20
Explicaciones
Beatriz
—No estaba, señorita. Ni en la pensión ni en su cuarto. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Es que has entrado en su habitación?
—Pues claro que sí, me he recorrido la pensión entera buscándolo. Y a don Gustavo no lo he visto, pero he encontrado esto.
En la mano llevaba un mazo de cartas, que me entregó.
Vacilé un instante antes de aceptarlas y guardarlas en mi bolsito, sin querer pensar en lo que haría con ellas. Dados los principios de mi educación, leer correspondencia ajena era poco menos que un delito.
No obstante, si la divina providencia se había empeñado en ponerlas en mis manos, por algo sería.
Decidiría con calma, más tarde, en el sereno refugio de mi alcoba.
—Señorita…
Paquita se presentó de buena mañana en mis aposentos hecha un manojo de nervios. Para su mayor tribulación me encontró insomne, catatónica, sentada en mi butaca favorita junto al ventanal que daba a la Plaza del Rey, frente a la Casa de las siete chimeneas.
Mirando la nada.
—Señorita Beatriz. Ha venido. El señor Gustavo. Está abajo y pide verla.
Giré hacia ella unos ojos vidriosos. Las cartas todavía en las manos, después de una noche entera.
—¿Gustavo?
—Ay, señorita, no sé dónde meterlo. Su señoría…
—Que yo sepa, el marqués no le ha prohibido la entrada a nadie —aduje algo más despabilada.
—No, señorita, pero después de lo que la… de lo que Elvira me ha contado, sí que le ha prohibido verla, de modo que no creo que le haga mucha gracia encontrárselo en la casa…
Solté las cartas, me puse de pie y estiré mi falda, resentida.
—Dónde… ¿Dónde lo habéis escondido?
—En el cuarto de Elvira, señorita. Es la única que duerme sola mientras Carmelita no mejore.
Antes de salir al pasillo, posé una mano en el antebrazo de Paquita y la interrogué con la mirada.
—Tú no piensas que ella sea la responsable del envenenamiento de Carmelita, ¿verdad que no?
—No sé qué decirle, señorita. No parece mala mujer, al margen de lo que yo piense de ella y… de que no me guste que a usted le guste. Pero tengo que decirle que Elvira tiene algo. Oculta algo. Un secreto inconfesable. Aunque no creo que sea ningún afán por defuncionar a la Carmelita.
Gustavo estaba sentado al borde del camastro de la doncella. Con las manos escondidas entre las rodillas, visiblemente nervioso.
Agitado.
Aliviado y sonriente en cuanto me vio entrar.
Se puso en pie y vino a mí tiempo que yo encajaba la puerta para gozar de algo de intimidad, sin pensar en las consecuencias.
Y entonces, cuando él menos lo esperaba, mi mano salió volando y le golpeó el rostro.
No se inmutó siquiera.
La suya fue una mirada de amarga incomprensión. Una pregunta muda que se me clavó en el alma. Lo que estaba a punto de echarle en cara me dolía a mí más que a él.
—¿Se ha divertido?
—¿Cómo dice?
—Supongo que pensó que sería entretenido engañarme, reírse a mi costa y pasar el rato, ¿verdad? Hacerme creer una cosa cuando la realidad es muy distinta.
—Sinceramente, no sé…
—¿Es cierto que no lo sabe, señor Pérez? ¿El hombre que no es quien dice ser?
—Soy Gustavo Pérez —arremetió mucho más firme.
—Gustavo Pérez, sí, y algo más —agregué con un regusto áspero en la boca que habría matado por no experimentar.
Lo vi bajar la cabeza.
No avergonzado, pero sí rendido a una evidencia que, por lo visto, se había cuidado mucho de ocultar.
—¿Cómo lo ha descubierto?
Lo acallé con un gesto de impaciencia. No pensaba descubrirme, claro, él mismo lo adivinaría cuando, de vuelta a su cuarto alquilado buscara las cartas sin hallarlas, y de alguna manera atase cabos.
O no. Me importaba un comino.
—Gustavo Pérez de Moncada —concedió al fin.
—Hijo y heredero del duque de Altolaguirre, ¿verdad? El joven rico y de altísima cuna, lo mejorcito de Madrid, que pasa el rato haciendo teatro para mofarse de los demás. Es usted un hombre sin honor ni escrúpulos, señor, que lo sepa.
Alzó una mano intentando tocarme.
Se lo impedí, retrocediendo como si quemase.
—¡Ni se le ocurra! Lo que teníamos se ha terminado.
Para mi total estupor, Gustavo esbozó una sonrisa y sus pupilas centellearon.
—Eso es porque teníamos algo, no me equivoqué en lo que sentía, tenemos algo.
—No diga tontadas, solo éramos dos amigos que empiezan a conocerse.
—Uno no tiene interés por conocer a todo el que se le cruza por delante. Nosotros sí. Nosotros sentimos esa necesidad de llegar más dentro del otro desde que nos vimos aquella terrible noche del atropello.
Se me descompasó la respiración.
No quería que siguiera por ahí, no podía permitírselo, empezaba a pulsar una fibra sensible en exceso, cavaba hondo en mis emociones, incluso en las que yo me negaba, y pronto empezaría a manejarlas a su antojo.
Me tenía enamorada.
—Con franqueza —espeté haciéndome la fuerte—, pensaba pedirle explicaciones, pero he cambiado de opinión. Ya no necesito saber las razones de sus mentiras, solo que se aleje, me deje en paz y nunca en la vida vuelva a acercárseme.
—Beatriz, olvídese de decirme lo que debo o no debo hacer. Y desde luego, no pienso olvidarla.
—Ese es su problema. Con que no aparezca a molestarme, me basta. Regrese junto a su familia, Gustavo. Imagino que no le importará apenas, pero su padre está sufriendo.
—¡No! No puedo volver allí. Mi padre, al que por lo visto usted admira sin conocerlo siquiera, pretende casarme con alguien de su elección.
—¡Pues vaya y cumpla con sus obligaciones! —grité entre dientes—. Es lo que todo el mundo espera de alguien con su apellido.
—¿Y qué hay de lo que espero yo? La amo, Beatriz, la amo y empiezo a desesperarme, esto que siento me ahoga.
Di media vuelta para huir. Permanecer un segundo más en la misma habitación que aquel hombre, cuyo olor delicioso impregnaba mi piel y me embelesaba, implicaba peligros mortales.
—Beatriz.
Me detuve en seco, aunque no me moví para enfrentarlo.
—Pasé por la calle de los plateros y pensé en usted. Le compré esto.
—¿Quién le ha dado permiso para pensar en mí? Deje de hacerlo inmediatamente.
—¿Cómo se atreve? —se enfureció—¿Cree que puede aleccionarme sobre cómo y a quién recordar? Soy libre de hacerlo como me venga en ganas, señorita tirana.
De repente lo tenía detrás. Pegado a mi espalda.
Cogió mi brazo, abrió mi mano con cierta brusquedad y depositó en ella una cajita de terciopelo como quien se libera de una espina.
—Era solo un regalo.
—No lo quiero —rugí. Pero sin soltarlo ni devolverlo.
—Haga lo que le parezca. Ahí se lo dejo.
—Pues… ¡muchas gracias!
—Pues muchas de nadas —gruñó antes de salir por la puerta y desaparecer de mi vida.