21
La policía en casa
Dejé que pasaran los minutos, agazapada en el cuarto de Elvira, rezando porque Gustavo abandonara la casa sin ser visto y que lo hiciera cuanto antes.
Sintiendo un nudo espantoso entre la garganta y el pecho, viajando a endemoniada velocidad con la sola intención de asfixiarme.
Los ojos anegados en lágrimas. El alma rota.
Mis esperanzas en un amor hermoso, aunque imposible, destrozadas.
La decepción de mi vida reinando a sus anchas, dominándolo todo desde arriba.
Nadie pasó por allí a comprobar si la pena me había matado. Si me había muerto de tanto llorar. Me pareció oír un revuelo extraño a lo lejos, al fondo de los pasillos, y luego nada. El silencio más absoluto. Como dentro de una iglesia.
El señor Pérez de Moncada había dispuesto de tiempo más que suficiente para llegar hasta la puerta de Alcalá a la pata coja, si es lo que deseaba. De modo que me arriesgué, me sequé el llanto con el revés de la manga y salí.
Paquita me cayó encima.
—¡Señorita! ¡Señorita Beatriz! ¡Ay, qué desgracia! ¡Qué desgracia más grande!
Por un instante pensé que se refería a mi fallida historia de amor. Pero llevaba la carita demasiado desencajada como para tratarse de eso. Temblona, descompuesta y con la cofia torcida, se agarró a mis brazos como si se estuviera acabando el mundo.
—¿Qué ha sucedido?
—La Carmelita… ¡La Carmelita! Que nos la han matado.
El rictus del marqués era más propio de un funeral que de una entrevista con el representante de las autoridades.
El inspector de policía, diminuto, con más bigote que cabeza y flanqueado por dos agentes como dos torres, tomaba notas en su libretita, anunciando que volvería a reunirse individualmente con todos los miembros del servicio para terminar de atar algunos cabos sueltos.
—¿Cómo ha podido ocurrir algo así en mi casa? —se desesperó mi padre— ¿Cómo? Esta es una casa decente, no entra nadie más que la familia, el servicio y las amistades de confianza. ¿Quién ha podido ahogar a esa pobre chiquilla con un almohadón? ¿Quién?
—¿Algún amante despechado? —sugirió la marquesa con debilidad, al borde de un desmayo—. Está claro que alguien que ha entrado clandestinamente y sin permiso, oficial.
—Inspector, señora marquesa —la corrigió el pequeño policía—. Inspector, si no tiene inconveniente.
—Lo que sea —rugió mi padre—. No hará falta que le encomiende que realice sus investigaciones con la mayor discreción y que esto no trascienda.
—Haremos todo lo que esté en nuestra mano, señor marqués, no le quepa duda. El caso es que ya había antecedentes acerca de la muchacha asesinada.
—Bueno, sí, el doctor planteó la posibilidad… —concedió don Arturo con desgana.
—No era ninguna posibilidad, señoría, tengo entendido que era toda una realidad que la criada estaba siendo envenenada con pequeñísimas cantidades de arsénico y que esa era la razón de que su estado, en lugar de mejorar, empeorase.
El marqués gimió y luego asintió de malas ganas. Mi hermano Alonso y yo permanecíamos mudos como convidados de piedra, ocupando sendas esquinas del sofá más apartado.
—Pero no me consta que formalizaran denuncia alguna al respecto.
—Bueno, no le dimos mayor importancia…
—¿En serio, señor marqués? ¿Porque la víctima era una simple doncella?
Mi madre se puso en pie de un salto y al hacerlo, pareció ocupar todo el espacio en la sala de visitas.
—Usted lo ha dicho, inspector. Porque era una criada de esta mansión y las cosas de la familia se quedan en la familia. Como los trapos sucios, que se lavan en la intimidad. No había motivos para sospechar de nadie de la casa. Lo achacamos a una confusión o un desafortunado accidente…
El policía sacudió la cabeza dejando claro que lo entendía.
Pero que ahí quedaba todo. Que no esperasen de él comprensión ni misericordia alguna, porque no la habría.
Después de su informe, el marqués tendría que echar mano de todas sus influencias en la corte y el gobierno para no resultar amonestado por negligencia.
—El caso es que la… —se paró a escoger la palabra— confusión nos ha llevado a un trágico desenlace.
—No necesariamente tienen que ser dos hechos vinculados —adujo mi padre.
—Desde luego que no, señor marqués. Han podido poner repetidamente arsénico en la comida o bebida de la criada y tras ser descubierta la maniobra, poner fin de golpe y porrazo a su vida, con un solo almohadón. Sin que lo uno tenga nada que ver con lo otro, claro está —agregó irónico.
Uno de sus escoltas le pasó un papelito con algunos garabatos escritos a lápiz. El inspector revisó las líneas y su entrecejo se frunció.
—Varios miembros del servicio, al declarar, coinciden en una misma persona. Señalan como sospechosa a la señorita Elvira Gámez. Es una doncella de reciente incorporación, ¿no es así?
La marquesa soltó un bufido muy poco aristocrático.
—Por el amor de Dios, pobre muchacha. Lo que hacen los celos… Qué mal recompensado está el cumplir bien con tu trabajo.
—Bueno, estiman que es la única persona que ganaría algo con la desaparición de la finada —insistió el inspector atusándose el bigote.
—Paparruchas. En las casas importantes, el servicio viene y va. Y en caso de que esa muchacha no tuviera puesto aquí, tenemos el palacio del Escorial, donde siempre hace falta gente —expuso el marqués.
—A lo mejor no quería dejar Madrid. Por la causa que fuese.
—Le digo que no, inspector, que no pueden ir por ahí los tiros.
El inspector cerró su libretita con un ruido desagradable.
—Pues de momento es lo único que tenemos, el hilo del que habrá que tirar si queremos averiguar qué es lo que ha pasado. Hablaré de nuevo con ella, pero le anticipo que con toda seguridad me la llevaré detenida.
Entonces fui yo la que no pudo reprimir abandonar mi asiento. A mi lado, mi hermano Alonso se había puesto rígido como la barandilla de una escalinata.
—Inspector. Le aseguro que Elvira es incapaz de un acto así, la conozco bien, me sirve como doncella personal. Es una buena persona. Sus compañeros la han acusado injustamente sin prueba alguna.
—Puede que usted no la conozca tan bien como piensa, señorita.
Vi cristalino como el agua que meterían a la pobre Elvira en una celda y que ese sería su fin, ya que carecía de defensa. ¿Quién iba a auxiliarla si no yo? Decidí marcarme un farol, rezando para que surtiera efecto.
—Anoche, Elvira estuvo acompañándome en mi alcoba. Me encontraba mal y decidimos que se quedara.
El inspector se mordió el labio con disgusto.
—Pudo ausentarse en algún momento durante la noche. Son muchas horas, señorita, la vigilia es larga.
—No —me atrincheré—. Estuvo a mi lado.
El inspector anduvo unos pasos y se me colocó frente a frente. Apenas me llegaba al escote y sin embargo, cuando me perforó con sus ojillos de halcón, me estremecí.
—La pregunta es muy simple, señorita. ¿Podría usted asegurar bajo juramento, ante la autoridad de un juez y fuera de toda discusión, que esa doncella no se ausentó un solo minuto de su alcoba mientras usted dormía?
—No sabría decir…
—¿Podría decirlo?
—Oiga, inspector, suavice el tono —masculló el marqués—. Está usted acosando a mi hija.
La ira desapareció de un plumazo del rostro rubicundo del hombrecillo.
—Disculpe, su señoría, a veces me dejo llevar por la pasión. Funes, busque a la señorita Gámez y arréstela. Es todo de momento, nos marchamos.
En la boca de todos quedó atascado un grito de protesta. Me figuré que antes de que el inspector abandonara la casa, mi madre se habría desmayado dos veces. Tenía mala cara, muy pálida y algo sudorosa cuando, según ella, las damas bajo ningún concepto sudan.
El agente auxiliar del hombrecillo bigotudo que no se había lanzado a cazar a la pobre Elvira le abrió la puerta. Y justo cuando cruzaba el umbral, oímos el aullido desesperado que tardaríamos en olvidar.
—¡He sido yo! ¡Yo! ¡No Elvira! ¡Yo la maté!