19
Aspiración
Beatriz
Claro que nos daba pena, ¿cómo no iba a dárnosla?
Las faenas diarias de una criada ya resultaban bastante ingratas sin necesidad de tener a tus compañeros en contra, mirándote atravesados, cuchicheando a tus espaldas.
Se me encogió un poquito el corazón al preguntarme quién, aparte de Elvira, que conseguiría un codiciado puesto de trabajo de por vida, ganaba algo con la desaparición de la desafortunada Carmelita.
Bajé las escaleras con intención de visitar la planta de servicio, comprobar el estado de Elvira e intercambiar algunas palabras con nuestra ama de llaves, para que le sirviera de apoyo.
Sin embargo, no llegué a hacerlo. En el recibidor me crucé con un hombre joven, alto y fornido, que buscaba la puerta de la calle como si le faltara el aire y no se entretuvo en saludarme.
Iba rugiendo como un dragón.
—¡Señor Pérez! ¡Señor…! ¿Gustavo?
Entreabrí los labios porque lo que me nacía era seguir llamándolo.
Detenerlo a fin de que me explicara qué hacía en mi casa sin saber yo nada, y las razones de que huyera tan enfadado.
La garganta se me secó y de allí no brotó una sola letra más, del mismo modo que se me paralizaron los pies impidiéndome perseguirlo.
Me alegré de que fueran así las cosas, al notar la presencia de mi padre tras de mí.
—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha venido? ¿A pedir otras quinientas pesetas?
—Peor, mucho peor.
—¿Qué puede ser peor que la desfachatez y la falta de modales?
—Ese desahogado ha tenido la osadía de venir a pedirme permiso para visitarte. Sospecho que ese muchacho, aparte de intentar atropellarte, aspira a convertirse en tu pretendiente.
—Padre, él no me atropelló…
El gesto de advertencia en el severo rostro del marqués dejó bien claro que mi ramalazo de locura, la insensatez de arrojarme a las ruedas de un carruaje para acabar con mi sufrimiento era tema vedado, algo que no podía volver a mencionarse en la vida.
Porque suponía una vergüenza inadmisible, una mancha en el honor de la familia y eso eran tachas que los marqueses de Bonagua no podían permitirse.
Agaché la cabeza y asentí en silencio.
—En cualquier caso, independientemente de que no haya atentado contra la vida de nadie… ¿quién es ese muchacho? Durante nuestra entrevista no he conseguido sacar en claro a qué se dedica. A esto, a aquello… ¡Menuda ambigüedad! Parece que el bribón trabaja en lo que le sale y cuando le sale.
—Eso pone de manifiesto que sabe ganarse el sustento.
—El resto del tiempo malvive en una pensión. ¡Una pensión! —Alzó los brazos al techo—. En total libertinaje, sin vínculos familiares ni calor de hogar.
—Creo poder decirle que su familia…
—Unos… ¿Pérez? —escupió el marqués con desdén.
Noté que se me iba formando un nudo apretado en el pecho que me dificultaba la respiración. Que los ojos me escocían y las manos temblaban. Detestaba verme obligada a defender el buen nombre de Gustavo como si él, por sí solo, no fuera suficiente.
Me aclaré la voz con una tosecilla.
—Podría ser adinerada. Nada excepcional, pero algo.
—Beatriz, no voy a permitir que un donnadie te pretenda. Eres mi hija y te casarás con alguien de tu condición. —Sonó tajante.
—Gustavo… El señor Pérez no te ha pedido mi mano, padre. Solo permiso para visitarme. ¿Por qué no se lo concede? No tiene nada de malo.
—¿Cómo que no tiene nada de malo? Estaría fomentando el caldo de cultivo para la intimidad y el enamoramiento. Es un primer paso de todo punto prohibido, Beatriz.
—Lástima que piense así, padre. Gustavo ha demostrado ser un buen amigo. Y Dios y usted saben la falta que me hace un hombro sobre el que llorar.
—Pues lloras en el de tu madre. Incluso en el de tu hermano, en el mío. O te buscas una amiga, que es lo normal a tu edad. No un… ¡Diantres! Iba a decir un caballero. ¿En qué estaré pensando?
—Padre.
El marqués dio un par de pasos en mi dirección y me estampó un beso en la frente, dando por finalizada la charla. Con todas sus súplicas y peticiones. Fue como si me arrancaran un trozo de pulmón para que el aire no entrase en lo que quedaba.
Ahora sí.
Tenía que ver a Elvira. No solo para consolarla. También para consolarme.
—¿Recuerdas bien el camino?
—Por descontado, señorita Beatriz. Como la palma de mi mano.
No necesité más que insinuarle lo que precisaba, para que Elvira saltara como un muelle, dispuesta a auxiliarme.
Y allá que íbamos las dos a las seis de la tarde, huidas de Barquillo 10 como un par de prófugas, camino de la pensión donde se hospedaba Gustavo.
Tenía que pedirle indulgencia por los desmanes de mi padre, comprobar cómo estaba, si se le había pasado el enojo.
Hacerle entender que yo estaba de su lado y que también quería disponer de la oportunidad de conocerlo mejor.
Intimar.
Convertirnos, quién sabe si en prometidos.
Todo aquello sonaba a música celestial y me llevaba en volandas por las calles hasta que fui consciente de que Elvira había detenido la marcha y señalaba una puerta enorme de color verde; un edificio con un letrero en la fachada que rezaba «Pensión Eusebia».
—Pues ya estamos, señorita.
—¿Es aquí?
Ella sacudió la cabeza en un gesto de asentimiento. Me sujeté los bajos del vestido para no pisármelos, y levanté el pie con decisión para salvar los escalones. Entonces, Elvira me sujetó débilmente por el codo.
—Señorita… No es apropiado que la vean a usted entrando en una pensión. Y menos a estas horas. Si alguien la reconoce, ¿qué podría pensar la gente?
Estuve a punto de replicar que me importaba un bledo. Y era cierto. Pero a menos que quisiera empeorar mucho más las cosas con un escándalo que mi familia no me perdonaría, lo que la razón dictaba era ser prudente.
Suspiré hondo. Dubitativa.
—Yo entro, señorita. Yo lo busco y le digo que salga. Y así se ven ustedes en la calle, en algún cafetín…
—Ve, ve… —la empujé, deseosa de avanzar con aquello cuanto antes—. Y, por lo que más quieras, no tardes.
Debieron de ser unos veinte minutos. Quizá más, quizá alguno menos.
Se me hicieron eternos. Recorriendo la acera de un extremo a otro, consumida de angustia.
Ocultando mi rostro bajo el ala de un amplio sombrero forrado de seda color crema.
Mareando la limosnera que llevaba colgada de la muñeca derecha.
Con el pulso acelerado y la impaciencia disparada.
Por fin la vi salir, con una expresión indescifrable en el rostro y las pupilas fijas en mi persona.
—¿Lo has visto? ¿Qué te ha dicho?
—Caminemos, señorita, distanciémonos de la pensión lo más posible, para que nadie pueda relacionarla.
—Pero ¿has hablado con el señor Pérez? ¿Dónde está? ¿Ha aceptado encontrarse conmigo?