde.